

En la historia no existen buenos ni malos, sólo personas que cargan con el peso de la conciencia de una época determinada. Los grandes nombres que nos presentan los libros de historia, en realidad eran personas comunes y corrientes, casi como cualquiera de nosotros. Todos ellos con pasiones, alegrías, tristezas e incertidumbre. Ningún invento, ni siquiera el más grande conocimiento es capaz de eliminar lo propiamente humano, aquello que sólo le pertenece a nuestra especie, que es la certeza permanente de equivocarse una y otra vez sin importar los motivos.

Tycho Brahe
Uno de los más grandes astrónomos de todos los tiempos, el más grande observador del cielo antes de la invención del telescopio, maestro de Kepler y matemático imperial, tenía una muy extraña fijación: a la hora de la comida, seguía distintas supersticiones como pagar a un enano porque estuviera debajo de la mesa vestido de bufón mientras comía. El enano no debía hacer nada, sólo estar ahí debajo pues Tycho creía que estas personas tenían poderes psíquicos.

Nikola Tesla
Hombre con una curiosidad y un genio científico insaciable, el legado de Tesla está casi en cada objeto que utilizamos en la cotidianidad y hace poco se empezó a reconocer su trabajo como figura central de las invenciones tecnológicas de las que disfrutamos actualmente. Tesla sufría de trastorno obsesivo-compulsivo, reflejado en su desarrollada misofobia que le impedía tocar muchas cosas que consideraba sucias sin guantes ni lavarse las manos decenas de veces al día. Además, tenía una fijación por el número tres que regulaba cada aspecto de su vida.

Jean-Jacques Rousseau
La Revolución Francesa se llevó a cabo con una poderosa influencia de este filósofo liberal. Más adelantado que sus coetáneos en cuanto a sus conclusiones sobre la naturaleza del hombre, el autor de “El Contrato Social” y “Emilio”, su tratado sobre la educación, era un obsesivo con las nalgadas. Rousseau bajaba sus pantalones en la calle, persiguiendo a las mujeres que encontraba a su paso, suplicando para que le dieran una nalgada.

Isaac Newton
El hombre que revolucionó la física para siempre al describir los movimientos planetarios que rigen al universo con la ley de gravitación universal en su famoso “Principia“, era un entusiasta de la alquimia, como la mayoría de personas de su tiempo. Newton buscó durante muchos años con esmerado esfuerzo en cada hoja de la Biblia algún mensaje secreto que llevara a la localización de la piedra filosofal, que entre otras cosas, se creía que tenía el poder de convertir otros elementos en oro y conceder la inmortalidad humana.

Miguel Ángel Buonarroti
Maestro de maestros, piedra angular del arte occidental, el florentino destacó en cada una de las disciplinas artísticas que cultivó. “El David”, “La Piedad” y la fastuosa bóveda de la Capilla Sixtina son piezas vivas que dan cuenta de la genialidad del artista renacentista. La perfección en su producción artística ha hecho a los historiadores investigar seriamente sobre la posible condición autista de Miguel Ángel sin resultados concluyentes; sin embargo, es conocido su extraño hábito de dejarse las botas puestas todo el tiempo. Uno de sus asistentes reveló que no se las quitaba por semanas y cuando lo hacía, algunas partes de su piel se desprendían junto con la bota, como si de piel de víbora se tratara.

Salvador Dalí
Uno de los máximos representantes del Surrealismo; el excéntrico pintor catalán pasó a la historia por pintar la realidad onírica a la que se sometía a través del automatismo psíquico puro. Las peculiaridades de Dalí son bien conocidas: se autonombraba divino y monárquico, utilizaba joyería escandalosa e incluso tuvo de mascota a un oso hormiguero y un ocelote, pero sin duda su imaginación llegó a una cumbre cuando en 1947, cuando el artista estuvo completamente convencido de que estaba poseído por el demonio, recurriendo a una exorcista, a quien regaló un crucifijo tallado por él mismo en señal de agradecimiento.

Lord Byron
La figura más grande del romancitismo en inglés se mantiene con total vigencia y es comúnmente reconocido como uno de los mejores poetas de la historia, pero Byron tenía un hábito de lo más extraño: es bien sabido que era un enamoradizo recurrente, inspiración vital para su producción artística. El inglés atesoraba vellos púbicos de cada uno de sus amantes, guardándolos en un sitio bajo llave.
Winston Churchill
El famoso estadista es recordado en el Reino Unido especialmente por su gestión durante la Segunda Guerra Mundial. Su hábil oratoria y capacidad de negociación le dieron el reconocimiento del mundo entero. El que fuera algún día Primer Ministro británico, tenía una particularidad que demostraba en su oficina a colaboradores por igual: a Churchill le gustaba mucho andar en su despacho completamente desnudo, tan sólo con su clásico cigarro mientras deambulaba por el salón para dictar una carta o charlar con su asistente personal.

Pancho Villa
Contrario a la mayoría de hombres de su época, a Villa le desagradaba sobremanera el alcohol. A lo largo de su trayectoria en la División del Norte, cuando triunfaba en batalla y tomaba alguna ciudad, lo primero que ordenaba era cerrar las cantinas y tirar todo el alcohol. Condenó a muerte a distintos oficiales y soldados por estar borrachos, prefería las malteadas de fresa o un elite baseball, helado de vainilla cubierto con chocolate.

Martín Lutero
El cura alemán impulsor de la Reforma Protestante y el luteranismo, tenía una obsesión tan extraña como desagradable: era coprófago. Cada vez que terminaba de expulsar sus heces fecales, Lutero apartaba una cucharada de entre ellas para engullirla, práctica que realizaba por lo menos una vez al día.


