ENSARTAOS Los escuálidos como no tienen país ni patria, dicen que no acatan ninguna clase de racionamiento eléctrico o de agua, y que por el contrario derrocharán estos fluidos más que nunca. Muchos escuálidos son por naturaleza, malos, perversos, egoístas, hipócritas, ignorantes, ruines, llorones, cobardes y traidores.
El escuálido no cree sino en la plata, en el negocio mercantilista y por tanto en la estafa, en el dolo, en la trácala. El escuálido reza y va a misa, se da golpes de pecho y le pide a Dios que le haga el mal al que no esté de acuerdo con él. El escuálido le pide a los santos que el barril de petróleo no suba de precio, que a Venezuela la demanden las empresas capitalistas, que jamás ganemos ni siquiera un encuentro deportivo y que Estados Unidos nos invade, nos arrase como hicieron con Irak y Libia.
En cuanto se te acerca un escuálido, ya se sabe a qué viene: a hablar mal de gobierno. Los escuálidos con metástasis en el alma viven hablando solos y maldiciendo como sonámbulos en la calle, aeropuertos, bancos y mercados, porque sienten deficiencias de memeces inmediatas. Sin pudo ni vergüenza alguna, les muestran a todo el mundo sus órganos genitales con lo que te escupen y con lo que te vomitan. Arrastran sus cuerpos, sus deprimentes cerebros cual lagartijas o cucarachas, como perfectos seres inferiores. Sus alaridos y quejas, sus lamentos y lloronas traspasan los muros y las montañas, estremecen el cielo y los mares; por doquier pasean sus jorobas de minucias de que no consiguen papel toilet, de que ya no les dan divisas baratas para viajar y para comprar lo que se les antoje. ¡Ay!, la culequera, el chanchonismo y la cervecita, la lengua morada, el hervidero de las complejos y de las envidias a flor de piel, cómo fue que nos tocó nacer en un mismo lugar, a veces tener la misma sangre, la misma madre, el mis Libertador.
¡Cómo ha sido este inmenso y pavoroso misterio, Señor!