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El petiso orejudo: el niño que mataba niños.

Info•9/16/2016

En los primeros años del siglo XX, Cayetano Santos Godino encarnó los miedos de la próspera sociedad argentina. Nadie quería creer que este muchacho chaparro y orejón
era un asesino en serie de otros niños. Hoy, cuando adolescentes violentos aparecen a diario en los noticieros, el debate sobre la inocencia de los niños continúa.
¿Puede asegurar que su hijo no es un asesino?


Un hombre entró en una comisaría de Buenos Aires para entregar a su hijo a la policía. Estaba cansado de Cayetano Santos Godino, el más endiablado entre su prole, que tenía nueve años y unas cicatrices que decoraban su cráneo. Las palizas del padre ya no servían de nada. Ese día, antes de ir a la comisaría, el padre se había percatado de que el zapato que se quería poner le quedaba chico. Siempre lo usaba, pero de repente ya no le entraba. Había algo ahí adentro. Era un pajarito muerto. Después encontró el resto: una caja debajo de la cama, llena de pajaritos muertos. Decidió llevar a su hijo a la policía. Allí el comisario de investigaciones anotó que el niño era «absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos». Y aceptó dejarlo guardado por un tiempo. Lo que el padre no sabía era que su hijo ya había cometido su primer asesinato. Había sido en el silencio de una tarde invernal de 1906, siete días antes de ser remitido a la comisaría.


Su víctima no había sido un pajarito.
Había matado a una niña de dos años.
La había raptado de la puerta de un almacén y, después de fallar con el estrangulamiento, la había enterrado viva en un baldío.
Era la época en que Argentina, que estaba por convertirse en una de las diez naciones más prósperas del mundo, recibía a miles de inmigrantes cada día. Fiore Godino había llegado desde Italia y trabajaba encendiendo con queroseno el alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. Encender faroles era como un consuelo para alguien como él, un alcohólico y sifilítico que había engendrado nueve hijos, y de ellos perdido a dos, cuidado a uno con epilepsia y dejado a otra en manos de una tía. Ese mismo hombre entregó a la policía a quien sería el más célebre de sus hijos.
Algunos peritos de la época, convencidos de la teoría criminológica de moda, creían que la maldad del Petiso Orejudo residía en sus orejas.
A principios del siglo XX, entendidos bajo la luz de las hipótesis positivistas del médico italiano Cesare Lombroso, los criminales se distinguían por su físico: cráneos y quijadas enormes eran atavismos que nos acercaban al hombre de Neanderthal, una suerte de identikit delincuencial.
El resto del cuerpo del chico tampoco lo favorecía.
Siete años después de su primer asesinato, los doctores Alejandro Negri y Amador Lucero lo describían así:
La flexibilidad simiana de las manos, cuyos dedos se doblegan hacia el dorso; la viciosa implantación, el tamaño y las malformaciones de las orejas que con su talla le han valido los exactos apodos de ‘petiso’ y ‘orejudo’; la excavación del paladar y la simetría no muy notable del cráneo y de la cara responden a defectos originarios de desenvolvimiento físico que en los alienados tienen el significado clínico de ser estigmas de la degeneración hereditaria.
Flaco ya era.
Durante sus primeros años había padecido una enteritis que lo había llevado a consumirse.
Pero estaba ocurriendo algo más.
Cayetano Santos Godino estaba perdiendo su nombre.
Se estaba convirtiendo en el Petiso Orejudo.
O en «el delincuente con el que soñaba la criminología argentina», como dice el escritor Osvaldo Aguirre en su libro ENEMIGOS PÚBLICOS.
Cuando su padre lo entregó a la policía, lo enviaron a la Alcaldía Segunda División, un calabozo benevolente.
Allí pasaría dos meses añorando los vasos de leche de su madre, las copitas de ginebra de su hermano y los cigarrillos que encontraba en la calle.
Estaba contento de estar lejos de los golpes de su padre y de los de sus hermanos mayores.
Contento de estar lejos de las clases de las cinco escuelas que había abandonado.
Hoy la denuncia del padre en la comisaría del barrio de San Cristóbal, en el centro sur de la capital, se conserva en un expediente que cien años después es una de las piezas más buscadas por estudiantes y profesores en el Archivo General de los Tribunales de Buenos Aires. «Cesare Lombroso murió antes que Godino, pero si lo hubiera conocido se lo habría llevado a Italia: ese chico corroboraba todas sus teorías», dijo Carlos Elbert, un ex juez y autor de libros de criminología en un coloquio que en el siglo XXI rememoró los asesinatos del Petiso Orejudo.
Lo que llevó a ese juez y a psiquiatras, historiadores, policías y urbanistas a discutir la historia del niño asesino fue su precoz carrera de delitos. Había sido breve pero intensa: luego de cometer su primer asesinato a los nueve años, en menos de una década el Petiso Orejudo se dedicó a prender fuego a corralones y depósitos, a matar a tres niños más y a intentar asesinar a por lo menos otros siete. Cuando al fin lo capturaron, aquel niño que mataba niños resultaba tan perturbador que la justicia de la época lo mandó de por vida al fin del mundo: la prisión de Ushuaia en la Tierra del Fuego. Hoy una estatua del Petiso Orejudo es la mayor atracción turística en esa cárcel que ahora es un museo. Los turistas saben que ese monumento no es un habitante del pasado. El Petiso Orejudo nos sigue obsesionando porque todavía no sabemos qué hacer con los niños como él.

Queremos pensar que la maldad es sólo aprendida y que la justicia es un asunto de adultos. La psicología tradicional aseguraba que los niños son criaturas amorales y que la sociedad (padres, escuela) tenían la tarea de civilizarlos. Pero los estudios más recientes sugieren que, además de cultural, la moralidad tiene también un origen biológico. Incapaces de pensar que los niños pueden ser malos —simplemente malos—, les hemos asignado una plenitud de derechos sin detenernos a pensar en sus obligaciones. Hasta que actúan como adultos.
Jon Venables y Robert Thompson tenían diez años en 1993 cuando secuestraron a un bebé de dos años. Lo tomaron de la mano en un shopping de Liverpool, lo torturaron y lo mataron en un descampado. Venables y Thompson eran dos niños regordetes, graciosos. No daban con el tipo de niño-asesino. Pero una vez capturados, se convirtieron en las personas más jóvenes en ser condenadas a prisión por un homicidio en el siglo XX en el Reino Unido. Un cuarto de siglo antes, y también en Inglaterra, Mary Bell, de diez años, estranguló en una casa abandonada a un niño de cuatro años. Cuando admitió haber cometido el crimen, la policía no le creyó: parecía un ángel de grandes ojos verdes y mirada inofensiva. Cuando los investigadores se convencieron, ella y una amiga ya habían estrangulado a otro niño de tres años y lo mutilaron con una tijera cortándole cabellos, piernas y pene. Treinta años después, en Florida un jovencito de catorce años llamado Joshua Earl Patrick Phillips se unió a cientos de sus vecinos en la búsqueda de una niña del barrio. Sólo Phillips sabía que el cuerpo de la chica yacía bajo su propia cama con once puñaladas. Siete días después, el olor que emanaba el cadáver lo delató. A principios de este siglo, Natsumi Tsuji, una chica de once años aficionada al básquet y al animé, y que tenía un elevado coeficiente intelectual de ciento cuarenta puntos, mató a su amiga Satomi Mitarai en un colegio de Nagasaki. En un aula vacía le vendó los ojos y le pasó un cúter por el cuello. Después volvió a clase con el uniforme salpicado de sangre. En Argentina, en una escuela de la minúscula ciudad de Carmen de Patagones, en el inicio de la Patagonia, ‘Junior’, un chico con reputación de buen estudiante, fan de Marilyn Manson y de los libros de historia de la Segunda Guerra Mundial, fue a clase con el arma de su padre y, antes del inicio de la primera hora, se paró frente al pizarrón y la descargó sobre sus compañeros. Mató a tres e hirió a cinco. Como ellos, cualquier niño pacífico puede ser un enigma.


Un siglo después seguimos buscando en el Petiso Orejudo una pista para comprender el horror y la fascinación que nos produce la maldad infantil. En la época en que Cayetano Santos Godino cometió sus crímenes, nadie usaba el vocabulario que hoy es normal tanto en sanatorios como en colegios: depresión, ansiedad, ataque de pánico, trastorno de déficit de atención e hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, desorden sensorial de integración, trastorno asocial de la personalidad. El bullying no era una epidemia juvenil. Tampoco existían el gangsta rap que dedica canciones a las armas ni los videojuegos que crean un marco de virtual masacre al alcance de la mano —o del dedo—. O esa estrella de rock a la que los políticos conservadores insisten en adjudicarle la responsabilidad de los tiroteos en los colegios: Marilyn Manson.
En la Argentina reciente, un niño de trece años con dos dientes de conejo en la sonrisa mató a cuatro personas. Fue en diciembre de 2011 y lo hizo como lo hacen los que deben economizar recursos o los que, como él, no tienen la edad suficiente para comprar un arma de fuego: a puñaladas. En una casa sencilla de la provincia de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes, acuchilló a un amigo de diez años, a la madre de este y a los abuelos. El chico de los dientes de conejo se presentó como único testigo de una masacre cometida por un inexistente hombre de negro. Después aseguró que su amigo había atacado a toda la familia y que él lo había tenido que matar en defensa propia, pero su ADN, regado por toda la casa, confirmó que su mano era la única que había manipulado el cuchillo. El móvil nunca quedó del todo claro pero se dijo que el de trece años había querido violar al de diez: el rumor de una mancha de semen en la ropa de aquel y la visita a sitios de pornografía en internet abonaron esta hipótesis. Acaso fue la madre del más pequeño quien lo descubrió en pleno abuso. Acaso ese encuentro desató la ira del adolescente. Como sea, el cuádruple crimen pasó al olvido pronto: en un crimen con muchos ‘acaso’, los argentinos guardaron silencio con inédito pudor ante este caso que dejaba entrever muerte, sexo, crueldad y violencia. Todo a cuenta de un chiquillo.
Un mes después de las puñaladas, el fiscal de Justicia de menores comunicó al chico de los dientes de conejo que era considerado como el único autor de la masacre. Pero por su edad no podía ser acusado formalmente. Quedó en manos del Estado: fue enviado a una dependencia para recibir tratamiento psicológico.
Él, Junior y el Petiso Orejudo comparten algo: nadie sabe qué hacer con niños como ellos.

Puede leer la historia completa en Etiqueta Negra 114.
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