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Tumberos: A la sombra el gil es gil, y el gato es gato.

Info1/11/2017
Tumberos, la vida del lado de la sombra. Hombre entró a las cárceles de la provincia de Buenos Aires y espió la dura vida tras las rejas. Los códigos, la violencia cotidiana, el sexo, las drogas, las armas y también la esperanza. (Javier Sinay)

Tumberos: A la sombra el gil es gil, y el gato es gato.

El Roger es un morocho de espaldas anchas y brazos que aprietan como tenazas, salpicados por algunos tatuajes de tinta borrosa, que los años a la sombra y la vida dura de los pabellones fueron removiendo. Cuando se entera del interés de Hombre por hablar con los presos y conocer la vida del otro lado de los muros, dice el Roger: "la cárcel es un misterio, viste". Y cuenta una historia que muchos otros presos también conocen en carne propia:

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- A los 12 años ya conocía el Instituto de menores Alfaro I y II, de La Plata. Yo me crié en Lomas de Zamora, y mis padres no tenían para darme de comer, así que quería mantenerme solo. De muy chico me encontré con esposa e hijos y quería que ellos tuvieran para el pan y el calzado, así empecé a delinquir. Empecé a andar con muchos pibes, tomando cocaína, fumando marihuana y viendo qué robar…

Estamos en el patio de la Unidad 9 de La Plata y los presos toman aire. Es una cárcel donde en agosto del año pasado relevaron al director y a seis guardiacárceles ante una denuncia de tortura con picana. Hasta el mes pasado, 1.270 internos estaban en huelga de hambre: reclaman mejoras de las condiciones de detención y quieren que se regule su situación juidicial (el 70% de ellos se encuentran en condición de procesados, o sea sin condena firme; algunos desde hace más de ocho años). Así y todo, no es de las cárceles más pesadas de la provincia. Los presos mismos elaboran su ranking, encabezado por Olmos, Mercedes y Sierra Chica.

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El Roger tiene el pelo corto y erizado y, aparte de los nombres de sus hijos, tiene tatuados tres puntos, uno al lado del otro, en línea recta: "es un código viejo de antes, dos chorros matando un policía. Ahora se hacen cinco puntos, pero para mí es un código boludo, cosas para estar a la moda". Tiene, también, una araña y una serpiente enroscada en una espada. Todos tatuajes típicamente tumberos.



- ¿Qué significan?
- Nunca supe de dónde venían estas imágenes, pero me las hice porque el preso es curioso: ve algo y quiere... Será por eso estamos en cana, ¿no?
La charla sigue y se enrosca como la serpiente en la espada: del pasado al presente, del pasado al futuro. Del motín de Sierra Chica que presenció desde adentro ("fue sangriento y muy triste, viste, no es bueno que pasen esas cosas" a los códigos de la cárcel, algo que "o lo aprendés o lo aprendés".

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- ¿Cómo son los códigos?
- El gil es gil, el gato es gato, el violador es violador... El gil está por robos simples, como carteras. Al gato lo tienen para cocinar y lavar ropa. Al violador lo violan. El poronga es el que está por robo pesado, el que maneja los fierros en los pabellones y hace banda con treinta tipos o más. Así es la mafia acá. Cuando recién llegás, te invitan a pelear. Si no te le animás, fuiste...

- ¿En qué condiciones se pelea?
- Capaz que te dan ventaja, te dan un 22, que es un cuchillo tramontina, pero ellos tienen lanzas, viste. Ventajeros, les dicen acá, pero son lanzas.

Tumberos: A la sombra el gil es gil, y el gato es gato.

- ¿A vos te tocó pelear?
- Y sí, anduve por población (el pabellón común). Yo ya me quiero ir porque tengo hijos, pero el que anda más perdido en la vida mata a uno acá adentro, mata a otro y así sigue con la condena. Yo me porto bien, pero estoy pillo y sé lo que tengo que hacer si se pudre. Estoy en paz conmigo mismo: no estoy resentido, no estoy violado, no estoy nada, y quiero salir.

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SEXO, DROGAS Y PABELLON
Juan tiene un par de cicatrices (facazos), un par de tatuajes y un par de cosas que decir. Pero cuando se acerca, avisa: "si te llego a contar todas las cosas que pasé, te vas a poner a llorar...". Dice que lleva varios años preso, que conoce varias unidades y que a tres meses de su última salida en libertad volvió a robar.
- ¿Cuántos años tenés?
- ¿Cuántos me das?
- Treintipico...
- ¡Eeeeh! ¡Pará, me matás! Tengo 25.
- Parecés más grande...
- Será que la droga me arruinó. Ya de pibito andaba delinquiendo. Mi primer tatuaje tumbero, un punto, me lo hice a los once años. Tuve muchos problemas familiares y me abrí de mi casa, conseguí un revolver y empecé a robar. Me gustó y seguí. Así fue mi vida.

- ¿Se puede salir de esa?
- Mataría salir, pero allá afuera la sociedad no cree en nosotros, nos discriminan. Nunca me dieron una oportunidad para trabajar y hacer otra cosa que no sea agarrar una pistola. Yo soy un fracasado en la vida.

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- Pero todavía no terminó la vida...
- Pero viene todo mal. Yo quiero ver a mi familia y ni me vienen a visitar. A veces pienso que cuando salga voy a estar toda la semana laburando por diez pesos, viste, y no sé si da...
¿Y afanando cuánto hacías?
- Y, depende qué laburo. No te digo que soy el gran ladrón, pero hice un par de laburos grandes: me metí en la casa de un abogado, tomamos de rehén a la familia y nos llevamos quince lucas.

- ¿Qué sentís cuando estás planeando entrar a la casa de un tipo y tomar de rehén a la familia?
- Hay que tener sangre fría, porque ahí sos vos o él. Pero no es jodido, depende de cómo entres. Las veces que fui a robar no fui a matar ni a violar, solamente a agarrar la plata.

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El sexo existe aunque las visitas higiénicas no sean tan largas como los internos quisieran. El relato de Juan es de una crudeza descarnada: "mirá, acá el tema es así. Cuando estás en la población si hay alguno que es un resentido y sabe que no te vas a parar de mano, te cae a la noche con otro y te violan. Y todo piola, vienen y te cogen de cheto, entendés. Pero hay muchos que ya les gusta y están putos. Se dejan coger por dos porros". Pero lo peor de la vida del otro lado del muro, aclara, no son las violaciones ni las peleas. "Lo más jodido de la cárcel son las enfermedades, el HIV, y la falta de comida. Acá los pibes se matan por una papa, por cualquier cosa…". Las drogas también entran en esa bolsa: "La droga está en todos lados, pero el mercado más grande es la cárcel. Tenés lo que quieras: cocaína, marihuana, paco, todo. También tenés el pajarito, una bebida que se hace acá adentro con verduras y que te deja con un pedo terrible. Pero tenemos que ser un rancho para fumar juntos y que esté todo piola, porque sino hay problemas".

- ¿Qué es ser rancho?
- Es vivir y comer con otro. Si somos un rancho, somos una familia. Cuando llegás y tenés a un amigo adentro, está todo bien.

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-¿Y si llegás sin conocer a nadie?
- Hay tumbeada, te roban todo. Y si no te resistís terminás siendo gato. A mí me dieron una puñalada en el brazo y otra en el pecho, terminé en uno de los buzones y me puse a pensar ¿qué voy a hacer?, ¿me van a matar estando en cana? Y ahí me empecé a rescatar. Ahora quiero salir y ver a mi familia.

LA VIDA A LA SOMBRA

Hugo y Jorge son de la misma generación que el Gordo Valor. Tienen 45 años y un largo prontuario. Ahora, con intenciones de hacer las cosas bien, son los encargados del Taller de Tapices de la cárcel de Magdalena, una prisión que se alza en medio del campo al mejor estilo cinematográfico: barrancas, alambrados, cancha de fútbol, torres de control con francotiradores.
Y el taller es para muchos presos una salida. "A los 18 años uno tiene un temperamento, la fuerza que está en la sangre por la juventud te hace actuar de una manera. A los 25 años el preso empieza a madurar y a tranquilizarse. De los 30 en adelante los ánimos se aplacan y aparte uno tiene la familia a medias, y la quiere disfrutar porque ya se perdió mucho. A los 40 uno tira todo eso en la balanza y se da cuenta de que vivió equivocado", evalúan. Ellos, que conocen varias unidades, no creen que alguna sea más pesada que otra: "No hay peor o mejor. Son temporadas por las que pasa gente. Y a veces se cruza gente que anda viajando y tal vez se complican las cosas".

Ellos se cruzaron esta vez con Christian, preso por robo calificado, que ya había pasado otras dos temporadas a la sombra. Y dice que no vuelve: "Aunque suene poco creíble, lo digo: es la última vez que voy a estar acá. Porque tengo un hijo de diez años y ahora tengo gemelos de un año. Con mi hijo de diez no estuve nunca y no quiero que me pase lo mismo con los gemelos".
Por su mirada se pierde: "hace un tiempo yo trabajaba en el colegio, donde vienen las visitas. Un día a las siete de la mañana uno de los muchachos me dice que había una señora esperando, que era mi vieja. Y yo le digo ‘no, está muy encorvada’... Al final, era ella. Y yo no la había reconocido. Mi viejita se iba a ir y yo me la estaba perdiendo. Hacía como seis meses que no la veía. Quizás vos tenés una imagen de la gente pero cuando la volvés a ver ya cambió. Es duro, pero la vida afuera continúa y nosotros estamos al margen".


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