Sientes otra vez ese nudo en la boca del estómago. Grande, áspero, de los que no te dejan tragar y te aprietan muy fuerte. Esa ansiedad constante, la incertidumbre de no saber qué coño estás haciendo. La dependencia. El miedo a replicar, a contestar, a alejarte de él. A tensar tanto la cuerda que al final se acabe rompiendo. Y que cuando eso ocurra, ya no te quede nada a lo que agarrarte.
Hasta que llega un momento que te armas de valor, coges las tijeras más grandes que encuentras y cortas de un tijeretazo con esa persona tóxica.
CHAS.
Y entonces empiezas a volar, aunque no sepas exactamente a dónde dirigirte.
La ilustradora argentina cuenta en su último libro, Érase una vez la Volátil (Lumen), cómo consiguió alejarse de una relación tóxica. Con celo, cajas de cartón y la ayuda de una copa de vino y unos Bucatini all' amatriciana que le preparó una buena amiga. Cuenta cómo después de eso se sintió más libre que nunca y decidió volar a Barcelona, donde empezó una nueva vida entre proyectos de libros y curros de media jornada que le servían para pagar el alquiler, el agua, el gas y lo más importante: el Wifi.
Porque llevaba mucho tiempo sin verse, echándose mucho de menos.
A lo largo de sus páginas, el libro de la Volátil nos sirve como recordatorio de todas aquellas personas tóxicas que un día formaron parte de nuestra vida y de las que cuando conseguimos soltarnos de su lastre, pudimos ir más veloces.