Los eslóganes, esas frases con las que las marcas martillean el cerebro del consumidor hasta hacerlo casi sangrar, son la mano derecha de la publicidad, a la que añaden toneladas y toneladas de sabrosura (y de recuerdo).
A la hora de engendrar sus lemas publicitarios, las marcas buscan lógicamente adherirse como lapas a las orejas del consumidor. Y aunque ponen todo su empeño en conseguirlo, no siempre lo logran. “Parir” un eslogan pegadizo no es fácil ni mucho menos.
Ahí fuera, en la galaxia publicitaria, hay muchísimos “claims”, pero pocos, muy pocos, tienen la vitola de ser “pegajosos” como el chicle. ¿Lo bueno? Que en la no demasiado larga lista de eslóganes memorables hay algunos que, pese a contar con años y años sobre sus espaldas, siguen vivos y coleando en la memoria del consumidor.
A la hora de engendrar sus lemas publicitarios, las marcas buscan lógicamente adherirse como lapas a las orejas del consumidor. Y aunque ponen todo su empeño en conseguirlo, no siempre lo logran. “Parir” un eslogan pegadizo no es fácil ni mucho menos.
Ahí fuera, en la galaxia publicitaria, hay muchísimos “claims”, pero pocos, muy pocos, tienen la vitola de ser “pegajosos” como el chicle. ¿Lo bueno? Que en la no demasiado larga lista de eslóganes memorables hay algunos que, pese a contar con años y años sobre sus espaldas, siguen vivos y coleando en la memoria del consumidor.