En la década de los 40’ una joven monja llamada Amanda Krueger, fue violada durante días por 100 criminales dementes tras quedar accidentalmente encerrada en la división de criminales con problemas mentales del hospital psiquiátrico “Westin Hills”, Krueger creció bajo un padre alcohólico abusivo, mientras comenzaba de a poco a mostrar un comportamiento psicopático, especialmente matando y torturando animales pequeños. Llamado “El Hijo de cien maníacos” por sus compañeros de escuela, en la etapa final de su adolescencia, Freddy empezó a disfrutar de los golpes y dolores asociándolos con el placer más sádico.
Una vez llegado a la edad adulta, Krueger, que vivía en el 1428 de la calle Elm Street, se dedicó a secuestrar niños y niñas que eran demencialmente asesinados con una infernal invención propia, un guante chapado en metal con cuatro cuchillos soldados a los dedos (exceptuando el pulgar) a modo de garras. Los cadáveres de los pequeños, por cierto, solían ir a parar a las calderas de la fábrica dónde trabajaba. Los padres afectados, luego que el asesino fuera capturado pero dejado en libertad por culpa de una orden de allanamiento mal firmada, recurrieron a la vieja ley del Talión y lo siguieron hasta el cuarto de calderas, donde lo quemaron vivo con gasolina. Sin embargo, poco antes de morir, los Demonios del Sueño se le aparecieron a Freddy, dándole la oportunidad se prolongar sus crímenes después de muerto.
13 años después de estos hechos Freddy regresaba para vengarse de los adultos que lo habían asesinado, pero esta vez en las personas de sus hijos adolescentes y de una manera muy peculiar, es decir, atormentándolos y asesinándolos mientras dormían, pues cualquier daño que era realizado en sus sueños persistía en el mundo real, permitiéndole así cometer múltiples asesinatos. Controlando los sueños de los adolescentes, Freddy era invulnerable y omnipotente, y quienes morían en el sueño nunca despertaban. Se hacía fuerte alimentándose de sus miedos y de sus almas, aunque había una forma de detenerlo: llevándolo al “mundo real”, es decir, al mundo de la vigilia, en donde se le podía herir.