Un médico y empresario de Coney Island, Nueva York, y su invento salvaron a una generación de niños prematuros exhibiéndolos en ferias.
A principios del siglo XX en las ferias de freaks que atraían a multitudes de curiosos en Estados Unidos y Europa convivían junto a los hombres que se tragaban espadas, las mujeres tatuadas y las bailarinas e incluso una exhibición de bebés diminutos. Eran bebés prematuros, mantenidos vivos en incubadoras inventadas por el doctor Martin Couney.
El sistema médico había rechazado sus aparatos, pero él no renunció a sus planes.Por más de 40 años, a partir de 1896 financió su trabajo exhibiendo a los bebés y cobrando 25 centavos de dólar por observarlos. A cambio, los padres no pagaban por el uso de las incubadoras, y muchos niños, que no habrían podido sobrevivir de otro modo, se salvaron.
Pero detrás de las entonces excéntricas urnas había más que un hombre de negocios: el doctor Martin Couney, un neonatólogo pionero que le ofrecía a los padres desesperados una alternativa novedosa cuando los hospitales daban a sus bebés por desahuciados.
Un médico fuera del sistema
Martin Couney se hizo conocido en su época por su trabajo por mantener vivos a los neonatos prematuros.
Se formó en Alemania y luego en París con el doctor Pierre Budin, que fue pionero en la teoría de las incubadoras cerradas, diseñadas para mantener el calor de los bebés y protegerlos de los gérmenes.
Pero sus conocimientos en aquel entonces no encajaban en la mayoría de los hospitales.
Con el dinero de la entrada a las exposiciones Couney podía ofrecerle a los padres de los bebés prematuros un cuidado gratuito.
Según relata Jeffrey P. Baker en su artículo sobre la perspectiva histórica de las incubadoras, durante su carrera Couney se quejaba de que lo calificaran como un mero empresario.
Decía que él hacía "propaganda por el buen cuidado de los prematuros".
De hecho, valora Baker, las exhibiciones de bebés de incubadora de principios del siglo XX ofrecían un estándar de cuidado tecnológico que ningún hospital de la época podía igualar.
En sus muestras los bebés eran atendidos por médicos y enfermeras que hacían turnos.
El propio doctor estimó que entre 1903 y 1943 mantuvo vivos a 7.500 de los 8.500 neonatos que pasaron por sus incubadores de exhibición.
Una de esos bebés sobrevivientes es Beth Allen, que nació prematura en 1941 junto a una hermana gemela que murió en el parto.
Fue su padre quien sacó estas fotografías de la época, incluida la que aparece en brazos del propio doctor Couney, publicada más arriba.
En una entrevista concedida a la agencia de noticias AP, Allen cuenta que su madre inicialmente no quería poner a su hija en una de las incubadoras de Coney Island, pero su padre la convenció.
La mujer, que hoy tiene 74 años y vive en Nueva Jersey, considera asombroso el espectáculo de bebés prematuros, que hoy sería impensable.
"Cuanto más envejezco más aprecio la oportunidad que se me dio para poder estar hoy aquí hablando con usted y para vivir la vida maravillosa que tuve".
"Creo que pesaba sólo unos 900 gramos"
Lucille Horn fue una de esos bebés. Nacida en 1920, terminó en una incubadora en Coney Island. “Mi papá decía que yo era tan pequeña, que cabía en su mano”, le cuenta a su hija, Barbara, en Long Island, Nueva York. “Pesaba menos de un kilo y no podía vivir sin ayuda. Estaba demasiado débil”. El personal del hospital le dijo a su padre que no había posibilidad de que sobreviviera. Pero su padre se negó a aceptar esa sentencia. Envolvió a la niña en una manta, tomó un taxi y se dirigió a Coney Island, a la exhibición de bebés del doctor Couney.
—Mamá, ¿qué se siente saber que la gente pagaba por verte? —le pregunta Barbara a Lucille.
—Es raro, pero mientras yo siguiera viva, no importaba que me vieran —dice Lucille—. Para la gente era un espectáculo de fenómenos, algo que normalmente no veían.
Y allí estuvo Lucille durante seis meses.
La ahora nonagenaria dice que cuando era una adolescente regresó al espectáculo de freaks para ver a los bebés y al ver en persona al doctor Couney decidió presentarse.
"Y allí había un hombre parado en frente de una de las incubadoras mirando a su bebé", relata Horn.
"Y el doctor Couney se le acercó y le tocó en el hombro".
"Mira a esta joven", cuenta Horn que le dijo el doctor. "Es uno de nuestros bebés. Y así es como va a crecer su hijo"
En esa época, Martin Couney y sus trabajos eran prácticamente desconocidos, pero al menos una persona jamás se olvidará de él. “En aquel tiempo no había muchos médicos que hubieran podido hacer algo por mí”, señala Lucille. “Noventa y seis años después, sigo aquí, viva, y estoy agradecida de que así sea”.
50 años hasta popularizarse en hospitales
La invención de la incubadora en 1880 dio paso a décadas de entusiasmo popular y médico, pero su desarrollo fue muy lento durante los siguientes 50 años.
Un artículo del año 2000 en la revista especializada Journal of Perinatology valora que lo interesante es considerar ese proceso no tanto desde la perspectiva tecnológica como desde la perspectiva de la responsabilidad sobre el recién nacido y cómo ésta fue cambiando de las madres a los obstetras y con el tiempo a los pediatras.
El doctor Couney murió en 1950, poco tiempo después de que el uso de incubadoras se volviera común en los hospitales.
Hoy en día según la Organización Mundial de la Salud 15 millones de niños nacen prematuros cada año (antes de la 37 semana de gestación, sobre 40).
Cerca de un millón de ellos muere.
Muchas de las muertes de bebés prematuros pueden evitarse con sólo mantener el calor.
La temperatura del cuerpo de un bebé cae tan pronto se encuentra fuera del ambiente controlado del útero de la madre. Por este motivo, después del parto, es importante regular su temperatura.
Pero los bebés prematuros tienen muy poca grasa corporal, por lo que no son capaces de hacerlo.
Para mantenerse con vida, estos recién nacidos necesitan incubadoras, un equipamiento médico que todavía ciertos hospitales del mundo no pueden permitirse.
A principios del siglo XX en las ferias de freaks que atraían a multitudes de curiosos en Estados Unidos y Europa convivían junto a los hombres que se tragaban espadas, las mujeres tatuadas y las bailarinas e incluso una exhibición de bebés diminutos. Eran bebés prematuros, mantenidos vivos en incubadoras inventadas por el doctor Martin Couney.
El sistema médico había rechazado sus aparatos, pero él no renunció a sus planes.Por más de 40 años, a partir de 1896 financió su trabajo exhibiendo a los bebés y cobrando 25 centavos de dólar por observarlos. A cambio, los padres no pagaban por el uso de las incubadoras, y muchos niños, que no habrían podido sobrevivir de otro modo, se salvaron.
Pero detrás de las entonces excéntricas urnas había más que un hombre de negocios: el doctor Martin Couney, un neonatólogo pionero que le ofrecía a los padres desesperados una alternativa novedosa cuando los hospitales daban a sus bebés por desahuciados.
Un médico fuera del sistema
Martin Couney se hizo conocido en su época por su trabajo por mantener vivos a los neonatos prematuros.
Se formó en Alemania y luego en París con el doctor Pierre Budin, que fue pionero en la teoría de las incubadoras cerradas, diseñadas para mantener el calor de los bebés y protegerlos de los gérmenes.
Pero sus conocimientos en aquel entonces no encajaban en la mayoría de los hospitales.
Con el dinero de la entrada a las exposiciones Couney podía ofrecerle a los padres de los bebés prematuros un cuidado gratuito.
Según relata Jeffrey P. Baker en su artículo sobre la perspectiva histórica de las incubadoras, durante su carrera Couney se quejaba de que lo calificaran como un mero empresario.
Decía que él hacía "propaganda por el buen cuidado de los prematuros".
De hecho, valora Baker, las exhibiciones de bebés de incubadora de principios del siglo XX ofrecían un estándar de cuidado tecnológico que ningún hospital de la época podía igualar.
En sus muestras los bebés eran atendidos por médicos y enfermeras que hacían turnos.
El propio doctor estimó que entre 1903 y 1943 mantuvo vivos a 7.500 de los 8.500 neonatos que pasaron por sus incubadores de exhibición.
Una de esos bebés sobrevivientes es Beth Allen, que nació prematura en 1941 junto a una hermana gemela que murió en el parto.
Fue su padre quien sacó estas fotografías de la época, incluida la que aparece en brazos del propio doctor Couney, publicada más arriba.
En una entrevista concedida a la agencia de noticias AP, Allen cuenta que su madre inicialmente no quería poner a su hija en una de las incubadoras de Coney Island, pero su padre la convenció.
La mujer, que hoy tiene 74 años y vive en Nueva Jersey, considera asombroso el espectáculo de bebés prematuros, que hoy sería impensable.
"Cuanto más envejezco más aprecio la oportunidad que se me dio para poder estar hoy aquí hablando con usted y para vivir la vida maravillosa que tuve".
"Creo que pesaba sólo unos 900 gramos"
Lucille Horn fue una de esos bebés. Nacida en 1920, terminó en una incubadora en Coney Island. “Mi papá decía que yo era tan pequeña, que cabía en su mano”, le cuenta a su hija, Barbara, en Long Island, Nueva York. “Pesaba menos de un kilo y no podía vivir sin ayuda. Estaba demasiado débil”. El personal del hospital le dijo a su padre que no había posibilidad de que sobreviviera. Pero su padre se negó a aceptar esa sentencia. Envolvió a la niña en una manta, tomó un taxi y se dirigió a Coney Island, a la exhibición de bebés del doctor Couney.
—Mamá, ¿qué se siente saber que la gente pagaba por verte? —le pregunta Barbara a Lucille.
—Es raro, pero mientras yo siguiera viva, no importaba que me vieran —dice Lucille—. Para la gente era un espectáculo de fenómenos, algo que normalmente no veían.
Y allí estuvo Lucille durante seis meses.
La ahora nonagenaria dice que cuando era una adolescente regresó al espectáculo de freaks para ver a los bebés y al ver en persona al doctor Couney decidió presentarse.
"Y allí había un hombre parado en frente de una de las incubadoras mirando a su bebé", relata Horn.
"Y el doctor Couney se le acercó y le tocó en el hombro".
"Mira a esta joven", cuenta Horn que le dijo el doctor. "Es uno de nuestros bebés. Y así es como va a crecer su hijo"
En esa época, Martin Couney y sus trabajos eran prácticamente desconocidos, pero al menos una persona jamás se olvidará de él. “En aquel tiempo no había muchos médicos que hubieran podido hacer algo por mí”, señala Lucille. “Noventa y seis años después, sigo aquí, viva, y estoy agradecida de que así sea”.
50 años hasta popularizarse en hospitales
La invención de la incubadora en 1880 dio paso a décadas de entusiasmo popular y médico, pero su desarrollo fue muy lento durante los siguientes 50 años.
Un artículo del año 2000 en la revista especializada Journal of Perinatology valora que lo interesante es considerar ese proceso no tanto desde la perspectiva tecnológica como desde la perspectiva de la responsabilidad sobre el recién nacido y cómo ésta fue cambiando de las madres a los obstetras y con el tiempo a los pediatras.
El doctor Couney murió en 1950, poco tiempo después de que el uso de incubadoras se volviera común en los hospitales.
Hoy en día según la Organización Mundial de la Salud 15 millones de niños nacen prematuros cada año (antes de la 37 semana de gestación, sobre 40).
Cerca de un millón de ellos muere.
Muchas de las muertes de bebés prematuros pueden evitarse con sólo mantener el calor.
La temperatura del cuerpo de un bebé cae tan pronto se encuentra fuera del ambiente controlado del útero de la madre. Por este motivo, después del parto, es importante regular su temperatura.
Pero los bebés prematuros tienen muy poca grasa corporal, por lo que no son capaces de hacerlo.
Para mantenerse con vida, estos recién nacidos necesitan incubadoras, un equipamiento médico que todavía ciertos hospitales del mundo no pueden permitirse.