“Sé que aún no hemos roto el más alto y duro techo de cristal, pero, algún día, alguien lo hará”, declaró Hillary Clinton. Era su epitafio con el asentir suave, las facciones en su sitio, los ojos brillantes. Clinton pidió perdón y se enjugó una lágrima. “Donald Trump va a ser nuestro presidente. Le debemos una mente abierta y la oportunidad de liderar”.
Terminan así 50 años de trabajo, truncados en el plazo de unas horas. Detrás del poder, la experiencia y los millones: nada. Una carrera política frenada bajo un techo de cristal, o ni siquiera. Porque Hillary Clinton no llegó a salir del hotel en el que repasaba, junto a su marido y sus colaboradores cercanos, el discurso. Nunca llegó a pisar el Javits Center lleno de banderas y carteles azules con su nombre y el de su número 2, Tim Kaine.
La pérdida es doblemente amarga por la naturaleza de su rival: un empresario rebozado en la prensa amarilla, con serios problemas de decencia y sin experiencia política alguna. Miembros de la campaña demócrata han dicho sentir una presión especial: la necesidad de ganar para preservar no ya el poder, sino la democracia y la estabilidad del país. La propia Hillary reconoció: “La frase que más oigo es: no la pifies”.
Así han salido las cosas y atrás queda una vida dedicada al servicio público. Esta hija de un tendero de Chicago lo ha sido todo en política: Primera Dama, senadora y secretaria de Estado. Su popularidad es baja cuando se presenta y alta cuando ejerce; queda atrás el esfuerzo por abrirse camino como mujer, la lucha contra la segregación racial en el Sur, la defensa de corporaciones y décadas a la sombra de su marido Bill.
La relación de ambos tiene un momento bisagra: 1999. Bill estaba a punto de acabar su segundo mandato cuando Hillary decidió presentarse como senadora en Nueva York después de consultarlo con sus compañeros de instituto. En realidad, lo había pactado con Bill: ella le dedicaría los primeros 25 años de vida juntos y él los 25 restantes.