Cuando pensamos en el Titanic podemos sentir la tragedia, el desaliento y la muerte de la mitad de los pasajeros y de toda la tripulación. También somos capaces de reconocer las estrategias y egos personales que llevaron al gran buque de los sueños a la zozobra y, más aún, después de las mil versiones cinematográficas y literarias de este accidente de barco que, sin ser el más crudo de la historia del siglo XX, sí que ha sido el que más morbo ha despertado a nivel internacional.
Sin embargo, hay algo que a muchos interesados en los entresijos más macabros del transatlántico se les pasó por alto; lo que sucedió con los cadáveres del Titanic ha sido un absoluto misterio para muchos, hasta ahora.
El escándalo después del hundimiento
El 23 de Abril de 1912 fue el día del verdadero y total hundimiento del Transatlántico. Un grupo de marineros tuvieron que abrirse paso entre los escombros de los restos del navío y ver uno de los espectáculos más demoledores que un ser humano puede presenciar: decenas, cientos de cuerpos que hacían crujir la proa de los barcos de recogida. Prácticamente todos eran de tercera clase. Inmigrantes y personal del barco.
Todos ellos completamente azules y violáceos, con los rostros hinchados por el agua y sus bacterias, los ojos bien abiertos y el cabello visiblemente congelado. La historia oficial cuenta que los porteadores cogieron los cuerpos y posteriormente los enterraron. La realidad explica algo muy diferente.
Fueron exactamente 1497 personas las que perecieron en el Titanic y de ellos, según cuentan, pudieron encontrar a 328 cuerpos de los cuáles 119 fueron arrojados de nuevo ya que eran prácticamente irreconocibles. De estos, solo 59 fueron reclamados por sus familiares y enterrados.
Hasta aquí parece ser que la empresa naútica White Star Line hizo lo que pudo por rescatar la dignidad de los pasajeros fallecidos.
La leyenda cuenta que el del magnate John Jacob Astor fue uno de los primeros en ser identificado tras el hundimiento del barco que no podía hundirse, el 22 de abril. Le ayudó que las iniciales de su nombre apareciesen bordadas en su chaqueta y el característico reloj de oro que siempre llevaba consigo. Era el más rico a bordo de la embarcación y entre sus efectos personales se encontraban unas 3.000 libras entre billetes y cheques.
Un destino muy diferente fue el que corrió el conocido hasta hace relativamente poco como el “niño desconocido”, un pequeño rubio de apenas dos años. Este se convirtió en uno de los grandes misterios del Titanic tras ser recuperado del agua en los primeros días de investigación y no ser reclamado. Su cuerpo pasó casi un siglo enterrado en Halifax bajo una lápida sin nombre.
En 2011, no obstante, un grupo de investigadores certificó a través de pruebas de ADN que se trataba del inglés Sidney Leslie Goodwin y no Gösta Leonard Pålsson, cuyo nombre también se había barajado, o alguno de los muchos otros niños que diferentes familias habían reclamado a lo largo del último siglo. ¿Adivinan? Viajaba en tercera clase.
La clase marcó la diferencia
La clase marcó la diferencia en el destino del pasaje, y esa misma discriminación la recibieron también sus cadáveres, pues no todos llegaron a tierra. Con el fin de recuperar los cuerpos de las víctimas, la compañía White Star, dueña del Titanic, contrató a varios buques para que rastrearan la zona del naufragio. Uno de ellos, el MacKay-Bennett llegó al lugar varias horas después, encontrándose con un paisaje dantesco de cuerpos congelados flotando en el mar.
Mientras que los cuerpos de las víctimas de primera clase fueron colocados en ataúdes, los de segunda y tercera tuvieron que conformarse con descansar en bolsas de lona, cuando no en el mar. Los cien ataúdes y las bolsas se quedaron escasos para tantos cuerpos, así que, una vez observada la vestimenta de los muertos y el contenido de las bolsas, 116 de ellos fueron arrojados al océano.
Los que pasaron la criba fueron desembarcados en Halifax para ser entregados a sus familias. A pesar de que la naviera se ofreció para enviar los cuerpos a sus parientes de forma gratuita, sólo 59 víctimas fueron reclamadas. Otros 150 cuerpos, 49 de ellos sin identificación, descansan desde entonces en el cementerio de dicha ciudad.
Un segundo buque, el Minia, recuperó sólo diecisiete cadáveres, el Montmagny cuatro, etc. El goteo de cadáveres continuó hasta más de un mes después, cuando a 200 millas de distancia, el Oceana divisó a tres hombres en un bote salvavidas. Uno de ellos fue identificado, pero todos fueron arrojados al mar. Todavía llevaban trozos de corcho de los chalecos salvavidas en sus bocas. El delirio del hambre.
Una decisión que hoy en día nos parece una barbaridad y una injusticia, pero que los especialistas piden que se haga un esfuerzo por ver desde la perspectiva de la época. Por aquel entonces la sociedad era profundamente clasista, así que la opción que tomaron de recuperar únicamente los cuerpos de los ricos no fue un acto de maldad, sino que se trataba de la opción que más lógica en aquel momento y ante una situación tan desoladora.
Sea como sea, es difícil dejar de fijarse, con tristeza y cierta rabia, en que los cadáveres de los familiares de los pasajeros de segunda y tercera clase podrían haber descansado en tierra, con sus seres queridos ya difuntos, pero que se decidió deliberadamente abandonarlas a su suerte, bajo las gélidas aguas.