La paradoja intransigente del laberinto casual
Había una vez, hace no bastante poco un hombre llamado Asterión, que leía un libro hecho de huesos. El libro trataba de una muchacha que veía una película en un cine atrofiado. En esas escenas podía verse sin escrúpulos a un hombre llamado Vladimir escuchando un audiolibro titulado “El libro de Asterión”.
Todo se resolvía en una trilogía sumida al laberinto letrístico casual. El hombre mitólogico se concentraba fielmente en dos espejos enfrentados que reflejaban el infinito. Los espejos también eran infinitos, a tal punto que la infinidad se había convertido en una partícula.
Lo poco abstracto no florecía, y las tendencias de la aculturación masificada eran grotescas en ese entonces.
Asterión tomó parabolas de un frasco de telgopor y desuniversalizó la violencia ya antes dada. Los terrenos neuronales se expandieron por las órbitas al finalizar el libro, que coordinaba con el final de los otros ejemplares dados dentro de él, que se repetían sin cesar. Hace 100 años que no se sabe nada de esta trilogía, creo que soy el único que tiene las verdades de su franquicia.
Se dice de la implosión, algunos han escrito de ello en mensajes subliminales poco frecuentados. Y yo, eterno, no hablé nunca sobre las ninfas de la tentación que provocaron la supernova. Hasta ahora.