Hagamos un pequeño inventario: busca en tu memoria y dirígete a ese momento en que uno de tus profesores –o si fuiste muy afortunado, alguno de tus padres– te explicó por vez primera la evolución humana. ¿Lo tienes? Perfecto. Ahora compagínalo con el día en que escuchaste, igual por primera ocasión, sobre la creación bíblica, acerca de cómo Adán y Eva poblaron al mundo. ¿A quién preferiste creer o a cuál te dijeron debías seguir? Muy probablemente llegaste a un punto en el que pensaste que ambas versiones de los hechos tenían cabida en la historia humana y que las dos seguro atendían a sus intereses, pero convergían en una situación de 50 y 50 % de credibilidad. Y sí. Así se encuentra la revisión histórica, científica y religiosa en torno a este tema hasta el día de hoy.
A principios de la década de 2010 se planteaba el supuesto hallazgo del siglo, posible respuesta para estas disparidades o encuentros entre culto y método, entre lo que llamaría Luis Villoro creer, saber y conocer. Un grupo de investigadores decía haber descubierto el Arca de Noé bajo el hielo del Monte Ararat. Las esferas de la historia y sus disciplinas hermanas se tambalearon, la comunidad de la ciencia jamás había dado por verídica la gran inundación aunque una buena parte sí le considera probable en consonancia con otras teorías antropológicas o geológicas, y las interrogantes se extendían por todo horizonte. La NASA se encuentra incluso en ese grupo que coincidió en que dicha catástrofe pudo darse. La pregunta entonces fue, ¿hasta qué punto la narración judeocristiana cuenta la verdad?
Un par de hipótesis acaparan la atención. Una de ellas dice que el fenómeno se pudo producir hace 7.500 años (aproximadamente) en lo que hoy conocemos como Mar Negro, una planicie azul que en algún momento fue un lago de agua dulce muy pequeño y habitado en sus orillas; las especulaciones apuntan a que, de algún modo, el Mediterráneo se abrió paso a través del Estrecho del Bósforo y creció el caudal del mar a un ritmo de entre 15 y 30 centímetros por día hasta llegar a grandes alturas.
La segunda más importante señala que una intensa actividad sísmica en la zona del Mediterráneo pudo ser motivo para esta narración mística, la cual pudo entonces desencadenar una serie de tsunamis que golpearon la costa con violencia y así la inundación de ciertos puntos. Es decir, a diferencia de la religión, de haber ocurrido el diluvio tuvo que circunscribirse a determinadas zonas concretas; eso de universal no pudo darse al ciento por ciento.
Esto en cuanto a las múltiples visiones histórico-científicas que se tienen en torno a la posibilidad de un gran diluvio pero, ¿qué pasa con la narración del Arca? Hay que revisarla con mayor cuidado. Un verdadero deber crítico nos obliga a presentar las siguientes razones para desconfiar de esta historia fantástica.
1. No podría preservarse la biodiversidad del planeta mediante una única pareja y los problemas de consanguinidad que se hubieran desarrollado.
2. La cantidad de alimento para mantener durante un año a un número tan elevado de animales superaría el espacio disponible y habría puesto en peligro su convivencia.
3. Las plantas no pudieron sobrevivir al número de días que estuvieron bajo las aguas. Según la mitología del diluvio.
4. Noé no pudo recorrer todo el planeta en el arca.
5. No hay respuestas coherentes y viables para pensar que tanta agua pudiera cubrir al planeta y luego retirarse, evaporarse o como quiera justificársele.
6. El agua dulce o salada pudo matar a muchas especies marinas de haber ocurrido esto.
7. Es imposible que la familia de Noé (seis personas en total) construyeran un arca de la magnitud descrita en la Biblia en tan poco tiempo.
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Y por último, podemos anotar que tanto los problemas de materia prima como los de transporte y tiempo hacen inviable la existencia de un arca en ese diluvio que, sí, se ha registrado en varias culturas, pero nada nos garantiza que se dio de la manera descrita en la tradición cristiana. Tras una catástrofe de tal magnitud, los ecosistemas se hubieran tenido que recuperar a una velocidad jamás vista para que las parejas desembarcadas pudieran sobrevivir o la Tierra ocasionara, por lo menos, nuevas formas de vida.