Aparentemente, la clave para identificar a los mentirosos no se encuentra únicamente en los gestos, sino también en las palabras que salen de su boca cuando hablan en público o cuando escriben un texto largo.
Una investigación señala que cuanto más larga y rebuscada sea una frase, más probabilidades existen de que su autor nos esté mintiendo.
Los mentirosos utilizan más palabras y oraciones negativas que las personas que dicen la verdad. Si una respuesta es corta y va al grano, es más probable que sea sincera.
Cuando mentimos, añadimos detalles innecesarios para hacer que parezca una historia más creíble. La verborrea es un signo de que la persona con la que estamos hablando nos engaña, tanto si lo ha preparado como si no. Es lo que los investigadores llaman el "efecto Pinocho".
Las constantes referencias a nuestra honestidad, como “sinceramente“, ”con franqueza“, también nos deberían hacer sospechar.
Un discurso lleno de matices y aclaraciones nos ayuda a evitar la simple y directa mentira. Por ejemplo, ante la pregunta de nuestra pareja sobre por qué hemos llegado tarde no responderemos con algo tan simple como “porque había mucho tráfico”. Lo más probable es que demos una larga respuesta: ”porque salí de trabajar un poco más tarde que de costumbre, así que me encontré con un atasco en la autopista circunvalar, y una vez que conseguí llegar al barrio, me di cuenta de que tenía que comprar tabaco". ¿Verdad que suena más creíble? Pues mientes.
También, el mentiroso puede tener tanta confianza en sí mismo que ni siquiera se de cuenta de que está engañando. Al parecer, los políticos no son maestros del engaño, sino que simplemente se creen sus propias mentiras.
Ello provoca que no tengan reparo moral a la hora de proporcionar información incorrecta. Así pues, el político exitoso no es aquel que miente mejor, sino aquel que mejor sabe engañarse a sí mismo.
