
En el otoño del año 844 una poderosa flota vikinga (compuesta por más de ochenta naves y unos 4.000 guerreros) se internó en el río Guadalquivir con el fin de atacar el territorio de Al-Ándalus, en la península ibérica.


Días después del desembarco, los temibles vikingos, que desde hacía años sembraban el terror con sus campañas de saqueo en toda Europa, y que venían de aniquilar poblaciones enteras en la región, se dirigieron a Sevilla, a donde sometieron a la población durante dos meses, robando, violando y asesinando sin pruritos.
La reacción del emir Abd al-Rahman II no fue inmediata, lo que permitió a los vikingos seguir asolando todo el territorio, sembrando el pánico entre las poblaciones e incrementado su botín. Tal vez la presencia de las tropas del emir se hizo esperar porque Córdoba no podía quedar desasistida. Abd al-Raman II hizo llamar a los ejércitos que se hallaban dispersos en otras zonas del territorio de sus dominios. Fue a comienzos de noviembre cuando se logró reunir un ejército suficientemente fuerte para enfrentarse a los vikingos.

Gracias a los desconcertantes caballos (que los nórdicos prácticamente no conocían) logró revertir la situación.Un cuerpo de caballería, al mando del general Muhanad ben Rustum, partió previamente de Córdoba hacia Sevilla. Las tropas movilizadas lo hicieron bajo el mando de Nasr Abu I-Fath.

Luego de jornadas triunfales de la caballería e infantería andaluzas, los nórdicos debieron rendirse; lejos de contentarse con esta revancha, las autoridades ordenaron la decapitación de los prisioneros vikingos que quedaban con vida. Se los enterró vivos y sus cabezas, que quedaron al aire, fueron sometidas a sucesivos galopes de la caballería. Más de treinta naves fueron incendiadas, y se celebró un gigantesco ágape en honor al general vencedor, Ibn Rustum, en el que los cráneos de los decapitados sirvieron de candelabro para las velas que iluminaron la larga noche de festejos.

Está de más decir que este fue el último saqueo vikingo en Al Ándalus.