No es un objeto antiguo cualquiera. Fabricado en la antigua Grecia, el mecanismo de Anticitera fascina a los investigadores por su complejidad y sofisticación
No se trata de los típicos restos cerámicos que solemos ver en los museos de historia o arte cuando paseamos por las salas dedicadas a la antigua Grecia. Se trata de varias piezas de lo que parece una pasta verde: lo que una vez fueron láminas de metal ahora están pegadas, cubiertas por estructuras calcáreas teñidas por haber pasado dos milenios bajo el mar.
Pero que su aspecto ruinoso no engañe a nadie. Descubierto a principios del siglo XX en las aguas que rodean el islote griego de Anticitera, el mecanismo de Anticitera tardó más de un siglo en ser desentrañado. Su aspecto es similar al mecanismo que hace funcionar los relojes de pulsera y los expertos lo consideran la primera máquina de computación analógica de la historia.
Su complejidad técnica le ha valido el nombre de OOPArt (Out Of Place Artifact), una denominación que los amantes del misterio dan a objetos que no parecen encajar con su momento histórico. No hay una continuidad, al menos que se sepa, en torno al mecanismo de Anticitera: se trata de un objeto único de una complejidad y desarrollo técnico sorprendente, y no se conoce ningún dispositivo similar. De hecho, no volvió a fabricarse nada tan sofisticado en alrededor de un milenio, cuando los primeros relojes astronómicos aparecieron en la Europa medieval.
Y a pesar de su excepcionalidad, los estudios sobre este objeto no abundan. Tardó más de cien años en ser descifrado, hasta que en el año 2006, científicos británicos y estadounidenses publicaron en la revista Nature un estudio en el que recreaban su funcionamiento. No fueron los únicos. Michael Wright, restaurador del Science Museum de Londres, también ha construido una recreación de este misterioso objeto.
En esa versión moderna, el mecanismo metálico está contenido en una caja de madera un poco más pequeña que una caja de zapatos. En el frontal están incrustadas dos ruedas metálicas concéntricas, que giran como un dial de radio, una con el zodiaco y otra con los días del año. Una serie de agujas metálicas marcan la posición del Sol, la Luna y hasta cinco planetas. Al girar un pequeño mando, el tiempo empieza a correr: la Luna cubre un ciclo completo (pintada la mitad de blanco y la mitad de negro, para señalar sus fases) mientras que el Sol se mueve una doceava parte de su recorrido. Ha pasado un mes.
En la cara trasera de la caja hay otras dos ruedas, aquí una sobre la otra. Una de ellas marca el ciclo Metónico, una forma de aproximar los periodos de orbitación de la Tierra y la Luna, que permite saber que, cada 19 años, las mismas fechas del año corresponden con las mismas fases de la Luna. La otra está dividida en 223 partes, recogiendo los 223 meses de cada ciclo de Saros, un concepto utilizado para predecir cuándo ocurrirá un eclipse.
En el interior de la caja, una treintena de ruedas dentadas marcan el paso del tiempo. Cada engranaje tiene un número distinto de dientes triangulares, que van desde 15 hasta 223, y ha sido fabricado en una sola pieza metálica. Al hacer girar uno de los mandos exteriores, avanza la mayor de las ruedas que marca el paso de los días y da una vuelta entera cada año. Otros mandos manejan la Luna, el Sol, los planetas y los indicadores de los ciclos Metónico y de Saros.