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Lucha y castigo contra el crimen en la Roma antigua

Info•1/27/2017


en la antigua Roma asesinos, ladrones o mafiosos campaban a sus anchas por el Imperio siendo escasos los recursos invertidos en la lucha contra la criminalidad. Las autoridades locales eran casi siempre las encargadas de sofocar las revueltas, pero su eficacia se veía muy limitada por la ausencia de una fuerza policial local.

PATRULLAS POPULARES

En el mundo rural había que arreglárselas sólos contra aquellos bandidos y los romanos estaban bastante preparados para proteger sus propiedades de los malhechores entrenándose para emplear la violencia. No salir nunca de noche, era una máxima sí, pero no era suficiente. Así que la gente sencilla acabaron organizándose en patrullas populares para hacer frente, ellos mismos con sus recursos, a los delincuentes.

Las patrullas populares proliferaban, tanto si estaban al servicio de las autoridades como si no.

En ocasiones se celebraban juicios contra los reos, en otras, eran las propias patrullas quienes ejecutaban a los criminales sin ni siquiera fingir la celebración de un juicio.

SEGURIDAD CIUDADANA

Durante la República, de la seguridad ciudadana se encargaban, aunque no siempre, los esclavos públicos o bien, las tropas elegidas que enrolaban a jóvenes de las clases altas al servicio de los cónsules. Ya bajo los designios del emperador Diocleciano con sus reformas durante el s.III, Roma contaba con un cuerpo policíaco de carácter confidencial conocido como agentes in rebus.

Esta especie de funcionarios actuaban como un cuerpo de correos militarizado que, entre otras funciones, supervisaba caminos y posadas disponiendo de un listado completo de sospechosos que cubría desde los simples ladrones a los más sanguinarios.

PIRATAS

Uno de los grupos más temidos por los romanos durante la República fue el de los piratas.

Consideraban y trataban a estas tribus de bandidos como una comunidad enemiga. La forma habitual de hacerles frente era recurrir a la intervención militar para evitar los saqueos.

De hecho, el Senado se vió obligado a enviar al experimentado general Pompeyo en el siglo I para combatir a los cilicios en Asia Meno


PENA DE MUERTE

Otro medio eficaz contra los ladrones y bandidos era utilizar la traición al estilo de Judas que entregó a Jesús de Nazaret a sus enemigos con el famoso beso en la mejilla. Una vez que el forajido era apresado, se le aplicaba el máximo castigo. A menudo, éste iba precedido de su exhibición en público.

Era normal que a los bandidos se les practicase la pena de muerte. Ello implicaba una de las dos ejecuciones más humillantes que ejercían los romanos:

la muerte por crucifixión, o
acabar masacrados en el ruedo en las fauces de fieras salvajes.

LA CRUCIFIXIÓN

Como en otras culturas mediterráneas esta forma de ejecución se empleó en la antigua Roma hasta el 337 año en que fue abolida por Constantino. Esta práctica penal exhibía el bajo estatus social del reo y no se aplicó ni a aristócratas ni a ciudadanos del Imperio.

En un principio esta pena se destinó a los esclavos,-Séneca lo llamaba supplicium servile-, más tarde fue extendida a los crímenes de alta traición. Como ejemplo, los secuaces de Espartaco fueron crucificados a lo largo de la Via Apia, pero también fue una práctica común para rebeldes, asesinos odiados, piratas y otros libertos “humildes”,bcriminales procedentes de las provincias a los que los romanos crucificaban en distintas posiciones, siendo considerado el modo más vergonzoso y humillante de morir.

En las culturas de la antigüedad para que una muerte fuera honorable necesitaba del sepelio del difunto.

En la práctica de la crucifixión el reo era bien atado o clavado en un madero, entre árboles o bien en una pared, dejando el cuerpo allí hasta que falleciera mutilado y devorado por los buitres y otros animales carroñeros como escarmiento y una gran deshonra. Sobre el reo se estableció además la costumbre de fijarse una especie de rótulo “titulus” sobre el madero con una inscripción que lo describiera.



BULLA FELIX, EL ROBIN HOOD ROMANO


Pero si de todos aquellos bandidos y delicuentes de distinta calaña hubo alguno que destacó por su astucia, ese fue Bulla Felix, personaje que en tiempos contemporáneos podría compararase con el del popular Robin Hood de los bosques. Y ello, en el sentido de que, robó a muchos funcionarios poderosos que ostentaban altos cargos, pero gozó de la lealtad de aquellos que fueron maltratados por el Imperio. Lo cierto es que, en tiempos del emperador Septimio Severo, (s.II), una banda de 600 hombres liderados por aquel forajido de los montes, una especie de Robin Hood a la romana, llamado Bulla Felix, burló a un buen número de funcionarios de Roma y consiguió sembrar el pánico durante algún tiempo, asaltando a los viajeros en el trayecto entre Roma y Brindisi.

El propio emperador Severus necesitó enviar tropas de refuerzo y a un tribuno pretoriano para controlar la situación dada la gran audacia del bandolero, según narra el escritor Dion Casio.

Bulla, era un italiano osado que formó una banda numerosa de hombres compuesta de todo tipo de personas descontentas con el sistema. Algunos eran ladrones pero también hubo gran número de libertos imperiales que habían sido mal pagados, mientras que otros, no habían recibido ningún tipo de remuneración, aún siendo antiguos esclavos del emperador y su familia.

Durante dos años seguidos, Bulla y sus hombres saquearon Italia bajo las mismísimas narices de los emperadores y de una multitud de soldados. Bulla Felix fue un jefe de ladrones, pero el historiador romano del s.II, Dion Casio, parece admirar la astucia de Bulla, ya que consiguió burlar a los funicionarios romanos con mil triquiñuelas, recurriendo a diferentes vestimentas que le otorgaban cierto rango social.

Pero sobre todo, Dion Casio subrraya que aquel bandolero y ladrón consiguió ser un líder admirado que gozó de la lealtad de más de seiscientos seguidores que consiguieron mantener a raya a las tropas, en los caminos de acceso a Roma durante dos largos años.

Finalmente Bulla Felix fue capturado en una cueva y se cuenta que pagó con su vida, siendo arrojado a las fieras. Tras su muerte la banda quedó desmenbrada.

Pero la de Bulla Felix fue una situación excepcional. Por lo general, los recursos invertidos en la lucha contra la criminalidad eran escasos dando pie a que fueran las autoridades locales las encargadas de sofocar las revueltas. Si bien su eficacia se veía limitada por la ausencia de una fuerza policial local.

Sólo en caso de que hubiese algún motivo personal o que se produjese un trastorno de enorme gravedad, como en el caso del famoso bandolero, las autoridades romanas desplegaban grandes recursos para eliminar las amenazas..

Referente a tierras hispanas Tito Livio describe cómo numerosos salteadores de caminos asediaban las caravanas mercantiles en la Bética. En otra carta dirigida a Cicerón, Sierra Morena, figura como una región plagada de bandoleros. El emperador Augusto destinó guarniciones por todo el Imperio para tratar de controlar a estos bandoleros. Pero siglos más tarde, según Tertuliano, (teólogo del s.III) estos foragidos aún, seguían existiendo.

Las medidas que se habían tomado eran una reacción inmediata a un problema concreto que nunca desaparecía, sino que se enconaba e irritaba a las autoridades, estuvieran donde estuvieran.
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