Ernesto hace un viaje a la provincia argentina de San Luis, a un remoto pueblo en un valle puntano, para recordar su infancia y las circunstancias que han determinado su vida: sus padres se habían exiliado voluntariamente de Buenos Aires para vivir en una comunidad campesina. La llegada de un geólogo español, contratado por el cacique local para buscar petróleo, representa una amenaza para la forma de vida de los campesinos.
“Un lugar en el mundo” la mejor película de Adolfo Aristarain, no solo se refiere a aquel determinado lugar (al sur de Río Grande) donde se desarrolla el film, sino que nos habla de los grandes temas de la vida, y que a pesar del tiempo transcurrido desde su filmación en 1992, siguen sorprendiéndonos por su actualidad: el abuso del poderoso que no cesa en su empeño de conseguir lo que es de los demás, la pérdida de la inocencia, la amistad en sus diferentes sentidos, el amor en sus diversas acepciones, y por encima de todo la lucha incansable para conseguir un futuro mejor (tanto para los seres queridos, como para aquellos que no se dan cuenta que les quieren arrebatar lo más importante, sus propias raíces).
Los momentos para el recuerdo son muchos, pero esa conversación padre-hijo hacia el final de la película es maravillosa, y por extensión toda la parte final, que alcanza unas cotas de emoción casi sublimes.
El tema principal es la necesidad vital de encontrar nuestro lugar en el mundo, la de qué hacer con nuestro conocimiento, con nuestra profesión. Mario, el catedrático de sociología represaliado por la dictadura acaba en un lugar de la periferia rural, tratando de poner en marcha una microutopía.