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Marie Curie y la Guerra

Info10/30/2008
Registrate y eliminá la publicidad! Marie Curie y la Guerra Alguna vez he dicho que a todos los que nos gusta la ciencia y sus personajes deberíamos leer alguna biografía de Marie Curie. Ya os he hablado en 1, 2, 3 y 4 de esta mujer y alguna vez he culminado un artículo con una de sus frases. Hoy os hablaré un poco más de ella. Todos sabemos que gracias a los rayos X se pueden localizar lesiones y los médicos pueden operar con mayor precisión. Pues bien, cuando empezó la Primera Guerra Mundial Marie Curie se dio cuenta que no existían instalaciones radiológicas en los hospitales de campo. Los aparatos de rayos X eran casi desconocidos en el ámbito militar. A través de la Cruz Roja y la Unión de Mujeres de Francia, Marie instaló un aparato de Rayos X en un camión Renault con sus propias manos convirtiéndolo en la primera unidad móvil de Rayos X de la historia. Petit Curie con Marie al volante Llegó a equipar 20 coches (eran conocidos como los “petit Curie”), desde luego, no con la ayuda del ejército ni funcionarios, sino gracias a la población que contribuía cuanto podía. El cirujano se encerraba con ella en el cuarto oscuro mientras pasaban los soldados heridos uno tras otro y así durante horas, días… Supervisó la instalación de 200 salas de radiología. Mientras utilizaba esos aparatos aprendió mecánica para arreglar el coche y medicina. Y no penséis que se quedaba en la retaguardia: Marie era de las que iban al frente. De hecho, solía pelearse con los generales para poder llevar los coches hasta los hospitales del frente. Eran conducidos de hospital en hospital por voluntarios, antiguos alumnos y profesores de la École Normale. Más tarde se fundó una organización privada en la que pusieron como “director técnico de radiología” a Marie Curie. También involucró a su hija Irène (su otra hija, Ève, quedó al cuidado de una institutriz) que pronto fue por su cuenta. La joven no paraba de hacer radiografías a soldados heridos con trozos de obús. Y si tenemos en cuenta que tenía 16 años cuando empezó, no debería sorprenderos si os digo que, con 18, Irène Curie era una auténtica experta en radiología. La llamaban incluso cuando se estropeaban los aparatos. Marie se quedó uno de esos coches para uso personal y lo condujo ya no sólo por Francia, sino por los hospitales belgas, por el norte de Italia, etc. No se detuvo aquí. Organizó cursos de formación para soldados estadounidenses a los que inició en el estudio de la radiactividad. Antes que las tropas de los EEUU abandonaran Europa al finalizar la guerra, Marie había instruido a muchos médicos en el uso de los rayos X. En dos años, entre madre e hija llegaron a formar a más de 150 técnicos. La cifra de heridos que pasó por todos esos puestos superó el millón de personas. Y es que Marie era de las que se bastaba por sí sola para hacer las cosas. ¿Que no tenía chófer? Pues ella misma le daba a la manivela para ponerlo en marcha. ¿Que se pinchaba una rueda? Ella misma la cambiaba. Limpiaba el carburador en caso que se hubiera obturado. Si llevaba los aparatos por ferrocarril, ella misma los cargaba y descargaba. Fue totalmente indiferente a la falta de comodidades. Y si tenía que dormir, no le importaba dónde: al aire libre o en una tienda de campaña. Dio todo el oro que poseía al que añadió el de todas sus condecoraciones científicas. Jamás fue menos molesta una mujer tan célebre. Nada mal para ser una inmigrante polaca, ¿verdad? Pero bueno, sobre la austeridad de Pierre y Marie Curie con los bienes materiales ya os he hablado en los artículos anteriores citados. Diré, no obstante, unos detalles más a este respecto. En noviembre de 1903, la Royal Instituton confirió a Pierre y a Marie una de sus más distinguidas condecoraciones: la Medalla de Davy. Marie tenía ya entonces sus manos destrozadas por el radio. Ni siquiera llevaba una alianza. En la noche de uno de los banquetes, Marie dijo a su esposo: Nunca imaginé que existieran alhajas semejantes. ¡Qué hermosas eran! Figúrate que durante la cena, no sabiendo en qué ocuparme, me puse a pensar y calculaba cuántos laboratorios podrían construirse con las piedras que cada una de las damas llevaba alrededor de su cuello. ¡Cuando llegó la hora de los discursos había llegado a una cifra astronómica! Cuando recibieron por el Nobel una suma equivalente a 15.000 dólares y su aceptación no era en modo alguno “contraria al espíritu científico”, como decía Marie, los gastos en que incurrieron fueron en regalos para el hermano de Pierre, las hermanas de Marie y una amiga de su infancia, donaciones a varias sociedades científicas y a estudiantes polacos. Lo único que se quedó para ella le sirvió para instalar un baño moderno en su casa y renovar el papel de una habitación. Jamás pasaron por su cabeza cosas como comprarse un sombrero nuevo y continuó con sus clases. Ni siquiera de mayor supo tener la comodidad de una doncella. Su chófer jamás tuvo que esperar más de dos minutos y si llegaba tarde se sentía culpable. Siempre fue amante de su patria, Polonia. Si llegaba algún estudiante polaco a París y no le concedían una beca universitaria, Marie la pagaba de su propio bolsillo sin que el estudiante se enterara. Por las noches se sentaba en el suelo a hacer sus cálculos teóricos. Jamás se acostumbró a trabajar en una mesa: el suelo era un espacio casi ilimitado para poner sus apuntes. Casi al final de su vida empezó a perder la vista. Comunicó a sus hijas que quería que nadie lo supiera. Para ello dio con técnicas como escribir con letras grandes y gordas. Tuvo que ponerse unas gruesas gafas. Marie siempre había desdeñado las precauciones que ella misma imponía estrictamente a sus discípulos. Apenas se sometía a los exámenes de sangre que eran norma obligatoria en el Instituto del Radio. Estos análisis mostraron que su fórmula sanguínea no era normal, pero eso no le preocupó gran cosa. ¡Cómo le iba a preocupar! Durante 35 años había estado manejando el radio y respirando el aire viciado de sus emanaciones, y durante los cuatro años de la guerra se había expuesto los rayos X sin protección. Un pequeño trastorno de la sangre y algunas quemaduras dolorosas en las manos no eran, al fin y al cabo, un castigo demasiado severo si se tenía en cuenta el número de riesgos que había corrido. En 1933 Marie cayó enferma. No le dio importancia a una ligera fiebre que finalmente comenzó a molestarla; pero en mayo de 1934, víctima de un ataque de gripe, se vio obligada a guardar cama. Ya no volvió a levantarse. Sus huesos habían estado expuestos a la radiación durante mucho, demasiado tiempo. Siguió en activo hasta 1934, pero el trabajo al que había dedicado su vida tuvo nefastas consecuencias. Los médicos le aconsejaron que se trasladara a los Alpes franceses para respirar aire puro. Febril y débil, Marie hizo su último viaje. En 4 de julio de 1934 moría en el sanatorio de Sancellemoz, a los 66 años de edad. Dos días más tarde, el viernes 6 de julio de 1934, a mediodía, sin discursos ni desfiles, sin que estuviera presente ni un político, ni un solo funcionario público, Madame Curie fue enterrada en el cementerio de Sceaux, en una tumba inmediata a la de Pierre Curie. Sólo los parientes, los amigos y los colaboradores de su obra científica, que le profesaban entrañable afecto, asistieron al sepelio. Su hermana Bronia y su hermano Józef echaron un puñado de tierra polaca sobre su tumba. El 20 de abril de 1995 los restos de Pierre y Marie Curie fueron trasladados desde Sceaux hasta el Panteón de París. Hubo una gran celebración, con desfile, bandas y discursos de los presidentes de Francia y Polonia. Estoy seguro que de estar viva y tener delante a alguno de los dos mandatarios le hubiera soltado algún revés que otro. Como el que recibió en su momento el jefe de estado polaco, Stanislaw Wojciechowski, quien se sorprendió de lo bien que Marie hablaba su idioma natal después del largo exilio. Le preguntó a Marie: - ¿Se acuerda de la almohada de viaje que me prestó, hace 33 años, cuando regresé a Polonia para una misión política secreta? - ¡Claro que me acuerdo!… ¡y me acuerdo que se olvidó de devolvérmela! El año 1933 estuvo en Madrid para presidir un debate sobre “El porvenir de la cultura” donde participaron escritores y artistas de todas los países. ¿Cómo la recibimos? Pues como solemos tratar a las grandes personalidades: los miembros del Congreso lanzaron gritos de alarma denunciando los peligros de la especialización y acusaban a la ciencia de ser, en parte, responsable de la “crisis de cultura” que sufre el mundo. Si es que somos unos campeones. Una vez más, “Spain is different”. Einstein dijo de ella: Cuando una personalidad tan destacada como la señora Curie llega al fin de sus días, no debemos darnos por satisfechos solo con recordar lo que ha dado a la humanidad con los frutos de su trabajo. Las cualidades morales de una personalidad tan destacada como la suya quizá tengan un significado aún mayor para nuestra generación y para el curso de la historia que los triunfos puramente intelectuales. Hasta estos últimos dependen, en un grado mucho mayor de lo que suele creerse, de la talla del personaje. Fue una gran suerte para mí poder relacionarme con la señora Curie durante veinte años de sublime y perenne amistad. Su grandeza humana me admiró cada vez más. Su fuerza, la pureza de su voluntad, su austeridad para consigo misma, su objetividad, su juicio incorruptible… todas esas cualidades eran de un carácter tal que pocas veces se hallan en un mismo individuo. (…) Si la fuerza de carácter y la devoción de la señora Curie estuviesen vivas en los intelectuales europeos, aunque sólo fuese en una pequeña proporción, Europa tendría ante sí un futuro brillante. Tuvo presente la ciencia hasta el final de sus días. Cuando estaba próxima a su final pudo ver cómo su hija había producido un resultado importante. Frédéric Joliot (el marido de Irène y otro apasionante personaje) nos contaba: Marie Curie seguía el progreso de nuestras investigaciones y nunca olvidaré la expresión de pura alegría que se produjo en ella cuando Irène y yo le enseñamos el pequeño tubo de cristal que contenía el primer radioelemento artificial. Pudo verla todavía sosteniendo en su mano, quemada por el radio, aquel tubo con un radioelemento aún activo. Quería comprobar lo que le estábamos diciendo y fue al contador Geiger-Müller, en donde escuchó los clics del contador de radiación. En palabras de la Propia Marie Curie: Soy de los que piensan que la ciencia tiene una gran belleza. Un sabio en su laboratorio no es sólo un teórico. También es un niño colocado ante los fenómenos naturales que le impresionan como un cuento de hadas. No pensemos que todo progreso científico se limita a mecanismos, máquinas y engranajes (…) Si veo a mi alrededor algo vital es precisamente este espíritu de aventura emparentado con la curiosidad. Fuentes: “Marie Curie”, Robert Reid “La vida heroica de Marie Curie”, Eve Curie “Momentos estelares de la ciencia”, Isaac Asimov “Las damas de laboratorio”, María José Casado Ruiz “Marie Curie”, Philip Steele “Marie Curie y su tiempo”, José Manuel Sánchez Ron http://ichasagua.dfis.ull.es/cientificos/mariecurie.html Mis otros posts: TONYJAGGER63 SUS COMENTARIOS SON BIENVENIDOS.
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