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En una de sus acepciones, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el mito como "persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carece". Los argentinos suelen hacer esas atribuciones ficticias a cosas que no tienen la significación o las cualidades que se les endilgan.
Un caso reciente ha sido un artículo aparecido en el diario "La Nación" acerca del presunto carácter de "invención porteña" del quiosco (ver la nota de Jorge Nevia en LN del 26/12/08). Como en otros casos más notorios, el asunto es producto de la afiebrada costumbre argentina de atribuirles un carácter u origen nacional a algunas cosas que no se corresponde con la realidad. No sólo porque el quiosco existía mucho antes en Europa (caso Berlín o París de principios del siglo pasado) sino porque parece pueril el afán de figurar como inventores de una originalidad, en particular cuando no se ajusta a la verdad histórica.
Los ejemplos se multiplican y sirven para demostrar una especie de afán por haber sido supuestamente primeros en haber ideado, creado o usado tal o cual cosa, como solían afirmar otros pueblos (v.g. los rusos del período soviético). Cada vez que visito la Argentina mis compatriotas suelen sorprenderme con afirmaciones tan ingenuas como haber "inventado" el colectivo (transporte que ya existía mucho antes que en la Argentina de los años 30 en Berlín y otras ciudades europeas), el dulce de leche (que ya se conocía en el siglo XVI en la antigua colonia española que hoy es Colombia, para no hablar de Chile, Perú y otros países latinoamericanos) y hasta el fútbol "soccer", que los bien informados saben que se originó en Inglaterra, no en los suburbios de Buenos Aires o Rosario.
Otro tanto ocurre con atribuirse la prioridad en las transmisiones radiales que derivaron en la radio comercial de hoy (que en rigor surgieron en los Estados Unidos de los años 1920) y hasta del asado criollo o de su infaltable ingrediente, el chimichurri.
En el fondo, tales fantasías no hacen más que reflejar una necesidad psicológica de haberse destacado en algo, para compensar una notoria ausencia de auténticas creaciones vernáculas. Además de manifestar, claro está, la inseguridad colectiva de un pueblo que no ha logrado destacarse en ciertos aspectos de la creación, fuera de las letras y algunas otras artes.
Es cierto que el fenómeno es común a muchas culturas. Por ejemplo, los finlandeses se adjudican el origen del tango, que es indudablemente rioplatense, y los estadounidenses se jactan de haber inventado la aviación (para irritación de brasileños bien informados) o los franceses el cine. Pero ello no quita que tanta competencia por ser (o haber sido) "los primeros" en esto o aquello no es más que una muestra de infantilismo y de la poca confianza en sí mismos que revela el fenómeno.
Curiosa costumbre ésta que, al final de cuentas, tiene poca importancia. Generalmente puede decirse que esas autoatribuciones teñidas de nacionalismo aportan poco o nada al destino de la humanidad. El mundo no cambia mucho y sigue girando más allá de los falsos mitos con que se alimentan ciertos habitantes de este planeta.
RODOLFO A. WINDHAUSEN