InicioInfoLa Doctrina del Shock

Lo que leerán a continuación es un fragmento de un capítulo del impresionante libro La Doctrina del Shock, de Naomi Klein, en el cual la autora deja bien explícito el modus operandi de los Chicago Boys que ahora volvieron a aparecer en un intento desesperado por relegitimarse ante la opinión pública.

Transmision de deudas “odiosas”


El de argentina fue un caso paradigmático. En 1983, tras el desmoronamiento de la Junta Militar a raíz de la guerra de las Malvinas, los argentinos eligieron a Raúl Alfonsín como nuevo presidente. Pero todo estaba preparado para que el recién liberado país sufriera un estallido de grandes proporciones: el de la llamada bomba de la deuda. Como parte de lo que la Junta saliente había denominado una “transición digna” a la democracia, Washington insistió en que el nuevo gobierno accediese a hacerse cargo de las deudas amasadas por los generales. Durante el gobierno de la Junta, la deuda externa de Argentina se había disparado de los 7.900 millones de dólares del año previo al golpe de Estado a los 45000 millones del momento de traspaso de poderes al nuevo gobierno democrático (los acreedores principales eran el Fondo Monetario Internacional, El Banco Mundial, el Export - Import Bank de Estados Unidos y diversos bancos privados con sede en suelo norteamericano).

Ese mismo panorama fue el que, con escasas variaciones, se fue repitiendo por toda la región. En Uruguay, la Junta Militar convirtió la deuda de 500 millones de dólares que encontró cuando tomó el poder en otra de 5.000 millones ,una carga exorbitante para un país de sólo 3 millones de habitantes. En Brasil, el caso más espectacular, los generales que habían usurpado el gobierno en 1964 con la promesa de establecer el orden financiero y económico en el país, consiguieron transformar una deuda de 3000 millones de dólares en otra de 103.000 millones acumulados hasta 1985.

Ya por entonces, en el momento mismo de las transiciones a la de la democracia, se argumentó convincentemente –tanto desde el punto de vista moral como legal- que aquellas deudas eran “odiosas”, ya que las poblaciones de esos países, recién liberados, no tenían por qué estar obligadas a pagar las facturas que habían dejado sus opresores y torturadores.

La doctrina de las deudas odiosas parecía tener especial fuerza en el Cono Sur, ya que gran parte de los créditos contraídos por esos países en el extranjero habían ido a parar directamente a sus ejércitos y a sus policías durante los años de las respectivas dictaduras, y habían servido para financiar armas, tanquetas antidisturbios y campos de tortura dotados del instrumental más avanzado. En Chile, por ejemplo, los préstamos costearon la triplicación del gasto militar, que sirvió para que las fuerzas armadas chilenas pasaran de 47.000 soldados en 1973 a 85000 en 1980.En Argentina, el Banco Mundial calculó que unos 10.000 millones de dólares del dinero que los generales pidieron prestado fueron para adquisiciones diversas de carácter militar.

Buena parte de lo que no se gastó en armamento desapareció sin más. En los gobiernos de las juntas militares imperaba la cultura de la corrupción (una pequeña muestra del degradado futuro que cabía esperar cuando esas mismas políticas económicas irresponsables se extendieran en Rusia, China y la “zona de fraude libre” según expresión de un asesor estadounidense desencantando- del Irak ocupado).

Según un informe del Senado estadounidense de 2005, Pinochet mantenía una compleja red de, al menos, 125 cuentas bancarias secretas en el extranjero a nombre de varios familiares suyos y de varios titulares falsos con nombres formados a partir de variaciones del suyo propio. Las cuentas las más famosas de las cuales estaban en el Riggs Bank, de Washington, D.C ocultaban una cantidad de dinero cifrado en unos 27 millones de dólares.

En Argentina, se ha acusado a la Junta de ser aún más codiciosa. En 1984, José Martínez de Hoz, arquitecto del programa económico de la dictadura, fue arrestado bajo la acusación de fraude por una cuantiosísima subvención estatal concedida a una de las empresas de las que era presidente (aunque el caso sería sobreseído con posterioridad).

El Banco Mundial, por su parte, investigó lo que había sucedido con 35.000 millones de dólares que la Junta había pedido prestados en el extranjero y descubrió que 19.000 millones (un 54% del total) habían sido transferidos fuera de las fronteras argentinas. Las autoridades suizas han confirmado que gran parte de ese dinero fue a parar a cuentas numeradas. La Reserva Federal estadounidense señaló que, sólo en 1980, la deuda de Argentina se amplió en 9000 millones de dólares; ese mismo año, la cantidad de dinero en depósitos en el extranjero de ciudadanos argentinos se incrementó en 6.700 millones de dólares. Larry Sjaastad, un afamado profesor de la Universidad de Chicago que dio clase a muchos Chicago Boys de Argentina, ha descrito esos miles de millones de dólares perdidos (robados ante las mismísimas narices de sus alumnos) como “el mayor fraude del siglo XX”.

Los desfalcadores de la Junta llegaron incluso a reclutar los “servicios” de sus víctimas para esos delitos. En el centro de tortura de la ESMA en Buenos Aires, los prisioneros con buen dominio de idiomas a con titulación universitaria eran habitualmente sacados de sus celdas para que realizaran tareas administrativas para sus captores. Una superviviente, Graciela Daleo, recibió la orden de escribir a máquina un documento en el que se asesoraba a las autoriadades y altos funcionarios del país sobre posibles paraísos fiscales en el extranjero para el dinero que estaban defraudando.

La deuda nacional restante había sido gastada, sobre todo, en el pago de los intereses y en turbias operaciones de reflote de algunas empresas privadas. En 1982, poco antes de la caída de la dictadura argentina, la Junta le hizo un último favor al sector empresarial. Domingo Cavallo, presidente del banco central de Argentina, anunció que el Estado asumiría las deudas de grandes empresas multinacionales y nacionales que de modo análogo a o que les había sucedido a los “pirañas” chilenos es su momento se hallaban al borde de la quiebra por la enorme cuantía de los préstamos que habían suscrito. Para las campañas afectadas, aquel ventajoso acuerdo significó continuar siendo dueñas de sus activos y sus beneficios, mientras el erario público se hacía cargo de entre 15.000 y 20.000 millones de dólares en deudas contraídas por aquéllas. Entre las empresas que recibieron tan generoso trato se encontraban Ford Motor Argentina, Chase Manhattan, Citibank, IBM y Mercedes-Benz.

Los partidarios del impago de esas deudas ilegítimamente acumuladas sostenían que los prestadores sabían o deberían haber sabido que el dinero se estaba gastando en represión y corrupción.(...)





El Shock de la deuda


Por sí solas, las deudas ya habrían supuesto un enorme peso las nuevas democracias, pero la carga se iba a hacer aún mucho onerosa. Un nuevo tipo de shock apareció en las noticias de entonces: el llamado shock Volcker. Los economistas emplearon ese término para describir el impacto de la decisión tomada por el presidente Reserva Federal, Paul Volcker, de incrementar sustancialmente tipos de interés en Estados Unidos, donde llegaron a alcanzar una cota máxima del 21 % en 1981 y se mantuvieron en niveles parecidos hasta mediados de la década de 1980. El aumento espectacular de los tipos de interés provocó una oleada de quiebras en el propio Estados Unidos, donde, en 1983, el número de personas con impagos hipotecarios se triplicó con respecto al año anterior.

Pero donde más se dejaron sentir las penosas consecuencias de aquella subida fue fuera de Estados Unidos. En los países en desarrollo que soportaban pesadas cargas en forma de deuda acumulada, el shock Volcker -conocido también como «shock de la deuda» o «crisis deuda»- fue como una gigantesca descarga de electroshock disparada desde Washington que convulsionó el mundo en vías de desarrollo. El aumento de los tipos implicaba una subida del importe de los intereses de la deuda externa y, a menudo, la única forma de hacer frente a la mayor cuantía de los pagos era contratando nuevos préstamos. Así nació la espiral de la deuda. En Argentina, la enorme deuda traspasada por la Junta Militar (de 45.000 millones de dólares) creció con rapidez alcanzar los 65.000 millones en 1989, y la misma situación se reprodujo en países pobres de todo el mundo. La deuda brasileña explotó justo después del shock Volcker y se duplicó en seis años (pasando 50,000 a 100.000 millones de dólares). Numerosos países africanos que habían pedido préstamos cuantiosos en los años setenta se encontraron en similares aprietos: la deuda de Nigeria pasó, en ese mismo breve período de tiempo, de 9.000 a 29.000 millones de dólares.

Y ésas no fueron las únicas conmociones económicas que recorrieron el mundo en desarrollo durante la década de 1980. Se habla de la existencia de un "shock de precios" cada vez que el precio de un producto de exportación, como el café o el estaño, experimenta una caida de un 10% o más. Según el FMI, en los paises en vías de desarrollo se experimentaron 25 shocks de esa clase entre 1981 y 1983; entre 1984 y 1987, en el momento álgido de la crisis de la deuda, fueron 140 los shocks de precios registrados en paises en desarrollo, los cuales contribuyeron a hundir a éstos aún más en el pozo de la deuda. Uno de esos shocks afectó a Bolivia en 1986, justo un año después de que el país hubiese tragado la amarga medicina de Jeffrey Sachs y se hubiese sometido a su particular remodelación capitalista. El precio del estaño, la principal exportación de Bolivia junto a la coca, cayó un 55%, lo que devastó la economía del país sin que éste hubiese tenido culpa alguna de ello. (Esa dependencia de las exportaciones de materias primas había sido, precisamente, lo que la economía desarrollista había tratado de superar durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX, una idea que sería luego tachada de "confusa" por el establishment económico del Norte).

Fue en ese punto donde la teoría de la crisis de Friedman empezó a reforzarse a sí misma. Cuanto más seguía sus recetas la economía global (tipos de interés flotantes, precios desregulados y economías orientadas a la exportación), más proclive a las crisis se volvía el sistema, lo que provocaba cada vez más debacles como las que propician las circunstancias en las que, según el propio Friedman, más dispuestos están los gobiernos a seguir al pie de la letra sus radicales consejos.

Así es como se incorpora la crisis al modelo de la Escuela de Chicago . Cuando el dinero puede viajar de un lado a otro del planeta a gran velocidad y sin límite de cantidad, y cuando los especuladores pueden apostar por el precio de cualquier cosa, desde cacao hasta divisias, el resultado es una ingente volatilidad. Y como las políticas favorecedoras del libre comercio incitan a los paises pobres a seguir dependiendo de la exportación de recursos y materias primas, como el café, el cobre, el petróleo o el trigo, estas naciones son especialmente susceptibles de quedar atrapadas en un círculo vicioso de crisis continuas. Un descenso repentino del precio del café hace que economías enteras sufran una depresión que se ve luego agravada por los comerciantes de divisas que, a la vista del empeoramiento de la situación financiera de un país, reaccionan apostando contra su moneda, lo que hace que se desplome su valor. Si añadimos la subida de tipos de interés y la consiguiente escalada inmediata de las deudas nacionales, nos hallamos ante un escenario de caos económico potencial.
(...)
La experiencia argentina de complicación de la crisis de deuda por culpa de esos otros shocks fue, desgraciadamente, característica de un fenómeno habitual en otros muchos paises. Raul Alfonsín accedió a la presidencia en 1983, en plena incidencia del shock Volcker, lo que hizo que el nuevo gobierno actuara como un gabinete de crisis desde el primer día. En 1985, la inflación era tan grave que Alfonsín se vio obligado a anunciar la instauración de una nueva moneda, el Austral, jugándoselo todo a que ese nuevo comienzo desde cero le permitiría recobrar el control de la situación. En cuatro años, los precios se incrementaron hasta tales niveles que estallaron disturbios y saqueos generalizados de los establecimientos de alimentación; había restaurantes en el país que usaban la nueva moneda para empapelar las paredes porque resultaba más barata que el papel pintado. En junio de 1989, con una inflación disparada (sólo ese mes había aumentado un 203%) y cinco meses antes de la fecha prevista de finalización de su mandato, Alfonsín se rindió: dimitió y convocó a elecciones anticipadas.

Alfonsín tenía otras opciones a su disposición. Podía haber declarado el impago de las enormes deudas del Estado argentino. Podía haberse unido a otros gobiernos de paises vecinos que estaban atravesando la misma crisis y haber formado un cártel de deudores. Estos Estados podrían haber creado un mercado común basado en principios desarrollistas, un proceso que ya se había iniciado antes de que la región fuese desgarrada por un conjunto de sádicos regímenes militares. Pero parte de la especial dificultad de aquel momento estribaba en el legado de terrorismo de Estado heredado por las nuevas democracias. Durante las décadas de 1980 y 1990, muchos paises en vías de desarrollo se hallaban atrapados dentro de una especie de resaca del terror: sobre el papel, eran libres, pero seguían imperando la cautela y el temor. Tras haber escapado a la oscuridad de la dictadura, pocos políticos electos estaban dispuestos a arriesgarse a padecer una nueva ronda de golpes de Estado respaldados por Estados Unidos por el simple hecho de promover el tipo de políticas que habían motivado los golpes militares de la década de los setenta (sobre todo, cuando la gran mayoría de los oficiales que los habían organizado ni siquiera estaban en prisión, gracias a la inmunidad que habían negociado como condición previa a la transición democrática, y vigilaban la situación desde sus cuarteles).

Comprensiblemente reacias a entablar una guerra con las instituciones de Washington propietarias de sus deudas, las nuevas democracias, acuciadas por la crisis, no tenían apenas otra opción que seguir las normas fijadas desde la capital estadounidense. Y, precisamente entonces, a principios de la década de 1980, las reglas de Washington se volvieron mucho más estrictas debido a que el shock de la deuda coincidió (y no por casualidad) con una nueva era en las relaciones Norte-Sur que iba a convertir las dictaduras militares en instrumentos prácticamente innecesarios. Aquél fue el amanecer de la era del "ajuste estructural", también conocida como de la dictadura de la deuda.

Por principio, Milton Friedman no creía en el FMI ni en el Banco Mundial: constituían ejemplos clásicos de interferencia de los grandes aparatos gubernamentales en las delicadas señales del libre mercado. Por eso no dejaba de ser irónico que existiera una especie de correa de transmisión virtual por la que las descomunales oficinas centrales que las dos instituciones tienen en la Calle 19 de Washington se abastecían contínuamente de los de Chicago, que acababan ocupando muchos de los puestos de responsabilidad.

Arnold Harberger, que dirigió el programa de máster en estudios sobre América Latina de la Universidad de Chicago, alardea a menudo del gran número de titulados suyos que han conseguido establecerse en puestos de poder en el Banco Mundial y el FMI.

"Hubo un momento en que cuatro de los economistas principales de las diversas áreas regionales del Banco Mundial habían sido alumnos míos en Chicago. Uno de ellos, Marcelo Selowsky, acabaría convirtiéndose en el economista principal de la recién creada área para el antiguo imperio soviético, que es el cargo más importante de ese tipo en todo el banco. ¿Y sabe qué? Quien lo sustituyó fue otro ex alumno mío, Sebastián Edwards. Así que es muy agradable ver cómo progresan todas esas personas y estoy orgulloso de haber contriubuido a su desarrollo como economistas".

Otra de las estrellas era Claudio Loser, un argentino que se doctoró por la Universidad de Chicago en 1971 y que se convertiría posteriormente en director del Departamento para el Hemisferio Occidental del FMI, el más alto cargo en la jerarquía del Fondo para temas relacionados con América Latina. Los de Chicago también ocuparon otros altos puestos del FMI, como el vicedirector gerente (el segundo cargo ejecutivo más importante de las institución), el de economista principal del Fondo, el de director del Departamento de Investigación y el de economista senior del departamento para Africa.

Puede que Friedman tuviera motivos filosóficos para oponerse a aquellas instituciones, pero lo cierto es que, en la práctica, no había organizaciones mejor posicionadas para poner en marcha su teoría de la crisis. Los paises que se vieron abocados a una espiral de crisis en los años ochenta no tenían otro sitio al que recurrir más que al Banco Mundial y el FMI. Y cuando recurrieron a dichas organizaciones, toparon con un muro de Chicago Boys ortodoxos y adiestrados para no ver sus catastróficas situaciones económicas como problemas que solucionar, sino como oportunidades valiosísimas para ejercer su influencia liberalizadora y asegurar una nueva frontera para le libre mercado. El oportunismo de las crisis había pasado a ser la lógica orientadora de las instituciones financieras más poderosas del mundo. Pero aquella era, al mismo tiempo, una traición fundamental a sus principios fundacionales.
(...)
La colonización del BM y del FMI a cargo de la Escuela de Chicago fue un proceso eminentemente tácito hasta que, en 1989, John Williamson lo oficializó al revelar el que él mismo denominó "Consenso de Washington" . Se trataba de un listado de políticas económicas que, según dijo, ambas instituciones consideraban en aquel momento el mínimo exigible para una buena salud económica: "el núcleo común de ideas compartidas por todos los economistas serios". Aquellas políticas, camufladas bajo el manto de lo técnico e incontrovertible, incluian pretensiones y exigencias tan descarnadamente ideológicas como la "privatización de las empresas estatales" y la "abolición de las barreras que impiden la entrada de empresas extranjeras". El listado completo equivalía punto por punto al triunvirato neoliberal de privatización, desregulación/libre comerció, y recortes drásticos del gasto público preconizado por Friedman. Esas eran las políticas, según Williamson, "que los poderes fácticos de Washington estaban fomentando insistentemente en América Latina". Joseph Stiglitz, antiguo economista principal del Banco Mundial y uno de los últimos baluartes frente a la nueva ortodoxia, ha escrito que "Keynes se revolvería en su tumba si viera lo que ha sido su criatura".

Las autoridades del Banco Mundial y del FMI siempre habían formulado recomendaciones políticas como condición para la concesión de sus préstamos, pero, a principios de la década del 80, envalentonadas por la desesperación de los países en desarrollo, sus recomendaciones se trocaron en exigencias liberalizadoras radicales. Cuando los paises golpeados por la crisis acudieron al FMI en búsca de préstamos de emergencia y de alivio para sus deudas, el Fondo respondió con programas generalizados de terapia de shock, equivalentes en su alcance al "ladrillo" que la Escuela de Chicago elaboró en su momento para Pinochet y al decreto de 220 leyes cocinado en el salón de la residencia de Goni, en Bolivia.

El FMI lanzó su primer programa completo de "ajuste estructural" en 1983. Durante las dos décadas siguientes, todo país que ha acudido al Fondo en busca de un préstamo importante ha sido informado de la necesidad de que modernizara su economía de arriba abajo como condición para la concesión de la ayuda.

David Budhoo, un economista senior del FMI que diseñó programas de ajuste estructural para países latinoamericanos y africanos durante la década de los 80's, admitiría más tarde que "todo lo que hicimos a partir de 1983 se fundamentó en la nueva misión que nos guiaba: el Sur se 'privatizaría' o moriría. A tal efecto creamos el caos económico que se vivió en América Latina y África entre 1983 y 1988".




Pese a esa nueva misión radical (y sumamente lucrativa), el FMI y el BM siempre afirmaron que todo lo que hacían era en aras de la estabilización. El mandato oficial del Fondo seguía siendo la prevención de las crisis (no la ingeniería social ni la transformación ideológica), por lo que había que mantener la estabilización como justificación pública de sus actividades. Pero la realidad fue que, en un país tras otro, la crisis internacional de la deuda fue metódicamente utilizada como trampolín para promover el programa de la Escuela de Chicago, basado en la aplicación despiadada de la doctrina friedmanita del shock.

Los economistas del Banco Mundial y del FMI ya lo admitían por aquel entonces, aunque su reconocimiento de los hechos venía generalemente revestido del habitual vocabulario económico en código y estaba restringido a las publicaciones y los foros especializados de sus colegas "tecnócratas". Dani Rodrik, un renombrado economista de Harvard que colaboró profusamente con el Banco Mundial, describió el concepto mismo de "ajuste estructural" como una ingeniosa estrategia de marketing.

"Hay que reconocerle al Banco Mundial -escribió Rodrik en 1998- que su invención y su comercialización del concepto de "ajuste estructural" ha sido todo un éxito. Ese concepto incluye en un mismo paquete reformas tanto microeconómicas como macroeconómicas. El ajuste estructural fue vendido como el proceso por el que aquellos paises tenían que pasar para salvar sus economías de la crisis. Para los gobiernos que "compraban" el paquete quedaba difuminada la distinción entre políticas macroeconómicas responsables (aquellas que ayudan a mantener un balance exterior equilibrado y unos precios estables) y políticas de apertura comercial [como las que fomentan el libre comercio]".

El principio era muy simple: los paises en crisis necesitan desesperadamente ayuda para estabilizar sus monedas. Cuando las políticas de privatización y de libre comercio se incluyen en el mismo paquete que las medidas de rescate financiero, los paises no tienen más remedio que aceptar el lote completo. Lo realmente astuto era que los propios economistas sabían que el libre comercio no tenía nada que ver con el fin de la crisis, pero "difuminaban" expertamente esa información. El comentario de Rodrik pretendía ser un cumplido: ese empaquetado no sólo sirviói para que los países pobres aceptaran las políticas que Washington había seleccionado para ellos, sino que esa aceptación fue lo único que funcionó, y el propio Rodrik aportó las cifras para respaldar esta apreciación. Él había estudiado todos los paises que adoptaron políticas radicales de libre comercio en los años ochenta y no había hallado "ningún caso significativo de reforma comercial en un país en vías de desarrollo durante los años ochenta que se hubiera producido fuera del contexto de una crisis económica grave".

Aquella admisión causó auténtica sorpresa. En aquel momento histórico, el Banco y el Fondo insistían en que los gobiernos de todo el mundo habían "visto la luz" y habían caído en la cuenta de que las políticas del consenso de Washington eran la única fórmula de estabilidad posible y, por consiguiente, de democracia. Y, sin embargo, ahí estaba el reconocimiento expreso, hecho por alguien del propio establishment de Washington, de que los paises en desarrollo sólo se sometían a lo que se les decía porque se les inyectaba una mezcla de falsos pretextos y extorsión pura y dura. ¿Quiere salvar a su país? Véndalo. Rodrik llegaba incluso a admitir que la privatización y el libre comercio -dos piezas centrales del paquete de ajustes estructurales- no tenían relación directa alguna con la generación de estabilidad. Sostener lo contrario era, según el propio Rodrik, "un ejemplo de mala teorización económica".

Argentina -el "alumno modelo" del FMI durante ese período- nos proporciona nuevamente una perspectiva nítida de la mecánica del nuevo orden. Después de que el presidente Alfonsín se viese reforzado a dimitir por culpa de la crisis hiperinflacionaria, su cargo pasó a ser ocupado por Carlos Me*em, gobernador peronista de una pequeña provincia que vestía cazadoras de cuero, exhibía unas características patillas de boca de hacha y parecía ser lo suficientemente duro como para hacer frente tanto a la amenaza permanente del ejército como a los acreedores del país. Por fin, tras tantos intentos violentos de erradicar al partido peronista y del movimiento sindicalista, Argentina tiene un presidente que había defendido un programa favorable a los sindicatos durante la campaña electoral y había prometido resucitar las políticas económicas nacionalistas de Juan Perón. Aquél fue un momento que compartía muchas de las mismas connotaciones emotivas que la investidura de Paz en Bolivia.

Lo que entonces no se imaginaban los argentinos es hasta qué punto compartirían connotaciones esos dos momentos, pero no por lo que ellos pensaban y deseaban. Tras un año en el cargo, y bajo una intensa presión del FMI, Me*em emprendió también el desafiante camino de la "política del vudú". Pese a haber sido elegido como símbolo del partido que se había opuesto a la dictadura, Me*em nombró a Domingo Cavallo como su ministro de economía, con lo que permitió que regresara al poder el máximo responsable de que, en la etapa final de la junta militar, las grandes empresas hubieran ejugado sus deudas a costa del erario público (todo un regalo de despedida de la dictadura). Su nombramiento fue lo que los economistas llaman "una señal": un indicio inequívoco, en este caso, de que el nuevo gobierno recogería el testigo del experimento corporativista iniciado por la Junta y lo continuaría. La bolsa de Buenos Aires reaccionó con lo que equivalía a una sonora ovación: un repunte súbito de un 30% en el volumen de las contrataciones el mismo día que se anunció el nombre de Cavallo.



Cavallo pidió inmediatamente refuerzos ideológicos y llenó el gobierno y la cúpula de la administración pública del país de antiguos alumnos de Milton Friedman y Arnold Harberger. Casi todos los altos cargos económicos del país fueron ocupados por los de Chicago: el presidente del banco central sería Roque Fernández, que había trabajado tanto en el FMI como en el Banco Mundial; el vicepresidente de esa misma entidad sería Pedro Pou, que había trabajado tamibén para el gobierno de la dictadura; el principal asesor del banco central sería Pablo Guidotti, que vino directamente de su anterior trabajo en el FMI a las órdendes de otro ex profesor de la universidad de Chicago, Michael Mussa.

Argentina no era un caso único en ese sentido. En 1999, entre los ex alumnos internacionales de la Escuela de Chicago se contaban más de veinticinco ministros en activo y más de una docena de presidentes de Bancos Centrales (desde Israel hasta Costa Rica), un nivel de influencia extraordinario para un sólo departamento universitario. En Argentina, como en tantos otros paises, los de Chicago formaron una especie de pinza ideológica en torno al gobierno electo: una parte del grupo apretaba desde adentro y la otra ejercía su propia presión desde Washington. Así, por ejemplo, las delegaciones que el FMI enviaba a Buenos Aires solían estar encabezadas por Claudio Loser, el conocido Chicago Boy argentino, lo que significaba que, cuando se reunía con el Ministro de Economía y con las autoridades del Banco Central, los encuentros distaban mucho de ser momentos de negociación confrontada y consistían, más bien, en agradables discusiones entre amigos y antiguos compañeros de clase en Chicago que, además habían trabajado recientemente (o aún trabajaban) en la calle 19 de Washington. En Argentina se publicó un libro sobre los efectos de esta fraternidad económica global titulado muy acertadamente Buenos Muchachos, en referencia al clásico del cine de mafiosos Uno de los nuestros, de Martín Scorsese.

Los miembros de esta fraternidad coincidían de forma entusiasta en cuanto a lo que había que hacer con la economía de Argentina y en cómo sacarlo adelante. El Plan Cavallo, como se daría en conocer todo aquel compendio, se fundamentaba sobre el mismo astuto truco de empaquetado en lote que habían perfeccionado el BM y el FMI: aprovechar el caos y la desesperación de una crisis de hiperinflación para introducir la privatización como parte integral de la misión de rescate. Así que, para estabilizar el sistema monetario, Cavallo introdujo de inmediato recortes considerables del gasto público y recuperó el peso argentino como moneda nacional, pero vinculado al dólar estadounidense. En el plazo de un año, la inflación se había reducido hasta situarse en el 17.5% anual e, incluso, quedar prácticamente reducida a cero unos pocos años después. Esa parte del "paquete" solucionó la crisis monetaria desbocada, pero "difuminó" la otra mitad del programa.

Pese a su dedicado esfuerzo por complacer a los inversores extranjeros, la dictadura argentina había dejado amplios y apetecibles pedazos de la economía en manos estatales, desde sus aerolíneas de bandera hasta las impresionantes reservas petrolíferas de la patagonia. Para Cavallo y sus Chicago Boys, la revolución sólo se había completado a medias, por lo que estaban decididos a aprovechar la crisis económica para terminar su labor.

A principios de los años 90, el Estado argentino vendió la riqueza del país tan rápida y totalmente que la obra sobrepasó con mucho la realizada en Chile una década antes. En 1994 ya se había vendido el 90% de las empresas estatales a compañías privadas como Citibank, Bank Boston, las francesas Suez y Vivendi o las españolas Repsol y Telefónica. Antes de realizar aquellas ventas, Me*em y Cavallo habían prestado un valioso servicio a los nuevos dueños: habían despedido a unos 700,000 trabajadores (siempre según los propios cálculos de Cavallo, pues hay quien cifra los despidos en un número mucho mayor). Sólo en la petrolera nacional y durante la era Me*em, 27,000 empleados perdieron su empleo. Como admirador de Jeffrey Sachs que era, Cavallo llamó a su proceso "terapia de shock". Me*em tenía una expresión aún más brutal para referirse a él: en un país traumatizado todavía por el reciente historial de torturas masivas, lo denominó "cirugía mayor sin anestesia".

En plena transformación la revista Time dedicó una portada a Me*em en la que el rostro sonriente del presidente argentino aparecía en el centro de un girasol bajo el siguiente titular: "El milagro de Me*em". Y aquello era ciertamente un milagro: Me*em y Cavallo habían sacado adelante un doloroso programa de privatización radical sin que estallara una revuelta nacional. ¿Cómo lo habían conseguido?

Años después Cavallo lo explicó.

"La época de la hiperinflación fue terrible para la gente, especialmente para las personas con bajos ingresos y escasos ahorros, porque veían cómo, en apenas unas horas o unos pocos días, sus salarios quedaban reducidos a una velocidad de vértigo. Así que el pueblo le pedía al Gobierno que, por favor, hiciera algo. Y si el gobierno traia un buen plan de estabilización, era también el momento oportuno para acompañarlo de otras reformas [...] Las más importantes estaban relacionadas con la apertura de la economía y el proceso de desregulación y privatización. Pero el único modo de poner en práctica todas esas reformas en aquel momento era aprovechando la situación creada por la hiperinflación, porque la población estaba lista para aceptar cambios drásticos a fin de eliminar la hiperinflación y regresar a la normalidad".

A largo plazo, el programa integral de Cavallo resultó deastroso para Argentina. Su método de estabilización de la moneda -vinculando el peso al dólar estadounidense- la encareció tanto para los fabricantes de bienes de dentro del propio país que éstos no pudieron competir con las importaciones de bajo precio que inundaban Argentina. Se perdieron tantos empleos que más de la mitad de los habitantes del país acabaron relegados por debajo del umbral de pobreza. Aún así, a corto plazo, el plan funcionó de forma brillante: Cavallo y Me*em habían introducido subrepticiamente la privatización mientras el país estaba conmocionado por la hiperinflación. La crisis había cumplido con la misión que se le había asignado.

Lo que los dirigentes argentinos pusieron en práctica durante aquel período fue una técnica más psicológica que económica. Como Cavallo (todo un veterano de la época de la Junta Militar) sabía muy bien, en momentos de crisis, la población está dispuesta a entregar un poder inmenso a cualquiera que afirme disponer de cura mágina, tanto si la crisis es una fuerte depresión económica, como si es un atentado terrorista (véase, si no, el ejemplo de la actuación de la administración Bush años más tarde).

Y así fue como la cruzada iniciada por Friedman logró sobrevivir a las temidas transiciones a la democracia: no poruqe sus proponentes persuadieran a los electorados de lo prudente y acertado de su cosmovisión, sino moviéndose hábilmente de crisis en crisis, sacando experto partido de la desesperación propia de las emergencias económicas para imponer políticas que acabaron ateando de pies y manos a aquellas frágiles nuevas democracias. En cuanto se hubo perfeccionado la táctica, fue como si las oportunidades de aplicarla no hicieran más que multiplicarse. Al shock Volcker le siguió la conocida como "crisis del tequila" de 1994, la "plaga asiática" de 1997 y el "colapso ruso" de 1998, que precedió en apenas días a otro que se produjo en Brasil. Cuando estos shocks y crisis empezaban a perder su anterior fuerza, aparecían otros aún más catastróficos: tsunamis, huracanes, guerras y atentados terroristas. Estaba tomando forma el capitalismo de desastre.


MULTIMEDIA










Transcripción del Libro: La Doctrina del Shock de Naomi Klein . Gentilmente brindado por Diego F. de Mundo-Perverso





Se que quizás pida un imposible, pero sería bárbaro que pudieramos compartir este documento con "inteligencia colectiva".
Algo que, lamentablemente, anda escaseando..


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