InicioInfoHistoria de las Religiones: Israel
El nacimiento de una religión monoteista en Israel Israel emerge en el horizonte histórico sobre un fondo que apenas conocemos. Se autoproclama descendiente del patriarca Abraham, cuya tenaz memoria oral ha retenido el dato de que formaba parte de los grupos arameos o amorreos que se desplazaban, de acampada en acampada, al frente de sus rebaños de cabras, ovejas y camellos, por la llanura mesopotámica, de manera similar a los actuales beduinos seminómadas. Aquel confuso conglomerado humano se diferenciaba claramente de todos los pueblos de su entorno: los hebreos adoraban a un solo Dios y se consideraban el pueblo predilecto de este Dios, llamado Yahvé. Entendían sus relaciones con la divinidad en términos de alianza o pacto: el pueblo de Israel se compromete a adorar en exclusiva a Yahvé y, a cambio, éste se compromete a darles la posesión perpetua de un país fértil "que mana leche y miel": la tierra prometida. El título de propiedad del pueblo de Israel es, por lo tanto, de "derecho divino". Mientras cumplan su parte del pacto, ningún poder terreno está legitimado para despojarles de esta tierra. Sólo puede hacerlo Dios, como castigo por el incumplimiento de las cláusulas pactadas. Tal vez tras el obstinado aferramiento de la actual población hebrea a su tierra se perciba una pulsión ancestral inextinguible, que considera la posesión de Palestina como señal de que cuentan con la complacencia divina. Los primeros monoteístas Desde los tiempos en que Noé recibió el encargo de salvar a una pareja de cada especie del diluvio que Yahvé envió sobre la tierra como castigo por la impiedad de los hombres, hasta el momento en que Moisés liberó a los israelitas y los llevó a la tierra prometida, muchos personajes pueblan la historia religiosa de Israel. Algunos de ellos desempeñan cometidos determinantes en varios pasajes del Antiguo Testamento: es el caso de Abraham, Isaac, Terah, Onán o Sem. Las creencias hebreas evolucionan hasta llegar a la ley mosaica y, posteriormente, a la fundación, con David, de un verdadero Estado judío. Un Estado que, una vez destruido, dará lugar a la diáspora durante siglos. Como sabemos, el judaísmo fue la primera religión claramente monoteísta. El islamismo y el cristianismo también lo son, pero hay que tener en cuenta que gran parte de su doctrina procede de las Escrituras hebreas. Así, desde que los judíos formaron un pueblo y, tras dejar atrás unos comienzos de monolatría, centraron su fe en un único Dios. Ya en el Deuteronomio se habla de un Dios único y creador del universo, que ha de ser adorado. En muchos pasajes del Génesis también se nos da la idea de los judíos como pueblo elegido: en el capítulo 17, versículo 7 Yahvé habla: "Y estableceré mi pacto entre Mí y entre ti, y entre tu posteridad después de ti en la serie de sus generaciones con alianza sempiterna; para ser yo el Dios tuyo y de la posteridad tuya después de ti." Ya antes de que a Moisés le fueran entregadas las tablas de la ley, el pueblo judío tenía unas reglas de comportamiento ético. Creían que todos los seres humanos habían sido creados con la inclinación para hacer el bien (yetzer-a-tov) y la inclinación para hacer el mal (yetzer-a-ra), y los códigos morales están encaminados a conseguir que triunfe el primero sobre el segundo. El Génesis como aproximación religiosa Los acontecimientos que narra la Biblia y que preceden a Abraham (la creación, la torre de Babel, el diluvio) tienen un valor mítico e incluso fabuloso, pero no un peso específico en la religión judía. De hecho, los once primeros capítulos del Génesis fueron escritos bastante después que otros textos del Pentateuco. A partir de cierto momento, los hebreos parecen olvidar cuestiones cosmogónicas y mitos sobre los orígenes (por otra parte tan típicos de otras religiones surgidas en Mesopotamia) y se centran más en su relación con Dios, en este caso Yahvé. Por otra parte, la concepción del origen del universo que se ofrece en los primeros capítulos del Génesis es bastante distinta de la que nos da, por ejemplo, el Enuma elish mesopotámico. Yahvé (en algunas fuentes llamado Elohím) crea el mundo a partir de la palabra, por etapas, pero no hay en ese proceso ningún concepto antagónico. Es decir, no hay un caos o un agua primordial de la que Dios extraiga violentamente la tierra, como el caso de la mitología babilónica: no hay combate cosmogónico como el que se libra entre Marduk y Tiamat: Yahvé va creando todo sin más. Es cierto que se habla de un océano primordial (en hebreo Tehom), pero éste no está personificado (Tiamat, en la mitología mesopotámica) en una deidad que se oponga al creador. Héroes, patriarcas longevos, diluvios y torres malditas La parte de la Biblia que habla de los descendientes de Adán y Eva, hasta llegar a Noé, está llena de detalles fabulosos, fácilmente relacionables con mitologías como la griega. Set, Henoc y Matusalén son hombres que viven más de ochocientos años. Algunos de ellos, según ciertos pasajes, son fruto de relaciones de seres celestes (ángeles caídos) con mujeres terrenales: engendran una especie de héroes, de semidioses similares al griego Heracles. Esto se corresponde con la visión estrictamente monoteísta del judaísmo. Estas uniones entre ángeles caídos e hijas de mortales molestaron a Dios, por lo que decidió limitar la edad del hombre a ciento veinte años. Varios de los mitos previos a Abraham parecen tener referentes en leyendas de otras culturas. El diluvio bíblico, de cuya acción mortal sólo se salvaron Noé, su esposa y sus hijos (Sem, Cam y Jafet), tiene muchos puntos en común con el poema de creación babilónico Enuma elish. Y el episodio de la torre de Babel, en que la soberbia hace a los hombres tratar de alcanzar el cielo, es muy similar a mitos de culturas tan diversas como la babilónica o las creencias de las religiones no andinas de Sudamérica. En ellas se habla de héroes, personajes legendarios, reyes o chamanes que tratan de alcanzar el cielo con ayuda de un árbol, una cuerda o una lanza. Para los hebreos, la historia sagrada adquiere un claro valor ejemplarizante a partir de Abraham, pero la estructura y la función mitológica de los capítulos anteriores de la Biblia sientan también unas bases culturales y religiosas. Éstas serán completadas en la doctrina judía (y más tarde, en parte, la cristiana y la islámica) durante la época de los patriarcas: Abraham, su hijo Isaac, su nieto Jacob y José, que establecerán una tradición llamada por algunos autores "culto al Dios del padre". El paso definitivo hacia el monoteísmo El primer gran patriarca del judaísmo vivió hacia en año 1900 antes de nuestra era y, como sabemos, se llamaba Abraham; viajó con su familia, dejando la ciudad de Ur, en Mesopotamia, con la esperanza de encontrar una tierra fértil para los pastores que le seguían. Su viaje tuvo una importancia religiosa capital: dejando de lado los ídolos tan comunes en aquella época, estableció una alianza con Yahvé, que se mantendría en todos sus descendientes y culminaría siglos más tarde con la llegada a Canaán (la tierra prometida por Dios para premiar la fe de su pueblo) de Moisés y los israelitas. El corpus teórico del judaísmo lo aportará Moisés con el Pentateuco o Torá (los cinco primeros libros de la Biblia), pero el paso decisivo hacia el monoteísmo lo había dado Abraham. Todas estas tradiciones marcarán la diferenciación religioso-cultural del pueblo hebreo y serán continuadas durante siglos: pensemos que el judaísmo es una de las pocas religiones anteriores a Jesucristo que han mantenido su doctrina prácticamente inamovible a través del tiempo. El libro del Génesis El primer libro de la Biblia (el Génesis) habla de los orígenes. En primer lugar explica la "prehistoria" de la humanidad, aunque desde una óptica religiosa en la que prevalecen los relatos de sabor mitológico y las genealogías que de alguna manera sitúan el panorama "histórico" de los pueblos que progresivamente se separan entre sí y se alejan de Dios. La creación, el paraíso, el árbol de la vida y del conocimiento, el pecado como pretensión humana de igualar a Dios, la muerte de Abel a manos de su hermano, el diluvio y la torre de Babel desembocan en una larguísima tabla genealógica que, pretendiendo comprender a "todos los pueblos", en realidad incide particularmente en los pueblos semitas. La segunda parte -la más importante y extensa- relata el nacimiento del pueblo de Israel. Se trata de un relato que avanza por etapas sucesivas hasta llegar a su objetivo: Jacob con sus hijos entrando en Egipto, donde los descendientes se convertirán en un pueblo numeroso. El plan de Dios El Génesis habla de un Dios que crea a los hombres y que pacta después con ellos un reconocimiento como único Dios verdadero; para ello, se vale primero de Noé, y después de Abraham y de sus descendientes. Dios les guardará de los peligros y los conducirá a Egipto, desde donde se convertirán en un pueblo numeroso y cohesionado. El Génesis constituye un conjunto de narraciones sobre los patriarcas, a través de las cuales se percibe la intensificación de la proximidad entre Dios y el hombre. Prevalecen las tradiciones familiares, muchas de ellas centradas en lugares concretos, casi siempre santuarios locales. Estas narraciones pueden considerarse agrupadas alrededor de tres personajes principales distribuidos en tres bloques: Abraham e Isaac (capítulos 12 a 25), Isaac y Jacob (capítulos 25 a 36), y José y sus hermanos (capítulos 37-50). Abraham e Isaac El ciclo de Abraham e Isaac empieza con la invitación que Dios dirige a Abraham para que abandone su tierra y su familia y se encamine al país de Canaán, y termina con la muerte del patriarca. El punto capital de las narraciones lo constituyen los diversos episodios que aseguran a Abraham que gozará de una descendencia numerosa, que poseerá el país en el que vive como nómada y que él será para los pueblos una fuente de bendición. Estos anuncios se ven confirmados por unas promesas en forma de juramento o de pacto, cuyo signo entre los humanos será la circuncisión de Abraham y de todos sus descendientes. Todo ello mezclado con una crónica familiar constituida por tradiciones y leyendas que nos pintan un entorno indómito y unas costumbres de nómadas primitivos entre las que no faltan matanzas, raptos, sodomía, prostitución, incesto, engaños, trazas de sacrificios humanos y la permanente idolatría contra la que Moisés luchó denonadamente y que todavía denunciaban los profetas. Isaac y Jacob En el ciclo de Isaac y de Jacob, el primero no tiene un protagonismo propio excepto en los pasajes en los que Dios le renueva las promesas realizadas a Abraham y hace que sea respetado por sus vecinos. El protagonista real es Jacob, y aquí toman relieve dos hechos dramáticos: Jacob, futuro padre del pueblo de Israel, suplanta a su hermano Esaú; y, emigrado al país de los arameos y casado con dos hijas de su tío Labán, arameo, termina por emanciparse de éste. En ambos casos la protección divina salva al futuro pueblo de Israel: Esaú se separa definitivamente de su hermano y Labán regresa al país de los arameos después de haber fijado la frontera que protegerá a los descendientes de Jacob. El punto central de la narración es el retorno de Jacob sumamente rico y con un gran número de hijos. Su prosperidad y la protección divina se fundamentan en una visión en el santuario de Betel y en una extraña lucha nocturna de Jacob contra Dios mismo en el santuario de Penuel: allí recibe el nombre de Israel. Aquí de nuevo, raptos, venganzas e incestos se entretejen en la narración de las promesas divinas. José y sus hermanos La narración de José y sus hermanos incorpora elementos de orígenes diversos, pero aun así es una de las más extensas y unitarias de toda la Biblia. Jacob ("Israel" tiene en ella todavía un lugar destacado, pero el protagonismo de José y la intención final de la narración piden una lectura como si de un ciclo independiente se tratara. El argumento narrativo queda interrumpido solamente por la noticia sobre la descendencia de Judá y por el tono poético de las bendiciones de Jacob antes de su muerte. La intriga de la narración de José está muy bien articulada: Dios ha decidido encumbrar a José hasta la más alta cima del poder y se lo ha revelado en un doble sueño; los hermanos intentan impedirlo y nuevos tropiezos terminan por provocar la desgracia de José. Sin embargo, los mismos infortunios abren el camino para que se cumplan los designios de Dios. El propio José, al final de su historia, explica el sentido de la narración: su accidentada vida era por completo obra de Dios, quien se había propuesto salvar la vida del numeroso pueblo con el que había pactado la supervivencia y la protección. Abraham y la evolución hacia el monoteísmo La manifestación de Dios a través de la razón Abraham es el prototipo del hombre que confía en Dios y deposita en Él todas sus esperanzas, incluso en las situaciones más desesperadas. Venerado por igual por judíos, cristianos y musulmanes, su noble comportamiento le convierte en uno de los personajes más relevantes de la historia religiosa de la humanidad. Abraham es "el amigo de Dios". Según los datos proporcionados por la Biblia, Abraham era originario de Ur, en Caldea, antiquísima ciudad situada junto al Éufrates, en Mesopotamia. A juzgar por los nombres propios, las costumbres y la legislación matrimonial a que se atenía el patriarca, se movía en el espacio cultural y político imperante en Mesopotamia en torno a los siglos XX-XIX a.C. Su infancia y juventud transcurrieron en un ambiente politeísta. Su familia adoraba probablemente a la divinidad lunar Sin, que tenía un gran templo en Ur. En un momento de su vida, y como resultado de un proceso que la Biblia interpreta como revelación divina, abandona el politeísmo y empieza a rendir culto a un solo Dios. La revelación incluía la orden de abandonar la patria y la familia y emprender un género de vida absolutamente nuevo, de incesante peregrinación por los amplios espacios de Irak, Siria, Jordania y Palestina, con ocasionales -y peligrosos- desplazamientos a Egipto. En esta nueva vida de "arameo errante", Abraham es el hombre que "cree contra toda esperanza", que se somete inquebrantablemente a los mandatos divinos hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar al hijo en que parecía estar depositado el cumplimiento de las promesas de Dios. El paso racional hacia el monoteísmo ¿Cómo explicar, desde una perspectiva racional, las creencias monoteístas de este errante jeque nómada, en contacto con pueblos mesopotámicos, cananeos y egipcios de cultura netamente superior, pero invadida por un tupido y a veces inextricable universo politeísta? El Corán presenta al patriarca como un hombre reflexivo que, del carácter efímero y caduco de los seres o los fenómenos de la naturaleza que sus contemporáneos consideraban dioses, deduce que son simples criaturas y llega a la conclusión de que existe un único Creador eterno. Se habría dado, pues, en la historia del pensamiento humano, un proceso de ascensión de la mente a Dios, cuyos primeros peldaños serían la creencia en fuerzas o poderes invisibles ocultos tras las realidades visibles (totemismo, fetichismo, animismo). La psicología explica el origen de tales creencias ancestrales como una consecuencia lógica de la estructura propia del hombre, que es paradójicamente un ser finito dotado de necesidades infinitas, y que diviniza cualquier objeto que parezca ser capaz de satisfacerlas. En un segundo paso, la razón intenta introducir el orden en este caos multiforme de seres sobrenaturales, definir sus características específicas, delimitar sus ámbitos de competencias y fijar sus relaciones mutuas a través de parentescos y genealogías divinas (politeísmo). El tercer paso, definitivo, se da cuando las especulaciones de talante racionl llevan, a través del análisis lógico, a la conclusión de que en el origen de todas las cosas creadas y finitas debe haber necesariamente -si se quiere evitar el absurdo de una cadena de eslabones infinitos sin principio ni fin- un único primer principio increado e infinito, al que se aplica el nombre de Dios. Sería el Dios de la filosofía de Pascal. En la historia del pensamiento este estadio coincide en el tiempo con los grandes sistemas conceptuales de la filosofía griega, a partir del siglo IV a.C. aproximadamente. Este dato de la evolución de las ideas acentúa aún más la sorprendente fe monoteísta de Abraham, que habría alcanzado este nivel conceptual, y siguiendo el mismo razonamiento, casi con 1 500 años de antelación y en climas culturales absolutamente inhóspitos para este tipo de reflexiones. El paso a la fe monoteísta Para la religión judía y, como consecuencia de ella, para el cristianismo, la explicación es completamente distinta: Abraham alcanza el monoteísmo en virtud de una revelación expresa de Dios, recibida en un momento concreto y determinado de la historia del hombre. Este Dios único no es un ser abstracto, no es un concepto, no es una deducción lógica. Al contrario, es una persona viviente, que mantiene relaciones vitales con todos y cada uno de los seres humanos que pueblan la tierra en todas las partes y a través de todos los tiempos. El monoteísmo no es un producto de la razón que deduce efectos de las causas. Es un don de la fe, recibido a través de una comunicación íntima y personal de Dios. En cualquier caso, debe señalarse que en las tres grandes religiones monoteístas de la historia, ha habido siempre filósofos de una capacidad intelectual reconocida unánimemente (como Averroes, Maimónides y Tomás de Aquino) y que han desarrollado magníficos esquemas conceptuales, con el propósito de tender puentes de unión y armonización entre la creencia en el Dios único y las conquistas de la razón. Las genealogías hebreas La herencia de la promesa Las listas genealógicas bíblicas no son, ni pretenden ser, rigurosos documentos históricos, a modo de registros notariales. Se trata más bien de recursos literarios que se proponen aglutinar en torno a determinados personajes y sus descendientes elementos dispersos de las tradiciones del pasado, o explicar las relaciones y afinidades no sólo de sangre, sino también laborales, comerciales, artesanales, lingüísticas, etc., entre los grupos humanos del entorno étnico, cultural y político de la Biblia. Así, por ejemplo, de Yúbal se dice que es "el padre de todos los flautistas y arpistas"; de Túbal Caín que lo es de "cuantos trabajan el hierro y el cobre", y de Yabal, "de todos los ganaderos". En el caso concreto de los levitas, sus genealogías, cuidadosamente anotadas, sirven para testificar que ejercen legítimamente las funciones sacerdotales y los servicios del Templo. La secuencia genealógica del capítulo 16 del Libro primero de las Crónicas incluye, entre los descendientes de Leví, a los cantores del Templo para justificar su actividad en el santuario, aunque su origen más probable no es levítico, sino que se remonta a los grupos corales de músicos profesionales de los santuarios antiguos. La descendencia de Abraham Dijo Yahvé a Abraham: "Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre. Haré tu descendencia como el polvo de la tierra: tal que si alguien puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia" (Génesis, 13,14-17). Ser descendientes directos de Abraham era para los judíos de capital importancia, porque su inclusión en este árbol genealógico los convertía en herederos y dueños legítimos de la tierra prometida por Dios al patriarca. De ahí la proliferación de listas genealógicas en diversos pasajes bíblicos. Pero el texto bíblico da a entender que esta descendencia trascendía los aspectos meramente biológicos. En efecto, Abraham tuvo a su primer hijo, Ismael, a los 86 años de edad, y al segundo, Isaac, cuando era centenario y tanto él como su esposa, Sara, habían superado ampliamente la edad de la fertilidad natural. Se trataba, pues, de una paternidad que desbordaba las posibilidades de la realidad física y se inscribía en la esfera de lo sobrenatural. Tampoco la herencia de la tierra prometida se transmitía según las estrictas normas de la primogenitura. Ismael era el primer hijo de Abraham, pero la promesa pasó al segundo, Isaac. La razón aducida por el apóstol Pablo para justificar este traspaso de los derechos hereditarios de Ismael a Isaac (el primero era hijo de la esclava egipcia Agar y el segundo, de la esposa libre, Sara) es de índole teológica, pero carece de validez jurídica. En el derecho mesopotámico, por el que se regían las relaciones conyugales de Abraham y de sus descendientes inmediatos, la esposa estéril podía adoptar como hijos propios, a todos los efectos, a los tenidos por su marido -con su consentimiento- de una esclava. De hecho, en la historia de Jacob no se establece la más mínima diferencia entre los hijos de esposas libres (Lía y Raquel) y los nacidos de esclavas (Bilhá y Zilpá): todos ellos son, por igual, los fundadores de las doce tribus de Israel. Estos datos relativizan el valor sacro de la descendencia física y señalan que el elemento fundamental de pertenencia al pueblo elegido no es el aportado por "la carne y la sangre". No es el rito de la circuncisión, sino la participación en la fe la que convierte a los hombres en "hijos de Abraham y herederos de las promesas". Una de las antepasadas inmediatas del rey David, el auténtico fundador del Estado de Israel, no era hebrea, sino una mujer moabita que abrazó la fe judía. Es esta fe la que hace que Abraham sea el padre de todos los creyentes. Cuadro de las genealogías bíblicas Para los hebreos, la descendencia genealógica y la posesión de la tierra eran los dos factores esenciales de garantía de los pactos divinos. Moisés, el libertador El cohesionador del pueblo israelita En la historia de Israel Moisés es el caudillo que libera a su pueblo de la esclavitud de Egipto y le conduce, a través del desierto, a la libertad. Es también el gran legislador, cuyo Decálogo ha sido, durante milenios, uno de los pilares básicos de la ética de la cultura occidental. El segundo gran capítulo de la historia de Israel gira en torno a la figura de Moisés. A través de su persona y de su obra las tribus hebreas toman conciencia de su unidad como grupo diferenciado de todos los pueblos de su entorno. Moisés es un nombre netamente egipcio (como Tutmés o Ramsés). Una buena parte de su actividad discurrió en tierras egipcias, casi con entera seguridad en el decurso del siglo XIII a.C. Durante su juventud, las tribus hebreas asentadas en el país del Nilo atravesaban una época calamitosa. Puede asumirse con probabilidad que sus antepasados nómadas se habían instalado en Egipto en condiciones ventajosas, como integrantes de los contingentes de guerreros semitas hicsos que, apoyados en sus veloces carros, hasta entonces nunca utilizados como arma de guerra, se apoderaron de Egipto en los siglos XVII y XVI a.C. No es, por tanto, sorprendente que, en estas circunstancias, algunos hebreos llegaran a desempeñar altos cargos en las cortes faraónicas de las dinastías semitas XV y XVI (léase la bella historia de José en los capítulos 37-50 del libro del Génesis). Moisés, el libertador Cuando, a mediados del siglo XVI a.C., una insurrección de la población autóctona expulsó a los hicsos, la situación de los hebreos experimentó un dramático empeoramiento. Los grupos semitas fueron reducidos a la esclavitud y una draconiana legislación, que incluía la orden de matar a todos los varones hebreos recién nacidos, ponía en peligro de exterminio a corto plazo a toda la estirpe. Ése fue el instante preciso en que Moisés recibió la misión de salvar a su pueblo. Estaba magníficamente preparado para tan ardua empresa. En su persona confluían tres culturas: la hebrea, asimilada en el seno del hogar; la egipcia, adquirida en la corte del faraón, donde tal vez tuvo noticia de las enseñanzas monoteístas que un siglo antes había difundido el faraón Akenatón, y la nómada de la tribu madianita de los quenitas, con los que convivió largos años ejerciendo el oficio de pastor. Probablemente fue aquí donde, a través de su yerno, el sacerdote Jetró, llegó al conocimiento del nombre de Yahvé, que la Biblia describe bajo la forma de una teofanía, en el episodio de la zarza ardiendo (Éxodo, 3). A partir de entonces, Moisés y su pueblo no adoran, como habían hecho sus antepasados, a un ser divino genérico (elohim: Dios o Dioses). Yahvé es el nombre de un Dios específico, vivo y personal, del Dios de Israel. Tras varios enfrentamientos con las autoridades egipcias (las "plagas de Egipto" narradas en el libro del Éxodo, 5-12), Moisés consiguió liberar a los hebreos de su humillante esclavitud y conducirlos, a través del mar Rojo, hasta las puertas de la tierra prometida. Fueron para ello precisas largas jornadas por el desierto, en las que sin duda le sirvieron de gran ayuda los conocimientos adquiridos acerca de las rutas, los puntos de agua y los recursos de la estepa, durante sus años de formación como escriba especializado en los asuntos asiáticos. La marcha por el desierto La experiencia de aquellos "cuarenta años" de marcha por el desierto ha forjado uno de los rasgos esenciales de la autocomprensión de Israel. En la posterior interpretación profética, la estancia en el desierto fue la época dorada de la fidelidad del pueblo hebreo, cuando las tribus nómadas adoraban exclusivamente a Yahvé, en contraposición a la crasa idolatría surgida en la estela de la opulencia de la vida sedentaria. La austeridad del desierto es, por lo tanto, uno de los ideales de la espiritualidad judía. Fue así mismo el tiempo en que la presencia de Dios adquirió formas tangibles a través del arca de la alianza, depositada en una tienda situada en el centro del campamento. En ella habitaba Yahvé, sentado entre dos queburines, y desde ella hablaba con Moisés "como un hombre habla con su amigo". Esta presencia divina cobraba también forma palpable en la nube -interpretada como el carro en el que Dios se desplaza- que se ponía delante del pueblo y dirigía su marcha, y en la columna de fuego que alumbraba su camino cuando avanzaban de noche (Éxodo, 21-22). Moisés, el legislador El desierto fue, ante todo y sobre todo, el grandioso escenario en el que la Biblia presenta la promulgación del Decálogo en el monte Sinaí, en medio de un formidable despliegue de las fuerzas de la naturaleza (Éxodo, 19 y 20). Es muy probable que durante los años de aprendizaje en las escuelas egipcias el escriba Moisés tuviera conocimiento de las diversas legislaciones (Código de Hammurabi, leyes sumerias, asirias, hititas y, por supuesto, egipcias) por las que se regían las civilizaciones antiguas y que aprovechara algunos elementos para su Decálogo. La Ley mosaica (la Torah) tiene una función muy superior a la de mera fijación escrita de las normas que regulan la convivencia de un grupo humano. Esta Ley es la materialización concreta de las cláusulas que Israel debe cumplir para mantener en vigor su alianza con Yahvé. Su observancia es condición para la existencia misma del pueblo de Israel. De nada sirven los sacrificios si no se cumple la Ley. El culto y los sacrificios pueden cesar -y de hecho han cesado durante milenios. Pero la Ley permanece por siempre y su cumplimiento es exigible en todo tiempo y lugar. Para los cristianos, Jesús no vino a abolir la Ley, sino a darle su perfección y su sentido último y definitivo. El Éxodo Según los datos aportados por la Biblia, los israelitas que huyeron de Egipto bajo la dirección de Moisés vagaron durante cuarenta años, es decir, durante una generación, por el desierto, antes de asentarse en Palestina. De esta afirmación se desprende que la gran mayoría de los hombres adultos, entre ellos el propio Moisés, que salieron de Egipto murieron durante la travesía, sin poder poner pie en la anhelada tierra prometida. Sobre los desplazamientos concretos de aquellos contingentes humanos por los amplios espacios esteparios de la península del Sinaí existe muy escasa información documental histórica y geográfica. Muchos de los lugares mencionados en la Biblia son hoy de dudosa o imposible identificación. Es incluso probable que se hayan registrado varios éxodos o fugas de grupos de esclavos, prisioneros de guerra y desarraigados que escaparon, por diversas rutas y en diversas épocas, del dominio egipcio. En cualquier caso, el principal de todos ellos fue el dirigido por Moisés. Tal vez en torno a él haya acumulado la Biblia recuerdos antiquísimos de migraciones de otros grupos, lo que explicaría la complejidad del relato, las marchas y contramarchas a veces incomprensibles de la masa de fugitivos. Codornices Tal vez pueda localizarse a lo largo de este trayecto el episodio de las codornices que, según la Biblia, proporcionaron alimento a la masa de caminantes. Estas aves surcan, en efecto, en grandes bandadas, y volando a muy baja altura, las costas de estas regiones durante la época de las migraciones de primavera y otoño. Maná En cuanto al maná, que también fue una de las principales fuentes de alimentación del pueblo en su marcha por el desierto, se trata probablemente de las excrecencias de las hojas del tamarisco mannífero producidas por la picadura de la cochinilla. Al caer en tierra, adquieren un aspecto granuloso, a modo de escarcha, de color ambarino y sabor azucarado. Aguas amargas Respecto al agua amarga de Mará que Moisés transformó en agua dulce en "el desierto del Sur", son varias las posibles localizaciones. Nación y religión La significación de la marcha del pueblo de Israel por el desierto desborda ampliamente los detalles históricos y geográficos y se sitúa en su función de forja de la unidad nacional enucleada en torno a la religión monoteísta yahvista. Fue durante aquel período de peregrinación, y a lo largo de las etapas por el desierto, cuando la masa amorfa de individuos que huyeron, bajo la dirección de Moisés, de la tiranía de los faraones se transformó en un pueblo con conciencia de unidad y de identidad netamente diferenciadas -precisamente por su fe- del resto de las poblaciones de su entorno. Teología del desierto La teología israelita posterior idealizó aquella época y la describió como la edad dorada en la que existía la más pura comunicación, sin sombras, entre el pueblo y su Dios. Los profetas de la época del cautiverio de Babilonia pintaban el retorno a la tierra prometida como un nuevo éxodo, grandioso y triunfal. Bajo esta misma imagen del éxodo se espera también la llegada de los días mesiánicos escatológicos del triunfo definitivo de Dios y de su pueblo sobre todos sus enemigos. Simbología del desierto El desierto ha pasado a ser, en fin, tanto en la literatura profana como en la religiosa, el gran símbolo de las etapas existenciales de silencio y soledad a través de las cuales las grandes figuras de la historia se han purificado, han comprendido el sentido y la misión de sus vidas y han escalado las más altas cumbres de la autenticidad. Yahvé y la tierra prometida El Dios que protege a su pueblo fiel El establecimiento de las tribus hebreas en Palestina es el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham y la prueba palpable de que Yahvé, el Dios de Israel, es fiel y verdadero. En torno a la época en que las tribus israelitas, bajo la dirección de Moisés, se desplazaban por las grandes extensiones semidesérticas de la península del Sinaí (hacia 1250-1220 a.C.), en las regiones agrícolas del Creciente Fértil, cuna de los grandes imperios de la Antigüedad, se producían dramáticos acontecimientos que ejercerían una influencia decisiva en el destino futuro del pueblo de Israel. En el siglo XIV se registró una profunda alteración en las relaciones de poder del espacio afroasiático. Coincidiendo con los débiles reinados de los faraones Amenhotep III (1402-1364 a.C.) y Amenhotep IV Akenatón (1364-1347 a.C.), se fueron consolidando en los territorios de la actual Anatolia los hititas, pueblo resultante de la fusión de elementos indoeuropeos llegados a Anatolia hacia el siglo XX a.C. con los habitantes autóctonos de aquellas regiones. Bajo la enérgica jefatura de Suppiluliuma I (1360-1336 a.C.), los hititas iniciaron una lenta y persistente penetración hacia el sur, en un primer momento sin gran resistencia egipcia. Pero con la instauración de una nueva dinastía (la XIX), Ramsés II decidió poner freno a la expansión asiática y recuperar el control de Siria y Canaán. La decisión tenía sólidas razones estratégicas, geopolíticas y económicas. Esta franja de tierra era paso obligado entre Egipto y Mesopotamia. Por ella discurrían las rutas comerciales que enlazaban el océano Ãndico con Europa y los países ribereños mediterráneos. Pero, por estas mismas razones, los hititas no estaban dispuestos a abandonar la partida, y sobrevino una larga etapa de enfrentamientos. En 1275 a.C. se registró un choque decisivo en Cades, junto al río Orontes. Ambos bandos se atribuyeron la victoria, pero lo cierto es que la frontera egipcia retrocedió un gran trecho hacia el sur. Con toda probabilidad, las dos potencias quedaron tan debilitadas que en adelante fueron incapaces de ejercer un control efectivo en la franja fenicio-cananea en disputa. De hecho, en estos años aparecen fechadas varias cartas de los príncipes de las ciudades-estado cananeas solicitando al faraón el envío urgente de arqueros para defenderse de los saqueos de los "habiru". En este frágil escenario se abatió (hacia el 1200 a.C.) sobre todo aquel espacio una nueva oleada de pueblos, predominantemente egeos, procedentes de Europa, a los que las fuentes egipcias denominan "pueblos del mar". Cayeron como un alud sobre Asia Menor, aniquilaron de un solo golpe el imperio hitita y se precipitaron en un choque brutal contra las fronteras de Egipto. Sólo mediante un esfuerzo supremo consiguieron las fuerzas conjuntas terrestres y marítimas egipcias aguantar la embestida. Algunos de los elementos atacantes, llamados filisteos, refluyeron hacia las costas cananeas y se asentaron en aquel país. De ellos tomó su nombre Palestina. Desaparecidas las grandes potencias capaces de garantizar la seguridad de las ciudades, había llegado la hora de las tribus de pastores seminómadas. Ahora los grupos hebreos que habían vagado por el desierto durante cuarenta años podían iniciar la conquista de las zonas agrícolas y sedentarias. Geografía palestina El nombre de Palestina es de origen extrabíblico. Procede de los "filisteos", uno de los componentes del conglomerado de "pueblos del mar" que, tras ser rechazados por Egipto, se instalaron (hacia 1200-900) en las regiones costeras y mantuvieron durísimos enfrentamientos con las tribus hebreas. Desde el punto de vista geográfico Palestina es una prolongación de Siria y el Líbano, en forma de cuadrilátero, de unos 23 000 km2 de superficie, que se extiende, por el sur, hasta Egipto y de oeste a este desde la orilla occidental del Mediterráneo hasta las altiplanicies de Transjordania. Su longitud máxima alcanza los 240 km, con una anchura de 50 km por el norte y 80 km por el sur. El país está cruzado por la doble cadena montañosa del Líbano y el Antilíbano. Entre sus características más notables figura la fosa del Jordán, accidente impresionante y único en el mundo, formado por una gran depresión situada por debajo del nivel del mar. Por su fondo discurre el río Jordán, que desemboca en el mar Muerto. El ignificado de la posesión de la tierra prometida El significado religioso de la conquista de Palestina desborda ampliamente los límites de su importancia en la historia política. Más allá y por encima de la seguridad existencial que para aquellos clanes nómadas suponía la posesión de una tierra "que mana leche y miel", el asentamiento implicaba el cumplimiento de la promesa de Dios a sus antepasados. Palestina es la tierra prometida. Se daba un nuevo paso hacia adelante -un paso decisivo- en el proceso de consolidación de la alianza que ligaba a Israel con Yahvé. Era la confirmación de que Yahvé era su Dios protector y ellos el pueblo elegido, el pueblo predilecto de Yahvé. De aquí se desprende que esta tierra debe administrarse de acuerdo con los deseos de su genuino propietario, Dios. Si se hace mal uso de ella, si no se aprovechan los frutos que ofrece para socorrer a los pobres y necesitados, no sólo se sucumbe a la avaricia, sino que se contraría la voluntad de su dueño. El castigo será despojarles de ella. Por este camino, a esta tierra le adviene un carácter sacro y escatológico. Es "tierra santa". Al fin de los tiempos, cuando la alianza alcance su consumación, Dios creará una tierra nueva, en la que reinará la paz y pastarán juntos el lobo y el cordero. Será la paz paradisíaca, la paz escatológica. Es la promesa de una tierra nueva en el futuro, infinitamente superior a la promesa de tierra del pasado. La conquista de Palestina Cuando los grupos seminómadas hebreos avanzaron desde sus campamentos del desierto hacia la frontera cananea, se adentraron en un espacio de composición étnica compleja. Predominaban, sin duda, los elementos semitas, aunque no faltaban algunos contingentes indoeuropeos. En una visión muy simplificada, parece probable la penetración, desde finales del IV milenio a.C., de pueblos semitas del este, que acabaron repartiéndose el país: los amorreos se asentaron en las regiones montañosas del interior y los cananeos, en las franjas costeras. La Biblia designa a todo este espacio con el nombre de "tierra" o "país de Canaán". En los textos de Nuzi, del siglo XV a.C., aparece la palabra kinahhu con el significado de "púrpura roja". Es sabido que en las costas fenicias existió desde antiguo un próspero comercio de telas de púrpura, y tal vez a esta actividad deba el país el nombre de "Canaán". En el aspecto político, antes de la conquista israelita el territorio estaba organizado en ciudades-Estado, gobernadas a veces por un solo dinasta y otras por un Consejo de Notables. Respecto de la ocupación real de la tierra por los hebreos se han propuesto varias hipótesis. La explicación más probable admite varias penetraciones de diversas tribus, en distintas épocas, desde diferentes direcciones. A grandes rasgos, puede mencionarse una primera invasión, desde el sur, de grupos de las tribus de Simeón y Leví y contingentes calebitas y quenitas, entre otros, integrados todos ellos más adelante en la tribu de Judá. Esta masa se asentó, inicialmente de forma pacífica, en la región montañosa, sin traspasar la línea de fortalezas cananeas. Fue contemporánea de Moisés la llegada de contingentes de Rubén y Gad, que se instalaron en Transjordania. El "grupo de Raquel", formado básicamente por las tribus de José, Benjamín y Manasés, cruzó el Jordán y ocupó la región montañosa del centro del país, a veces mediante acciones bélicas y otras a través de pactos con los cananeos o con grupos hebreos asentados en la zona con anterioridad. Al parecer, los grupos israelitas del norte (Zabulón, Isacar, Aser y Neftalí) no bajaron nunca a Egipto. Su asentamiento pudo ocurrir en fechas muy tempranas, hacia mediados del II milenio a.C. Más difícil resulta seguir el rastro de la tribu de Dan. Su héroe nacional, Sansón, mantuvo estrechos contactos con los filisteos, lo que sugiere una localización en las regiones costeras del sur. Pero, por causas desconocidas, tal vez por la presión de la población de Judá y Benjamín, iniciaron un desplazamiento hacia el norte, conquistaron la ciudad de Lays y se instalaron en el extremo septentrional de Israel, en las proximidades de Tiro. La zona costera permaneció en manos cananeas o filisteas hasta la época de David. David y Salomón, los grandes reyes teocráticos El pueblo de Abraham refulge esplendoroso cuando, concluida la conquista de la tierra prometida por Dios a los antepasados, inaugura una dinastía que es contemplada por las tribus de Israel como el cumplimiento de la gran alianza establecida antaño, el reino de Dios. Y ello a pesar del cisma que muy pronto dividirá en dos el territorio que David unificó. Los reyes más célebres son el propio David como cabeza de la dinastía y unificador del territorio desde Samaria hasta Judea, pero sobre todo su hijo Salomón, quien, a través del pacto con la realeza de Tiro y Sidón, expande su influencia, su fama, sus riquezas y su leyenda allende los mares incluso hasta los confines de África. Pero por encima de todo, construye el templo en Jerusalén. Con la tierra conquistada, el reino enriquecido y el templo establecido como centro cohesionador de la conciencia nacional judía, se consolida el marco religioso, se codifican las leyes y las antiguas tradiciones, se establecen los ritos y su calendario, y se fijan las jerarquías políticas y espirituales. David es el auténtico fundador del reino de Israel como entidad política. Salomón es la más alta encarnación de la sabiduría humana y el constructor del Templo de Jerusalén. David alcanzó la realeza en torno al año 1000 a.C., cuando las tribus de Israel se hallaban en una situación desesperada, amenazadas de exterminio. Tras las brillantes victorias de Josué, había sobrevenido la disgregación política y territorial de las tribus. No existían jefes nacionales ni unidad de acción conjunta. Cada tribu se instaló en un territorio propio y solucionaba sus problemas por sus propios medios. Las alianzas intertribales fueron ocasionales. No faltaron incluso los enfrentamientos, a veces muy sangrientos, entre los diferentes clanes. Los confines tribales eran fluctuantes y con frecuencia se interponían franjas no conquistadas entre las zonas israelitas. En esta delicada situación, hacia el año 1100 a.C., hizo su aparición un nuevo adversario, mucho más peligroso que los anteriores: los filisteos. Bien organizados y muy superiores en el plano militar, gracias a sus temibles armas de hierro y a sus carros de combate, poco podían hacer contra ellos las desorganizadas tribus de Israel con sus rudimentarias espadas y lanzas de bronce. Desde sus sólidos asentamientos costeros de Gaza, Asqalón, Ashdod, Ekrón y Gat, los filisteos se lanzaron a la conquista del interior del país, probablemente con el propósito de hacerse con el control de las rutas caravaneras que conectaban la península Arábiga con las costas fenicias a través de Damasco. Hacia el año 1010 a.C., en la batalla de Gelboé, aniquilaron al ejército de Israel, establecieron guarniciones en los puntos clave del país y controlaron la actividad metalúrgica (y, por tanto, toda la capacidad de producción armamentista) en todo el territorio ocupado. David, fundador del estado hebreo La salvación vino de la mano del judío David. Las azarosas circunstancias de su vida parecían predestinarle para tan arriesgada empresa. Soldado del rey Saúl desde su juventud, su resonante victoria sobre el gigante Goliat y la serie de brillantes éxitos militares a la cabeza de las tropas de Israel le valieron tal prestigio que despertó los celos del monarca. Perseguido a muerte, buscó la protección del rey de Gat, donde tuvo ocasión de conocer las tácticas y técnicas militares de los filisteos. Tras la muerte de Saúl, fue proclamado rey en Hebrón, en un primer momento sólo por los miembros de su propio pueblo, la tribu meridional de Judá, y más adelante por las demás tribus septentrionales. Su primera empresa fue expulsar a los filisteos del territorio israelita y someterlos a tributo. Más tarde, una serie de campañas militares contra los moabitas, arameos, edomitas y amonitas le permitieron establecer, por vez primera en la historia, un gran reino autóctono en el corredor siro-palestino bajo hegemonía hebrea. Con gran sagacidad comprendió que aquella estructura política sería efímera si no conseguía la unificación de las tribus. Con este propósito, conquistó la fortaleza jebusea de Jerusalén, hasta entonces considerada inexpugnable, y estableció en ella la capital no sólo administrativa, sino también, y sobre todo, religiosa con el traslado del arca de la alianza donde moraba Yahvé, según la antigua tradición conservada celosamente desde la travesía del desierto. David se ganaba de este modo el favor del estamento sacerdotal. En la vertiente religiosa, David, "el cantor de salmos", fue el iniciador del culto a Dios en Jerusalén y el fundador de la dinastía en la que, avanzando un paso más en el terreno de la historia, la promesa de Dios a los patriarcas se confirmaba y concretaba en la persona de David y de su linaje. Posteriormente, de hecho, en los momentos trágicos de la desaparición de Israel como entidad política independiente, durante las noches oscuras del exilio y del sometimiento a las potencias extranjeras, los profetas que mantenían viva la llama de la esperanza describirían la restauración de Israel bajo la figura de la reaparición de un nuevo David. Y cuando los primeros judíos retornaron del exilio babilónico e iniciaron la construcción del nuevo templo y la creación de la nueva comunidad, lo hicieron bajo la guía de Zorobabel, descendiente de David. A este mismo linaje pertenece, según los cristianos, el Mesías, Jesús. Salomón A la muerte de David (hacia 970 a.C.), ascendió al trono, en un clima de intrigas palaciegas, su hijo Salomón. Fue el suyo, casi hasta el final, un reino de paz en el interior y en las fronteras. Explotó con gran habilidad todas las posibilidades económicas que le deparaba el control de las rutas mercantiles del corredor siro-palestino. Impulsó la minería y activó, en sociedad con los avezados marinos de Tiro, el comercio de ultramar. En este contexto debe situarse el episodio de la visita a Jerusalén de la reina de Saba que tantas leyendas habría de originar hasta nuestros días, en que ha sido llevada a la pantalla de las grandes superproducciones cinematográficas. Bajo el reinado del Salomón histórico se desarrolló, asimismo, una gran actividad constructora, se fortificó el país y se modernizó el ejército con la dotación de caballería y carros de combate. Por otra parte, durante su reinado la literatura hebrea alcanzó su edad de oro, hasta el extremo de que se le atribuyera a él personalmente la redacción poética y amorosa del Cantar de los cantares. La tradición bíblica ensalza sin medida su sabiduría legendaria: "La sabiduría de Salomón superaba a la de todos los hijos de Oriente y a toda la sabiduria de Egipto. Superó en sabiduría a cualquier hombre" (1 Reyes 5,10-11). Pero por encima de todas sus restantes empresas, Salomón es, en la historia sagrada, el constructor del Templo de Jerusalén y el organizador del culto a Yahvé. Dinastía davídica Con la elección de David, avanza un paso más la promesa de Dios a los patriarcas. La descendencia abrahámica se materializa ahora en este monarca y en su familia, a la que, en los primeros oráculos proféticos, se le promete la posesión del trono de Israel para siempre. En esta elección se descubre una de las enseñanzas más persistentes de las creencias religiosas de Israel: para llevar a cabo sus planes, Dios elige a los débiles y rechaza a los poderosos. Los orígenes del linaje de David son humildes. Según el Libro de Rut -una de las creaciones más deliciosas de la literatura universal-, sus antepasados tuvieron que emigrar desde su lugar natal de Belén de Judá al extranjero para poder subsistir. La propia Rut se ganaba el sustento ejerciendo el derecho de los pobres de recoger las espigas que dejaban sueltas los segadores. Supranacionalismo La segunda lección es en cierto modo inesperada. Entre los ascendientes de la dinastía "eterna" de Israel figura una extranjera, "Rut la moabita". El libro señala taxativamente que de su matrimonio con Booz nació Jesé, el padre de David. Con esta enérgica pincelada supranacionalista se quiere señalar que la auténtica pertenencia al pueblo de Dios no depende de la ascendencia física, sino de la aceptación de la fe. Cisma Al producirse, tras la muerte de Salomón, hijo de David, la escisión de la monarquía en los reinos, con frecuencia enfrentados, de Israel en el norte y Judá en el sur, las promesas proféticas se concentran en la dinastía real de Jerusalén, capital de Judá. Sobre los monarcas del reino de Israel, cismáticos en lo político y lo religioso, la Biblia emite veredictos monocordemente negativos: "Hicieron el mal". Sin embargo, debe advertirse que la Biblia juzga la conducta de los reyes bajo el exclusivo prisma del monoteísmo o la idolatría. Así, por ejemplo, de Omrí, rey de Israel, afirma que "actuó peor que cuantos le precedieron", a pesar de los grandes éxitos alcanzados por este monarca tanto en su política interior -con la fundación de la espléndida capital de Samaria, sus grandes actividades de construcción de defensas, la reactivación de la economía y la reanudación de las actividades comerciales internacionales- como en la exterior. Cuando subió al trono (885 a.C.), Israel era una nación débil, desgarrada y a merced de sus adversarios. A su muerte, once años más tarde, se había convertido en una de las potencias más sólidas del espacio siriopalestino. Y, por el contrario, estos mismos autores vierten grandes alabanzas sobre el piadoso rey Josías, pasando por alto que fue su desacertada política internacional la causa directa de la destrucción de Jerusalén y del fin del reino independiente de Judá. Es indudable que, hasta la catástrofe de la destrucción de Jerusalén, fueron muchos los judíos yahvistas que entendieron al pie de la letra la solemne promesa de Natán a David: "Consolidaré su trono para siempre... lo estableceré en mi casa y en mi reino para siempre y su trono estará firme eternamente". Incluso en el supuesto de que los descendientes de David se aparten de la recta senda, Dios los castigará, pero no apartará de ellos su amor. "Tu casa y tu reino permanecerán para siempre." El episodio más ilustrativo de esta interpretación lo ofrece, 150 años después de la muerte de David, Atalía, hija del rey de Israel, Ajab. Su matrimonio con Joram, rey de Judá, le permitió ejercer una influencia -nefasta, según la Biblia- sobre su hijo Ocozías. Asesinado éste por Jehú, rey de Israel, Atalía decidió apoderarse del trono. Para despejar el camino y desembarazarse de posibles competidores, se propuso exterminar a todo el linaje de David. Pero, según la Biblia, Dios desbarató su proyecto por un doble motivo: porque había difundido en Judá los cultos idolátricos y porque "como dijo Yahvé, ha de reinar uno de los hijos de David". La espantosa suerte sufrida por el último representante de la dinastía, el rey Sedecías, ofrece un brutal contraste con esta brillante perspectiva de eterna permanencia en furor del linaje davídico. Tras una desesperada defensa de Jerusalén frente al asalto de las tropas babilónicas, quebrantada ya toda posibilidad de resistencia, decidió huir en secreto. Pero, hecho prisionero, degollaron en su presencia a sus hijos, le arrancaron los ojos y lo llevaron cautivo a Babilonia, cargado con una doble cadena de bronce. Todavía algunos años más tarde, la fe yahvista en el linaje eterno de David alimentó una tenue llama de esperanza en la figura de Zorobabel, descendiente de Yoyaquín, penúltimo rey de Judá, nombrado gobernador por la corte persa. Pero las esperanzas de restauración no se vieron cumplidas y el linaje de David, como dinastía reinante, desapareció en la noche de la historia. Como ocurre a menudo en la visión religiosa de Israel, tras la catástrofe intrahistórica la promesa se mantiene viva en otro nivel superior, el mesiánico, esperado para el tiempo final del triunfo definitivo de Yahvé sobre todas las naciones de la Tierra. En la religión cristiana, la promesa del reino eterno se cumple en Jesús, presentado en los Evangelios como descendiente de David. Las costumbres hebreas Bar Mitzvá: Ceremonia de la mayoría de edad (trece años) de los niños menores. La de las niñas se llama Bat Mitzvá. Guefilte Fish: Pescado (preferiblemente carpa) que se come, deshuesado, picado y mezclado con matzá, en el Shabbat. Januccá: Fiesta de las luminarias, que conmemora la reconstrucción del templo de Jerusalén por los nacabeos. Jaróset: Mezcla de frutas y especias que se come en el Séder del Pesaj. Kaddish.:Oración por los muertos. Kiddush: Oración sobre el vino que se recita en las vísperas. Matzá: Pan ázimo que se come durante los ocho días de Pésaj. Mazel Tov!: ¡Enhorabuena! Menorá: Candelabro de siete brazos. Minián: Quórum, número mínimo necesario (diez varones mayores de trece años) para empezar un servicio religioso. Pesaj: Pascua judía que conmemora el éxodo. Purim: Fiesta carnavalesca que conmemora la salvación de los judíos de Persia, que se explica en el libro de Ester. Rosh Hashaná: Fiesta de Año Nuevo (otoño). Séder: Cena de la primera noche del Pesaj. Shabbat: Sábado, día de descanso y de oración. Shavuot: Festividad conmemorativa de la entrega de los diez mandamientos a Moisés. Shminí Atseret: Octavo día de la fiesta de Succot. Shofar: Cuerno de carnero que se toca en la sinagoga, en los servicios religiosos de Año Nuevo y cuando acaba el Yom Kippur. Simjat Torá: Festividad del noveno día de Succot. Succot: Fiesta de la cosecha y que conmemora también la travesía del desierto. En ella se construye una succa o cabaña. Taled: Humeral litúrgico que se utiliza durante la oración. Yármulke: Gorro litúrgico que deben llevar los hombres en lugares sagrados y durante los servicios religiosos Yom Kippur: Día de ayuno y perdón, que se celebra el décimo día de Año Nuevo. SHALOM
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