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25 años despues de la guerra

Info12/11/2008

Historia conmovedora: el viejo pulóver que un soldado devolvió a un kelper en Malvinas



El protagonista se llama Miguel Savage, clase 62 y fue integrante del Regimiento 7 de Infantería Mecanizada de La Plata. Durante la guerra el frío casi le quitó la vida, pero un pulóver que tomó prestado de una estancia habitada por kelpers dice que lo salvó.

La vida de Miguel Savage, fue a Malvinas sin saber manejar un arma. El frío y con la mirada enturbiada por el hambre capaz de diezmar su cuerpo hasta restarle veinte kilos en apenas dos meses de estadía en las islas, se recuerda en aquel tiempo como un "esqueleto con casco".

Hoy habita una bucólica vivienda en Venado Tuerto, en el sur de Santa Fe. El ex soldado vivió aferrado a esa conmovedora historia y a ese abrigo durante 24 años.

En febrero de 2006 decidió regresarlo a sus dueños. Su relato desgarra. El 8 de junio, con un Ejército argentino cercado por el poderío inglés, Savage, junto a cuatro compañeros y un suboficial, iniciaron una caminata hacia una granja cercana al río Murrell.

"Arrancamos apenas aclaró, bien temprano. Debe haber sido el día más frío de Malvinas, con veinte grados bajo cero. Con veinte kilos menos y desesperados, nuestra mente divagaba. No teníamos conciencia del peligro. Ibamos con un compañero que tenía un planito donde habían puesto las minas. Y a cada rato se rascaba la cabeza y decía: 'no me acuerdo si era por acá o por acá'. Fue una caminata extenuante. Habremos tardado más de cinco horas", reproduce con precisión cinematográfica.

"Llegamos a la casa y los seis nos tiramos cuerpo a tierra, a mirar con largavista. El miedo era terrible. Había ventanitas en la casa y dijimos: 'Se rompe una y nos sacuden con una ametralladora'. Sabíamos que había peligro. Ingleses o kelpers que nos podían tirar. Pero era más la desesperación de pensar qué podíamos afanar de comida dentro de la casa, que el miedo. Ese hambre enceguece", explica con tono desolador. "Nos estábamos muriendo. Literalmente nos estábamos muriendo", relató Savage.

Luego de una primera inspección de sus compañeros en los alrededores de la granja, el sargento ordenó a Savage que lo acompañara al interior de la vivienda. Patearon la puerta de la cocina y el soldado irrumpió en la casa gritando en inglés: "Si hay alguien venimos a charlar, no se pongan nerviosos, queremos revisar e irnos". Sus palabras sonaban casi a un ruego para que nadie los atacara.

Tras comprobar que no había ocupantes en la planta baja de la vivienda, dividió las tareas con su superior. Recorrieron un pasillo en el piso superior y Savage ingresó en el cuarto matrimonial. Lo sorprendió una cama doble perfecta, una dependencia con cortinas y una decoración cuidada que compara con una hostería o una estancia de campo.

Al confirmar que el lugar estaba deshabitado, se relajó. Automáticamente afloró en él un espíritu de supervivencia. Tras abrir "ansiosamente" los cajones, dio con el pulóver salvador. Y cambió su óptica sobre los padecimientos que sufría. "Era un pulóver inglés lindísimo, con borda azul y cruz. Me lo puse en la nariz y sentí el olor a limpio, a perfume, a naftalina. Y dije: 'Qué lindo, esto es como estar de vuelta en casa'. Me saqué la ropa mojada y me puse ese pulóver y una bufanda, y un gorro, y medias de lana. Ese momento fue mágico", explica emocionado.

El relato no tiene pausas: "Me invadió una sensación de paz, como si estuviera Dios ahí. En ese momento y como un alma que me hablaba, aunque no escuchaba la voz, sentí como que alguien estaba ahí y me decía 'quedate tranquilo, ya termina esto, te volvés y vas a vivir'. Una sensación increíble. Una enorme sensación de paz, un calor en el cuerpo".

Ese momento llegó en febrero de 2006. Luego de un primer encuentro con Sharon Mulkenbuhr, hija del matrimonio que habitaba la estancia Murrell, en febrero del año pasado visitó el lugar con la intención de cerrar ese capítulo de su historia.

En la estancia lo recibió Lisa, hermana de Sharon. El pulóver, que por consejo de un amigo se suspendía enmarcado en una pared de su casa, en Venado Tuerto, volvió entonces a manos de sus antiguos dueños junto a una nota de puño y letra en la que Miguel expresaba su agradecimiento. Con lágrimas en los ojos, Lisa reconoció el abrigo de su padre, ya fallecido. "Acá, en esta casa, sentí que alguien me protegió. Y venía a decírselos, veinticuatro años después", le dijo a la muchacha sollozando, mientras se desprendía del preciado objeto.




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