Olvídense de los tópicos. Despojen al genio futbolístico de sus virtudes sobre el césped. Imaginen en familia al chiquillo Lionel Andrés Messi, creciendo más despacio de lo deseable en su Rosario natal. Imagnínenlo también ahora, con poco más de un cuarto de siglo de vida y con pocas virtudes en apariencia para desenvolverse en sociedad. Visualicen a aquel renacuajo que sin duda fue y al futbolista que empezó a ser, siempre inexpresivo, encerrado en sí mismo cual caracol en su casita, casita que no es hogar sino parte misma de su ser. Traten de percibir al Messi humano, sin trazas de su actual divinidad. Háganlo, por favor, antes de continuar leyendo este artículo.
Y ahora sí, observen al Messi icono, convertido en el mejor futbolista de la historia pese a no haber escrito siquiera la mitad de su futura leyenda. En verdad, Leo Messi no ha dejado de ser aquel niño tímido y poco expresivo que se aburría con todo lo que no tuviera que ver con un balón. Con todo lo que no tuviera que ver con un balón pegado a sus pies. Cabe imaginar a un crío abstraído, ensimismado, poco comunicativo hasta lindar con lo patológico.
Desinteresado no ya por los libros, sino incluso por la televisión, Lionel Messi abandonaba cualquier tarea que comenzaba porque la distracción constituía un fin en sí mismo.
La inteligencia
La inteligencia no existe, no como concepto global. Uno de los mayores errores de la sociedad es presumir que los individuos son más o menos inteligentes en sentido bruto, sin matices. Sometemos a nuestros críos a insufribles pruebas para medir su inteligencia, y creemos detectar grandes talentos entre ellos, y condenamos a la mediocridad a quienes no muestran las habilidades estudiadas, o a los que tienen un mal día, o a los que carecen de ganas, o de medios, o de valentía.
Lionel Messi es un absoluto genio contemporáneo. Quienes murmuran sobre su pobre expresión oral, quienes recalcan su timidez, su mueca bobalicona, su mirada extraviada, deberían enfrentarse a Messi en un uno contra uno. Pero no con un balón. Tal duelo resultaría de lo más desproporcionado incluso para esos ignorantes pretenciosos. Deberían medir con Messi su capacidad tridimensional, sus reflejos, su inteligencia ambiental, su intuición. Saldrían todos sonrojados. Humillados por el chico del caparazón.
No hay más que verle jugar para apreciar esa inteligencia fuera de lo común, esa concentración, esa anticipación a la trayectoria del balón, al comportamiento del rival, a la conjunción de todos los factores que integran el complicadísimo problema matemático del fútbol.
El cubículo, la casita, el caparazón
Messi detesta hablar casi tanto como ser el centro de atención en una reunión social. Prefiere pasar desapercibido, molestar lo justo y no ser molestado en demasía. El mismo chico que parece ver el juego a cámara lenta, que de hecho lo ve donde otros se aturullan, sufre horrores cuando afronta un discurso institucional. Se pone nervioso, le sudan las manos y teme que se le pueda resbalar su cuarto Balón de Oro. Y musita unas palabras mal dichas. Y se olvida del agradecimiento a los compañeros, o a los amigos, o a la familia, o al rival, o al entrenador. Quién sabe ya qué ha dicho y qué le quedaba por decir. Malditos discursos de agradecimiento. Son peores que todos los centrales duros del universo.
Un caparazón. Lionel Messi se ha pasado la vida construyendo un caparazón, un cubículo inexpugnable en el que refugiarse cuando las cosas van mal, o cuando van demasiado bien y todos lo quieren felicitar. Messi precisa protegerse del mundo exterior. Es un chico frágil, muy sensible. Siendo un renacuajo, allá en Rosario, se comunicaba con su profesora gracias a la intermediación de una amiga.
Quizá sólo se sintió en su salsa cuando le tocó el papel de caracol en una representación escolar. Ahí sí. Ahí Lionel sí podía ser él mismo.
Barcelona
No debe de ser sencillo, para un adolescente de su carácter, cruzar el charco a los trece años y comenzar una nueva vida en una ciudad desconocida, enorme, con otras costumbres, otros acentos, otros rostros y otro idioma. Messi seguía siendo aquel caracol lento, silencioso y reservado, tan distinto del futbolista que ya llevaba dentro. Llegó a Barcelona acompañado por su familia, pero la adaptación fue dura. De repente, todo giraba en torno a ese chiquillo con problemas de crecimiento.
Ese chiquillo era demasiado bueno. Le daban la pelota y regateaba a todo el mundo. Y enfadaba a sus compañeros de generación. Pero Lionel adoraba ese juguete. La pelota era mucho más que un medio de sustento para él y su familia. Era su único medio de expresión, como aquella amiga de la infancia que ejercía para él de intermediario con la profesora. Messi escribía versos, dirigía películas, pergeñaba novelas con aquel esférico pegado a sus pies. Ahí quedaban retratadas su creatividad, su pasión, sus ganas de superación. Su enorme inteligencia aplicada. Su misma sensibilidad.
Con el balón no había aburrimiento. Gracias a él salía de su caparazón y se conectaba con el mundo. Y apenas lo soltaba. Y le daba igual parecer terco, insolente, chupón, caprichoso.
Nueva vida, nuevo Messi
El nacimiento de Thiago, su primer hijo, ha cambiado todos los esquemas, todas las prioridades del genio introvertido. Thiago es ahora su pelota, su consola, su silencio, su refugio. No es que ya no le importe ganar. Ésa sigue siendo la gasolina que hace andar al Messi futbolista desde que era apenas una pulga. Pero el joven Lionel llega a casa y encuentra una responsabilidad. Leo no puede cuidar de Thiago metiendo goles. Los goles dan dinero, pero a Thiago el dinero aún no le importa un comino. Thiago quiere a su padre. Y su padre sólo puede cuidar a Thiago acunándolo, expresando amor, ternura, emociones quizá congeladas hasta hace bien poco, reactivadas de repente. Y sin necesidad de una pelota, quién iba a decirlo.
Y ahora sí, observen al Messi icono, convertido en el mejor futbolista de la historia pese a no haber escrito siquiera la mitad de su futura leyenda. En verdad, Leo Messi no ha dejado de ser aquel niño tímido y poco expresivo que se aburría con todo lo que no tuviera que ver con un balón. Con todo lo que no tuviera que ver con un balón pegado a sus pies. Cabe imaginar a un crío abstraído, ensimismado, poco comunicativo hasta lindar con lo patológico.
Desinteresado no ya por los libros, sino incluso por la televisión, Lionel Messi abandonaba cualquier tarea que comenzaba porque la distracción constituía un fin en sí mismo.
La inteligencia
La inteligencia no existe, no como concepto global. Uno de los mayores errores de la sociedad es presumir que los individuos son más o menos inteligentes en sentido bruto, sin matices. Sometemos a nuestros críos a insufribles pruebas para medir su inteligencia, y creemos detectar grandes talentos entre ellos, y condenamos a la mediocridad a quienes no muestran las habilidades estudiadas, o a los que tienen un mal día, o a los que carecen de ganas, o de medios, o de valentía.
Lionel Messi es un absoluto genio contemporáneo. Quienes murmuran sobre su pobre expresión oral, quienes recalcan su timidez, su mueca bobalicona, su mirada extraviada, deberían enfrentarse a Messi en un uno contra uno. Pero no con un balón. Tal duelo resultaría de lo más desproporcionado incluso para esos ignorantes pretenciosos. Deberían medir con Messi su capacidad tridimensional, sus reflejos, su inteligencia ambiental, su intuición. Saldrían todos sonrojados. Humillados por el chico del caparazón.
No hay más que verle jugar para apreciar esa inteligencia fuera de lo común, esa concentración, esa anticipación a la trayectoria del balón, al comportamiento del rival, a la conjunción de todos los factores que integran el complicadísimo problema matemático del fútbol.
El cubículo, la casita, el caparazón
Messi detesta hablar casi tanto como ser el centro de atención en una reunión social. Prefiere pasar desapercibido, molestar lo justo y no ser molestado en demasía. El mismo chico que parece ver el juego a cámara lenta, que de hecho lo ve donde otros se aturullan, sufre horrores cuando afronta un discurso institucional. Se pone nervioso, le sudan las manos y teme que se le pueda resbalar su cuarto Balón de Oro. Y musita unas palabras mal dichas. Y se olvida del agradecimiento a los compañeros, o a los amigos, o a la familia, o al rival, o al entrenador. Quién sabe ya qué ha dicho y qué le quedaba por decir. Malditos discursos de agradecimiento. Son peores que todos los centrales duros del universo.
Un caparazón. Lionel Messi se ha pasado la vida construyendo un caparazón, un cubículo inexpugnable en el que refugiarse cuando las cosas van mal, o cuando van demasiado bien y todos lo quieren felicitar. Messi precisa protegerse del mundo exterior. Es un chico frágil, muy sensible. Siendo un renacuajo, allá en Rosario, se comunicaba con su profesora gracias a la intermediación de una amiga.
Quizá sólo se sintió en su salsa cuando le tocó el papel de caracol en una representación escolar. Ahí sí. Ahí Lionel sí podía ser él mismo.
Barcelona
No debe de ser sencillo, para un adolescente de su carácter, cruzar el charco a los trece años y comenzar una nueva vida en una ciudad desconocida, enorme, con otras costumbres, otros acentos, otros rostros y otro idioma. Messi seguía siendo aquel caracol lento, silencioso y reservado, tan distinto del futbolista que ya llevaba dentro. Llegó a Barcelona acompañado por su familia, pero la adaptación fue dura. De repente, todo giraba en torno a ese chiquillo con problemas de crecimiento.
Ese chiquillo era demasiado bueno. Le daban la pelota y regateaba a todo el mundo. Y enfadaba a sus compañeros de generación. Pero Lionel adoraba ese juguete. La pelota era mucho más que un medio de sustento para él y su familia. Era su único medio de expresión, como aquella amiga de la infancia que ejercía para él de intermediario con la profesora. Messi escribía versos, dirigía películas, pergeñaba novelas con aquel esférico pegado a sus pies. Ahí quedaban retratadas su creatividad, su pasión, sus ganas de superación. Su enorme inteligencia aplicada. Su misma sensibilidad.
Con el balón no había aburrimiento. Gracias a él salía de su caparazón y se conectaba con el mundo. Y apenas lo soltaba. Y le daba igual parecer terco, insolente, chupón, caprichoso.
Nueva vida, nuevo Messi
El nacimiento de Thiago, su primer hijo, ha cambiado todos los esquemas, todas las prioridades del genio introvertido. Thiago es ahora su pelota, su consola, su silencio, su refugio. No es que ya no le importe ganar. Ésa sigue siendo la gasolina que hace andar al Messi futbolista desde que era apenas una pulga. Pero el joven Lionel llega a casa y encuentra una responsabilidad. Leo no puede cuidar de Thiago metiendo goles. Los goles dan dinero, pero a Thiago el dinero aún no le importa un comino. Thiago quiere a su padre. Y su padre sólo puede cuidar a Thiago acunándolo, expresando amor, ternura, emociones quizá congeladas hasta hace bien poco, reactivadas de repente. Y sin necesidad de una pelota, quién iba a decirlo.