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Obama y Lincoln contra la mezquindad

Info10/11/2013
La segunda guerra civil estadunidense



La nación estadunidense sólo entró en guerra contra sí misma una vez, cuando dos modelos irreconciliables de hacer patria colisionaron de manera dramática allá por el año 1861. Once estados sureños declararon unilateralmente la secesión y constituyeron los Estados Confederados de América porque se negaron a aceptar la victoria del candidato republicano, Abraham Lincoln, que ganó las elecciones presidenciales gracias a que los estados del Norte, más poblados y urbanos, apoyaron su cruzada contra la abolición de la esclavitud, a la que, por cierto, se oponía el Partido Demócrata.

Lincoln declaró la guerra al Sur no sólo para evitar una partición traumática del país, sino para que los esclavistas no triunfasen con un modelo que el presidente consideraba una aberración: el que otorgaba a los blancos la supremacía sobre las otras razas. Por eso Lincoln luchó contra los que se creían con el derecho natural a seguir manteniendo a los negros como esclavos, para así perpetuar los privilegios de los blancos y su economía rural basada en la mano de obra gratis.

A sangre y fuego, las tropas unionistas derrotaron a los esclavistas. Lincoln ganó la guerra y forjó con su victoria la nación que hoy sigue siendo la primera potencia planetaria y que ha permitido que hoy duerma en la Casa Blanca un presidente negro. Pero Lincoln murió profundamente entristecido porque nunca entendió cómo una gran parte de su pueblo prefirió ir a la guerra, con tal de seguir esclavizando a otra parte de sus habitantes, nacidos como ellos en el mismo país, sólo que con diferente color de piel.



Pues bien, algo inquietantemente parecido está ocurriendo estos días en Estados Unidos. Barack Obama también ganó las elecciones con un modelo de estado opuesto al que defienden los sectores conservadores del país, sólo que, a diferencia de lo que ocurrió hace siglo y medio, el presidente ahora es demócrata y su partido es progresista, mientras que el Partido Republicano se ha convertido en el último refugio de blancos tradicionalistas, al punto de que si el presidente republicano Lincoln estuviera vivo votaría demócrata.

Lo inquietante del asunto es que el sector radical republicano, dominado por el Tea Party, ha fagocitado a la corriente moderada del Grand Old Party (GOP, como se conoce familiarmente al Partido Republicano) y está imponiendo su agenda extremista, que se resume básicamente en un punto: guerra sin cuartel contra el presidente Obama y su modelo “liberal” de país, que amenaza la existencia del modelo “conservador” que ellos defienden.

Al igual que en la segunda mitad del siglo XIX, dos modelos de nación han entrado en colisión en Estados Unidos: por un lado, el modelo dominante, multirracial, multicultural y progresista, que triunfa en las grandes áreas urbanas del país; y por otro, el modelo WASP (white anglo-saxon protestant), que es el que ha declarado la guerra porque sabe que está en clara decadencia. Y saben que retroceden porque así quedó confirmado en las elecciones de 2012.



Si los republicanos más radicales se pusieron rojos de rabia con la primera victoria del demócrata, con su segunda victoria palidecieron de terror al confirmarse sus peores temores: que la elección de un presidente negro no fue una fugaz anécdota de la historia, que volvió a ganar, pese a la recesión económica y pese a defender a los homosexuales, un mayor control en la venta de armas o la legalización de once millones de inmigrantes indocumentados. Ganó pese a que fue acusado de musulmán (lo que en el lenguaje del Tea Party equivale a ser terrorista), pese a que se su padre era nigeriano y pese a que se puso en duda si nació o no en EU. Nada de esto importó, los estados más poblados volvieron a dar su apoyo al “presidente socialista”, mientras Texas y el despoblado Estados Unidos profundo votó de forma aplastante, pero inútil, al republicano Mitt Romney.



Cuando Obama juró el cargo por segunda vez, muchos estadunidenses indignados (asustados, más bien) se lanzaron a comprar armas y municiones, para defenderse del gobierno federal, al que pasaron a considerar su enemigo, o incluso llegaron a impulsar iniciativas para solicitar la secesión de los estados más republicanos.



Afortunadamente, ninguna de estas medidas cuenta con masa crítica para volverse un problema real, como ocurrió con el desafío del Sur contra Lincoln. Pero hay otras maneras de ir a la guerra, sin recurrir a las armas, por ejemplo, boicotear desde el Congreso cualquier iniciativa de la Casa Blanca. Es exactamente lo que acaban de hacer los republicanos desde la Cámara de los Representantes: usar su mayoría para chantajear al gobierno al exigirle que retire la reforma sanitaria –aprobada en 2012 y bendecida por el Tribunal Supremo—, o de lo contrario no aprobarían el presupuesto para el año fiscal que comenzó el primero de octubre. Obama no cedió y desde hace cuatro días el gobierno de EU funciona a medio gas por segunda vez en su historia (la primera fue, de nuevo, por culpa de los republicanos contra el gobierno de Bill Clinton, pero entonces acabó imponiéndose la cordura; todavía los conservadores no eran unos radicales). La situación incluso podría ir a mucho peor. Los congresistas amenazan ahora con impedir que se eleve el techo de la deuda de EU, por lo que la primera potencia podría entrar en suspensión de pagos tan pronto como este 17 de octubre.

Obama ya ha advertido que está dispuesto a negociar para evitar que el país (y el mundo) caiga en el abismo, pero también ha advertido que “no negociará con una pistola apuntándole en la sien”.

De momento, ninguno de los bandos parece dispuesto a ceder, pero el presidente Obama cuenta al menos con el apoyo mayoritario de la opinión pública y con la certeza de que lo único que está pidiendo a los republicanos intransigentes es que permitan que los casi 48 millones de estadunidenses que no pueden pagarse un seguro médico tengan el derecho a estar protegidos.

Pero, aunque venza esta guerra, como casi seguro pasará, Obama seguramente sentirá la amargura que sintió Lincoln al comprobar el grado de mezquindad a la que pueden llegar algunos de sus compatriotas, con tal de no perder sus privilegios.


Opinión de (Fran Ruiz)
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