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Como me hice Millonario...

Info10/31/2013
Como me hice Millonario...




Inventar la venta a distancia

Muchísimo antes de que existiera internet, en 1872, el negociante de Chicago Montgomery Ward inventó la venta por correspondencia. Ward observó que los habitantes de las zonas rurales ansiaban comprar los productos que se vendían en las ciudades. Por eso, creó un catálogo de venta por correos que, inicialmente, él mismo se encargó de distribuir personalmente por las localidades cercanas. En solo dos años, vendía ya sus productos a todo el país.

Hoteles de amor


El fundador de la multinacional Nintendo, Fusajiro Yamauchi, comenzó su negocio en 1889 fabricando cartas para un juego de mesa llamado hanafuda, muy popular en Japón. Pero su fortuna la hizo gracias a un amigo que le contó los problemas que tenía para encontrar un lugar seguro donde mantener una relación adúltera. Fusajiro se enriqueció creando una red de “Hoteles del amor” para parejas infieles. Con ese dinero, sus descendientes se dedicaron a fabricar juegos.

Vender vulgares rastrojos


Las ideas descabelladas pero asombrosas no son patrimonio de la Antigüedad. En 1999, Linda Katz, ciudadana de Nebraska, decidió poner a la venta aquello de lo que la naturaleza la proveía generosamente: esas típicas plantas rodantes que aparecen en las ciudades fantasma de las películas del Oeste. ¡Pues se las quitan de las manos! Sus clientes van desde la NASA (para usarlas en experimentos) a productoras de cine, pasando por simples nostálgicos del far west.

Tiendas de "todo a cien"


De Heshen, almirante chino nacido en 1746, se afirma con cierto humor que fue el creador del negocio de las tiendas de todo a cien. Cuando se retiró de la Armada de su país, creó una enorme flota privada con la intención de vender productos de artesanía china en el resto del mundo, y fundó pequeñas tiendas en los puertos del Pacífico y el Índico. En unos pocos años amasó una fortuna vendiendo sus mercancías a los marinos y viajeros europeos.

Ser un manitas


Desde niño, a Sakichi Toyoda le atrajo la mecánica. Veía un reloj y lo despiezaba para conocer su mecanismo. Esa habilidad hizo que inventara un dispositivo para el telar de su padre, que hacía que las máquinas se detuvieran al detectar un fallo. Ganó una fortuna al venderlo a una compañía americana. En 1910 invirtió su dinero en un invento que descubrió en un viaje a EEUU: el automóvil. Murió antes de ver fabricado su primer coche, pero fundó una empresa que haría historia, Toyota.
Construir un ferrocarril


Cuando alguien le dijo a Jason Jay Gould: “Vaya al Oeste, joven”, y él decidió hacerle caso, todos pensaron que estaba loco. ¿Quién iba a querer ir a un sitio poblado por nativos salvajes y forajidos? Pero este empresario no les hizo caso, y en 1862 invirtió su dinero en fundar el Union Pacific, para unir la costa este de EEUU con la oeste. El negocio parecía destinado a la ruina hasta que el descubrimiento de oro en California hizo que miles de personas quisieran trasladarse allí.

Inventar el coche cama


Viajar de noche en tren era algo incómodo, que obligaba a dormir sentado, hasta que en 1864 George Pullman tuvo la idea de crear el primer coche cama. Pullman comenzó su carrera haciendo ataúdes, pero pensó que podía ser un buen negocio fabricar vagones con camas para que los viajes fueran más cómodos. Paradójicamente, el primer coche cama que diseñó se lo compraron al momento, pero no para llevar pasajeros vivos, sino para trasladar el féretro de Lincoln.

Negocio alcohólico


Max Gerlach nació en Nueva York y fue vecino de Francis Scott Fitzgerald. Se dice que fue el personaje que inspiró a este para crear El gran Gatsby. Comenzó trabajando como mecánico, pero su fortuna la hizo traficando con alcohol en plena Ley Seca. Se hizo millonario vendiendo bebidas a los ricos de Long Island para sus fiestas privadas. Ganó tanto dinero que se mudó al mismo vecindario que sus clientes.

Experimentar con el barro

La feliz ocurrencia de Josiah Wedgwood, un modesto alfarero británico, fue fabricar, en 1739, un nuevo tipo de cerámica dotada de un esmalte brillante y lujoso que bautizó como vidrio verde. Su socio le aconsejó no perder el tiempo con aquellos experimentos aparentemente inútiles. Pero, inesperadamente, la reina Carlota pasó un día por delante de su tienda y quedó prendada de aquellas piezas. Desde entonces, el negocio no dio abasto.

¿Vender neveras en el Polo Norte?

Algo parecido fue lo que hizo el británico Elias H. Derby (1739-1799). En principio, comerciar con lana en el Sudeste asiático no parecía buena idea. Pero él hizo una fortuna vendiéndosela a mercaderes orientales que luego la revendían en Siberia. Igualmente, ganó muchísimo dinero con un cargamento de carbón que envió a la ciudad minera de Newcastle, y que tuvo la virtud de llegar coincidiendo con una huelga que detuvo la producción.

Exportar hielo


Nacido en 1783 en Boston, Frederic Tudor tuvo la idea que le hizo millonario cuando su hermano William bromeó sobre aserrar trozos de hielo de un lago congelado para venderlos en el Caribe. Frederic compró un barco y fletó un cargamento rumbo a la Martinica. Pero la fortuna no le sonrió en esta ocasión, ya que los lugareños no estaban por la labor de refrescar las bebidas con trozos de hielo. Frederic decidió cambiar de destino y su siguiente cargamento se dirigió a Calcuta. Y aquí sí que se lo quitaron de las manos. Durante décadas, Mr. Tudor tuvo el monopolio del comercio de hielo con la India.

Vender gatos callejeros


Ser casi analfabeto no fue impedimento para que el escocés Timothy Dexter (1748-1806) amasara una fortuna con los negocios más extravagantes. Desde traficar con sartenes en las llamadas Indias Orientales (los fabricantes de caucho se las quitaban de las manos para usarlas como cucharones), hasta vender centenares de gatos callejeros en las islas del Caribe, que estaban infestadas de ratas.

Vender biblias


Con ese apellido, Robert Dollar (1844-1932) estaba destinado a ser millonario. Este marino, que conocía bien los puertos asiáticos, supo que los misioneros que allí vivían andaban escasos de biblias. Dollar se dedicó entonces a suministrarles libros sagrados, un negocio que le dio jugosos beneficios. Con ellos compró un barco, con el que abrió la primera ruta regular entre EEUU yJapón, y se convirtió en el principal magnate naviero de su época.

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