La Republica Perdida III Saqueos. Muertos. Represión feroz a manifestantes pacíficos. Calles abandonadas por las fuerzas de seguridad. Vecinos robando a otros vecinos que a su vez se defienden con sus propias armas. La presidente baila en la Plaza y habla de El. No es que llorar me cueste mucho. Confieso que soy “emotivo” (no llorón, que es otra cosa). Y a veces, cuando la brutalidad exacerbada del contexto, hace que un optimista desmesurado y militante como el suscripto, sienta que no queda otra que bajar los brazos, las lágrimas salen solas. Un asco de tipo. Los que de un modo u otro, con papeles preponderantes o apenas considerables, tuvimos algo que ver en la gesta histórica del ‘83 (ninguno de los cuales participó de la dantesca Plaza de ayer), no soñamos jamás, no se nos pasó por la cabeza ni por un instante, que cumpliríamos 30 años de democracia en esta situación, con la República total y absolutamente perdida, a merced de una banda de delincuentes y fantoches miserables que se la robaron toda. Ni la más perversa de nuestras fantasías dibujó este mapa. Pensábamos en un vengativo regreso de los genocidas encarcelados, o en que no acompañaba el contexto regional, con muchas dictaduras todavía poderosas. Asegurábamos dar todo por 100 años de democracia, pero no había forma de imaginar que a los 30 estaríamos con la patria, la sociedad y la esperanza devastada. Es cierto, no hay cuerpo que aguante 10 años de saqueo menemista más otros 10 años de saqueo kirchnerista. Algún sociólogo debería explicarlo mejor, pero la reacción de la comunidad debe ser como la de una mujer golpeada cada día a lo largo de 20 años. La policía tiene un deber inquebrantable, pero no puede pasar hambre, ganar salarios de miseria o vivir en asentamientos de emergencia. No puede acuartelarse y abandonar las calles. Pero tampoco pueden morir porque sus chalecos antibalas están vencidos. Que la policía no este no puede indicar el saqueo instantáneo, y el fenómeno del narcotráfico al que aluden muchos pretendidos especialistas, no alcanza para entender lo ocurre, cuando tu vecino, que te compra todos los días, te está saqueando el kiosko. La degradación va más allá del crimen organizado, que está presente, con fuerza inusitada, pero que es solamente parte de un fenómeno que se transformó en cultural. Mis representantes me saquean, luego saqueo, pero a otro tan saqueado por los representantes como yo. Me defiendo a los tiros, porque la policía no está y mato a quien levante sospechas. Es él o yo, y antes de saber con exactitud si el viene a hacerme algo malo, corto por lo sano. La policía se acuartela y abandona la calle, pero si marcho pacíficamente buscando seguridad (Tucumán), se “desacuartela” con el solo fin de reprimirme con tal violencia, que deben intervenir fuerzas federales para mediar y evitar una tragedia. Estamos inmersos en una locura colectiva. Este no es el contexto completo. Mientras todo esto pasa: se saquea, se asesina, se reprime; la presidente de todos los argentinos baila alegremente en la Plaza de Mayo, con bandas en vivo contratadas a un altísimo costo, algo así como el sueldo de un policía de esos que se acuartelaron, para unas 100 vidas. Y Ella danza, ríe y hace alusiones a El, que no es Ra, no es Zeus, no es Apolo, es El. Está claro que la presidente está mal de salud y debe preservársela. Pero no puede mantenérsela al margen de la realidad. Uno de los ex presidentes que estaban allí, Fernando De la Rúa fue juzgado por los 30 muertos de los saqueos de 2001. Cristina, por estos días, ya alcanzó un tercio de ello. Los que acusaron a De la Rúa ¿creen ahora que a la presidente actual le corresponde un tercio de la condena que pretendían para el ex presidente? Claramente todos tenemos que ver en esto. Los que la votaron y los que no lo hicimos. Los segundos, por haber sido incapaces de mostrar a la gente lo que ocurría, hacia donde nos estaban llevando, y de proponer algo superador, convincente, mejor, que despierte la confianza de los demás ciudadanos. Todo aquél que tenga la más mínima conciencia de lo enormemente comprometido que se encuentra el futuro de sus hijos hoy, debería sentir la misma proclividad al llanto que me invade por estas horas, y debería pensar que puede poner, de su parte, para que esta locura colectiva cese. Porque el devenir sociológico es dinámico, crece o decrece, no se queda quieto, y en esta lógica, estamos a un tris de estar peor. Dr. Horacio Minotti
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