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Gastón Pauls en "Revista C"

Info11/27/2008
Nota a Gastón Pauls en "Revista C", del diario Crítica "En algunas cosas, estoy de vuelta" Eligió ir más allá del humor autorreferente de la televisión que se ríe de la televisión y hacer una comedia con su propio lado patético, el de aquel muchacho que en algún momento creyó que “TODO el mundo había visto Montaña rusa”. Obsesionado con ser coherente y reflexivo hasta la tortura, dice que encontró la alegría en reírse de sí mismo. Por Josefina Licitra De todas las veces que entrevisté a Gastón Pauls –cuatro en total– esta es la única en la que se lo ve contento. El primer encuentro fue hace cinco años, cuando recién empezaba el programa Ser Urbano, y la charla entera giró en torno a las mil y una formas que puede adoptar el Infierno en la Tierra. “La calle está llena de solitarios, de cuadros urbanos dolorosos. Es gente que está rodeada, pero sola. Yo a veces me siento así”, dijo esa primera vez. La segunda charla sucedió en el otoño de 2005, durante un día oscurecido por la lluvia. Para ilustrar la nota, el fotógrafo había llevado a Gastón Pauls a una plaza, lo había invitado a pararse sobre un banco de piedra y le había pedido que abriera un paraguas. La imagen –Pauls en impermeable gris, en un día gris, con un paraguas gris y esquivando charcos– era casi una parodia de lo que puede llegar a ser la tristeza. Pero Pauls parecía triste en serio. O al menos estaba encerrado en algo mucho más estrecho que su cuerpo. En esos días había tomado una decisión importante: había rechazado un protagónico en El Deseo (el tanque –luego frustrado– de la productora Ideas del Sur) y su argumento había sido la ética. No le parecía ético, había dicho, hacer un programa de corte social (Ser Urbano) y luego estar besuqueando chicas lindas en el horario de al lado. “Antes que estar al lado del glamour, prefiero estar al lado del dolor”, sentenció en ese segundo encuentro. La tercera vez que lo encontré fue en el aeropuerto de Ezeiza. Se lo veía mejor: los ojos expansivos, el rostro organizado en torno a la intención de una sonrisa. Pero le pregunté por qué se iba, y entonces todo se retrajo en su cara. “Me voy a Malvinas –contestó–, me voy a pasar el 2 de abril con dos ex combatientes”. Ese día me pregunté qué cuernos, qué carajo le pasaba a ese muchacho con el sufrimiento. ¿Había belleza en el dolor? ¿Era posible estar cómodo, paradójicamente, en situaciones que incomodan todo el tiempo? Ahora, sentado en un living atravesado por la luz, con su propio cuerpo atravesado por la luz y en una escena de claridad casi evangélica, Gastón Pauls dice que en esos tiempos el dolor no era un escenario. El dolor era él. Pero él, ahora, cambió. –Vengo de años densos e intensos. Pero desde hace algún tiempo siento que quiero divertirme. Desde hace casi dos meses, la pantalla de América emite Todos contra Juan, una serie que permite ver a un Gastón Pauls capaz de reescribirse en clave de ironía y también –por qué no– de felicidad. Todos contra Juan es la historia de un antiguo galancito de novela teen (Juan) que no se resigna a que se le haya pasado el cuarto de hora. Pero es también la muestra de que Pauls cambió –al menos en parte– de sintonía. Tiene un amor estable (la actriz Agustina Cherri), espera una hija para marzo, no consume drogas y desde hace varios meses empezó a notar que la Verdad con mayúsculas no existe sólo en el dolor, sino también en los relatos leves, en la parte viva de las cosas. –No es que hayan dejado de importarme ciertas realidades, pero quería relajar un poco. A mí no me divertía hacer Ser Urbano o Humanos en el Camino, y en cambio ahora sentía que sí quería reírme o provocarle risa a la gente. En general hay mucho programa que intenta reírse de los otros, pero acá se trata de reírse de lo que uno hace y de lo que uno es. Y de que haya una mirada detrás de esa risa. En Todos contra Juan siento que se cuentan cosas muy densas del medio televisivo. Cosas pesadas como la demagogia, el ego, el olvido, la presión, el rating, la fama, la soledad, el éxito. –La berretada. –Sí, hay un costado totalmente berreta. Era lo que más me divertía contar. El medio en sí es como una gran escenografía. En pantalla parece que está todo bien, pero cuando te acercás ves la grieta, la puerta de cartón, la ropa de los actores sin el dobladillo hecho ... la carroza se convierte en calabaza. La televisión es como Cenicienta. Y siento que en ese sentido, por suerte, yo me curtí y descubrí algunas cosas de pendejo. Arranqué con un programa de éxito, 30 puntos de rating, y al año estaba haciendo tres. –¿Eso te afectó? –Claro que te afecta. Que te saquen un cero y quede un tres, y de repente pases a ser “nadie” es tremendo. Ahí decís "ah… pero entonces yo no era tan grosso". –¿Cómo te recuperaste de ese golpe? –En eso tuvo mucho que ver mi familia. Ellos siempre me dijeron que había que relativizar el éxito. Fabián Polosecki, por ejemplo, tenía cuatro puntos de rating y de él se acuerda todo el mundo. O mismo Cristo, pobrecito, que terminó clavado en la cruz, algo de éxito tuvo porque dos mil años después se sigue hablando de él. Entonces, la forma de sobrevivir al éxito tiene que ver con la habilidad que tengas para moverte en un medio que te pone trabas todo el tiempo y que te da golpes de frío y calor que son peligrosos. Lee la nota completa acá Fuente
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