Maradona me regaló momentos felices de mi vida. Los dos goles contra Inglaterra y una travesía que fue suceso mundial contra Bush.
Por Miguel Bonasso
No pretendo ser original: Diego Armando Maradona me ha regalado algunos de los momentos más felices de mi vida. De manera muy especial los dos goles contra Inglaterra que presencié en el México del posexilio y la travesía en el Tren del Alba, que convirtió en suceso mundial la movilización del “Stop Bush” en Mar del Plata.
Por una especial sincronía que a veces tienen las efemérides, justo ahora que W. se va, dejando el mundo hecho pelota y Wall Street en llamas, se cumplen tres años de aquel repudio masivo, pacífico y aún festivo que le propinamos miles y miles de argentinos en ocasión de la llamada Cumbre de las Américas.
Fue el 4 de noviembre de 2005 y aún me parece imposible lo que logramos: que el emperador se tuviera que retirar de nuestras playas con el rabo entre las piernas.
Cuando empezamos a planear el Stop Bush, más de un varón prudente nos dijo que estábamos locos. ¿Cómo se nos ocurría ir a Mar del Plata a mojarle la oreja? El balneario estaba militarmente ocupado. Helicópteros y aviones Mirage sobrevolaban la ciudadela previniendo la fantasmática irrupción de Al Qaeda; centenares de agentes del FBI y del Secret Service se alojaban en el Sheraton; un vallado demarcaba la zona de exclusión que abarcaba 250 manzanas; los vecinos de la zona debían identificarse con credenciales ad hoc para poder ingresar a sus casas portando una sospechosa pizza; en las carpas que esperaban silentes la próxima emporada montaban guardia gendarmes y policías, pertrechados con equipos sofisticados; en el Atlántico grisáceo de aquel noviembre sólo había espacio para gomones y guardacostas de la Prefectura con francotiradores oteando el horizonte.
Y eso no era nada: el peligro mayor podía surgir de las propias filas del antiimperialismo globalifóbico. ¿Cómo evitar que en esa zona gris donde suelen confluir el infantilismo y los agentes provocadores, no se produjeran gravísimos incidentes? ¿Cómo evitar el muerto de Génova o tantos otros muertos?
La única respuesta posible era política y cultural. La provocación debía diluirse ante una marcha transparente, no sólo pacifista, sino gandhiana, coronada por un acto masivo con cantautores populares de América Latina y un único orador en representación de todos: el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez.
Pero hacía falta un ingrediente previo fundamental, de carácter espectacular, que amplificara ante la opinión pública y extranjera la índole no violenta de la protesta, para que esta expresión de dignidad y unidad latinoamericanas fuera asumida de manera masiva por millones de ciudadanos. Concebimos el Tren del Alba, en homenaje a la Alternativa Bolivariana pa ra las Américas, y cursamos invitaciones a unas ciento cincuenta personalidades de la política, la cultura, el espectáculo, el deporte y los derechos humanos. Presencias cálidas, solidarias, muy necesarias, pero aún insuficientes para la magnitud del objetivo. Faltaba el broche de oro. Y en eso llegó Fidel.
Maradona entrevistó al líder cubano en su programa La noche del Diez y el Comandante le preguntó si se subiría al Tren del Alba. Diego le dijo que sí, entusiasmado, y Fidel Castro lo gratificó: “Una estatua para ti, Diego”.
A pesar de ese logro, no fue fácil Mar del Plata. Superando sectarismos y protagonismos se reunieron unas cincuenta organizaciones sociales, políticas y culturales de la Argentina y América Latina, que no es posible citar en estas breves líneas. Algún día habrá que mencionarlas a todas, porque produjeron un hecho histórico. Unidas por encima de sus diferencias, lanzaron la convocatoria al Stop Bush, firmando simplemente “Argentinos por la Patria Grande”.
Y así llegamos al único e irrepetible desmadre. Cientos de periodistas, reporteros gráficos y camarógrafos nos aplastaron en el andén 14 de la estación Constitución, gritando “Diegooo, Diegooo”, como si estuvieran en la cancha. Comenzaba el viernes 4 de noviembre.
Maradona estuvo inspirado: “Bush es un tipo que llega a todos lados, saluda y no hay nadie”.
Costó treparnos al Tren del Alba, que era el viejo “Marplatense” inaugurado por Perón en los cincuenta. Plateado, empavesado con las banderas cruzadas y el escudo nacional sobre la trompa de la locomotora, lucía en sus cinco vagones lo que fue el ferrocarril de los años dorados: cortinas de pana, alfombras mullidas, asientos confortables, baños impecables. Arrancamos pasada la medianoche, arropados por las auspiciosas fanfarrias de los Bomberos Voluntarios de la Boca y desbordados por invitados de última hora y más de un colado.
En el vagón que el periodismo llamó vip, venían otros “bronces”, como Evo Morales, que entonces estaba en campaña y recordó ante Diego su pasado como futbolista, y Emir Kusturica, que venía rodando su película sobre el Diez y debió pensar que estaba viviendo la reedición de Underground.
Sorpresivamente, al llegar a la altura de Alejandro Korn, el tren se detuvo. Algunos dijeron que por una amenaza de bomba, pero en realidad era por una vaca dormida sobre los rieles. Entonces se produjo una escena en blanco y negro, del neorrealismo italiano: en el rocío de la madrugada, brotaron de la oscuridad cientos de chicos que corrían hacia el tren gritando “Diego” y saltaban frente a los ventanales.
A las dos de la madrugada, los pedidos eran incontenibles: todos los pasajeros querían ver y tocar al Diego. Yo lo observé en la penumbra, extrañamente vulnerable, arrebujado en su campera, intentando dormir, y me dio pena, pero me animé a decirle que diéramos una vuelta por los vagones. Se levantó en el acto, con gran humildad, recorrió la formación y saludó a todo el mundo.
Una vez en Mar del Plata lo perdimos en el despelote de la llegada. Fue imposible que participara con nosotros de esa marcha gigantesca, que se prolongó durante más de treinta cuadras, bajo una llovizna insidiosa, hasta llegar al Estadio Mundialista.
Lo reencontramos en el acto donde cantaron Daniel Viglietti y Silvio Rodríguez. Chávez lo invitó a decir unas palabras y luego alzó su vozarrón llanero, para gritar: “El ALCA… al carajo!”.
Y fue rigurosamente cierto: pocas horas más tarde, en la cumbre oficial, los presidentes del Mercosur rechazaron la pretensión de Bush, promovida por el mexicano Vicente Fox, de establecer el Tratado de Libre Comercio para todo el continente. El hombre que saludaba al vacío se fue de Mar del Plata, observando desde su limusina los carteles pegados al borde de las vallas. Decían simplemente: “Stop Bush”.
Fuente
Por Miguel Bonasso
No pretendo ser original: Diego Armando Maradona me ha regalado algunos de los momentos más felices de mi vida. De manera muy especial los dos goles contra Inglaterra que presencié en el México del posexilio y la travesía en el Tren del Alba, que convirtió en suceso mundial la movilización del “Stop Bush” en Mar del Plata.
Por una especial sincronía que a veces tienen las efemérides, justo ahora que W. se va, dejando el mundo hecho pelota y Wall Street en llamas, se cumplen tres años de aquel repudio masivo, pacífico y aún festivo que le propinamos miles y miles de argentinos en ocasión de la llamada Cumbre de las Américas.
Fue el 4 de noviembre de 2005 y aún me parece imposible lo que logramos: que el emperador se tuviera que retirar de nuestras playas con el rabo entre las piernas.
Cuando empezamos a planear el Stop Bush, más de un varón prudente nos dijo que estábamos locos. ¿Cómo se nos ocurría ir a Mar del Plata a mojarle la oreja? El balneario estaba militarmente ocupado. Helicópteros y aviones Mirage sobrevolaban la ciudadela previniendo la fantasmática irrupción de Al Qaeda; centenares de agentes del FBI y del Secret Service se alojaban en el Sheraton; un vallado demarcaba la zona de exclusión que abarcaba 250 manzanas; los vecinos de la zona debían identificarse con credenciales ad hoc para poder ingresar a sus casas portando una sospechosa pizza; en las carpas que esperaban silentes la próxima emporada montaban guardia gendarmes y policías, pertrechados con equipos sofisticados; en el Atlántico grisáceo de aquel noviembre sólo había espacio para gomones y guardacostas de la Prefectura con francotiradores oteando el horizonte.
Y eso no era nada: el peligro mayor podía surgir de las propias filas del antiimperialismo globalifóbico. ¿Cómo evitar que en esa zona gris donde suelen confluir el infantilismo y los agentes provocadores, no se produjeran gravísimos incidentes? ¿Cómo evitar el muerto de Génova o tantos otros muertos?
La única respuesta posible era política y cultural. La provocación debía diluirse ante una marcha transparente, no sólo pacifista, sino gandhiana, coronada por un acto masivo con cantautores populares de América Latina y un único orador en representación de todos: el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez.
Pero hacía falta un ingrediente previo fundamental, de carácter espectacular, que amplificara ante la opinión pública y extranjera la índole no violenta de la protesta, para que esta expresión de dignidad y unidad latinoamericanas fuera asumida de manera masiva por millones de ciudadanos. Concebimos el Tren del Alba, en homenaje a la Alternativa Bolivariana pa ra las Américas, y cursamos invitaciones a unas ciento cincuenta personalidades de la política, la cultura, el espectáculo, el deporte y los derechos humanos. Presencias cálidas, solidarias, muy necesarias, pero aún insuficientes para la magnitud del objetivo. Faltaba el broche de oro. Y en eso llegó Fidel.
Maradona entrevistó al líder cubano en su programa La noche del Diez y el Comandante le preguntó si se subiría al Tren del Alba. Diego le dijo que sí, entusiasmado, y Fidel Castro lo gratificó: “Una estatua para ti, Diego”.
A pesar de ese logro, no fue fácil Mar del Plata. Superando sectarismos y protagonismos se reunieron unas cincuenta organizaciones sociales, políticas y culturales de la Argentina y América Latina, que no es posible citar en estas breves líneas. Algún día habrá que mencionarlas a todas, porque produjeron un hecho histórico. Unidas por encima de sus diferencias, lanzaron la convocatoria al Stop Bush, firmando simplemente “Argentinos por la Patria Grande”.
Y así llegamos al único e irrepetible desmadre. Cientos de periodistas, reporteros gráficos y camarógrafos nos aplastaron en el andén 14 de la estación Constitución, gritando “Diegooo, Diegooo”, como si estuvieran en la cancha. Comenzaba el viernes 4 de noviembre.
Maradona estuvo inspirado: “Bush es un tipo que llega a todos lados, saluda y no hay nadie”.
Costó treparnos al Tren del Alba, que era el viejo “Marplatense” inaugurado por Perón en los cincuenta. Plateado, empavesado con las banderas cruzadas y el escudo nacional sobre la trompa de la locomotora, lucía en sus cinco vagones lo que fue el ferrocarril de los años dorados: cortinas de pana, alfombras mullidas, asientos confortables, baños impecables. Arrancamos pasada la medianoche, arropados por las auspiciosas fanfarrias de los Bomberos Voluntarios de la Boca y desbordados por invitados de última hora y más de un colado.
En el vagón que el periodismo llamó vip, venían otros “bronces”, como Evo Morales, que entonces estaba en campaña y recordó ante Diego su pasado como futbolista, y Emir Kusturica, que venía rodando su película sobre el Diez y debió pensar que estaba viviendo la reedición de Underground.
Sorpresivamente, al llegar a la altura de Alejandro Korn, el tren se detuvo. Algunos dijeron que por una amenaza de bomba, pero en realidad era por una vaca dormida sobre los rieles. Entonces se produjo una escena en blanco y negro, del neorrealismo italiano: en el rocío de la madrugada, brotaron de la oscuridad cientos de chicos que corrían hacia el tren gritando “Diego” y saltaban frente a los ventanales.
A las dos de la madrugada, los pedidos eran incontenibles: todos los pasajeros querían ver y tocar al Diego. Yo lo observé en la penumbra, extrañamente vulnerable, arrebujado en su campera, intentando dormir, y me dio pena, pero me animé a decirle que diéramos una vuelta por los vagones. Se levantó en el acto, con gran humildad, recorrió la formación y saludó a todo el mundo.
Una vez en Mar del Plata lo perdimos en el despelote de la llegada. Fue imposible que participara con nosotros de esa marcha gigantesca, que se prolongó durante más de treinta cuadras, bajo una llovizna insidiosa, hasta llegar al Estadio Mundialista.
Lo reencontramos en el acto donde cantaron Daniel Viglietti y Silvio Rodríguez. Chávez lo invitó a decir unas palabras y luego alzó su vozarrón llanero, para gritar: “El ALCA… al carajo!”.
Y fue rigurosamente cierto: pocas horas más tarde, en la cumbre oficial, los presidentes del Mercosur rechazaron la pretensión de Bush, promovida por el mexicano Vicente Fox, de establecer el Tratado de Libre Comercio para todo el continente. El hombre que saludaba al vacío se fue de Mar del Plata, observando desde su limusina los carteles pegados al borde de las vallas. Decían simplemente: “Stop Bush”.
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