En el desarrollo de las luchas populares, la cuestión de la moral revolucionaria reviste especial trascendencia, tanto en la guerra ideológica contra los antivalores del Capitalismo, como en la lucha política concreta del proletariado hacia la toma del poder político.
En esta confrontación teórica, el Marxismo ha demostrado que la moral burguesa no constituye una verdad natural, absoluta, eterna e inmodificable, sino que por el contrario se trata de un esquema con vencimiento histórico, porque depende de un modo y unas relaciones de producción basadas en la explotación del hombre por el hombre, que alberga en su seno una contradicción irreconciliable: Capital versus Trabajo, que por tratarse de una creación humana, es susceptible de transformación.
En contraposición a las tradicionales explicaciones del Status Quo, lo cierto es que la existencia de clases sociales enfrentadas, (empresarios explotadores versus obreros asalariados) no se debe a una ley inmutable de la naturaleza, ni a la suprema voluntad de “un Dios”, sino que corresponde a formas de organización social, política y económica que los seres humanos en sociedad nos hemos impuesto, y que de hecho, la historia ha demostrado lo cambiante que son estos modelos de sociedad.
Desde esta perspectiva, reconocemos el tránsito de la especie humana por distintos esquemas, en la era preindustrial: el comunismo primitivo, el esclavismo y el feudalismo. Hasta la llegada de la Revolución industrial, que traería consigo, el Capitalismo y su posterior fase superior de Neoliberalismo global. Así como hemos de resaltar, en paralelo, las experiencias de Socialismo parcialmente exitoso del Siglo XX, que de manera vigorosa y esperanzadora, resurgen en el mundo de hoy.