Fragmento del cuento Leyendas del Litoral de Roberto Fontanarrosa
Recorría una mañana Yaguareté, el tigre los mil senderos de la jungla. Bello y elástico, buscaba, como siempre, algo para calmar su apetito. Fue entonces, cuando en un claro del bosque, vio a Che Cambá, el mono, ocupado en mordisquear unas bayas. Pero Che Cambá también lo oyó, con su oído adiestrado en detectar los peligros de la selva, y corrió presuroso a treparse a un yatay, el Árbol de la Calumnia. Astuto, Yaguareté, el tigre, al pie del árbol le dijo al pequeño simio:
-Oye, Che Cambá... ¿Por qué no bajás? Baja, por favor.
Che Cambá negó con la cabeza.
-Baja -insistió Yaguareté, mañoso-. Quiero mostrarte algo que encontré hoy en mis correrías.
-Mientes -dijo el mono-. Lo que tú quieres es comerme.
-Baja. Ya he comido. No tengo hambre.
Che Cambá pensó y, curioso como todo mono, al fin dijo:
-Sólo lo haré con una condición
-¿Cuál?
-Que te ates con aquellas lianas, de tal forma que no puedas moverte.
Yaguareté vaciló un tanto.
-¿Con aquéllas? -accedió, por fin.
-Sí -dijo el mono, jadeante.
En un periquete, Yaguareté, el tigre tomó las lianas y con movimientos veloces y felinos anrolló todo su cuerpo con ellas. Quedó en el piso, inmovilizado.
-¿Estás conofrme ahora? -preguntó entonces, con la voz sofocada por el apretado abrazo de las lianas-. Baja. Baja de una buena vez.
Che Cambá, pese a su ansiedad de animal curioso, meneó la cabeza.
-Hazte otro nudo sobre las patas delanteras -indicó-. Veo que aún puedes moverlas.
A regañadientes, Yaguareté obedeció.
-Baja ya. Baja de una vez por todas -pidió, impaciente.
Che Cambá, el mono, comenzó lentamente a descender del Árbol de la Calumnia. Sin embargo, su cuerpo se veía estremecido por repentinos temblores.
-¿Por qué tiemblas ahora? -se ofuscó Yaguareté, el tigre-. ¿A qué le temes? Si estoy tan amarrado que no puedo permitirme ni el más mínimo movimiento...
-No tiemblo de miedo. Tiemblo de nervios. Porque es la primeraz vez... -sonrió el mono-... que voy a culearme un tigre.