No son suficientes las palabras para describir la dicha y alegría que inundaban la tez clara de Blanca Nieves.
Era hermosa; su voz de ángel se extendía al unísono con el cantar de las aves. Su vestido rojo contrastaba sus labios carmesí y su bello y recogido cabello color negro brillaba y bailaba con el sol.
La pobre e indefensa Blanca Nieves corría del feroz cazador cuya alma era piadosa y sincera, la belleza de la joven era capaz de amansar hasta el corazón más ruin y despiadado; secreto que perduró en la mente de Blanca Nieves por siempre.
Sus pies parecían no querer colaborar con sus pulmones, e incluso su alma. La joven calló exhausta en una de las pequeñas camas que frente a ella se encontraba; reposó en silencio hasta que el murmullo la despertó.
Los duendes fueron piadosos y sencillos, la adoptaron como una madre, una consejera y como una amiga.
Su madrastra, al enterarse del fracaso del cazador, decidió tomar las decisiones por su propia cuenta; adquirió la apariencia de una anciana y tomó un canasto de manzanas capaces de asesinar a la joven con un solo mordisco.
Convencer a la ingenua Blanca Nieves fue una tarea sencilla; después de su primer bocado, la joven calló desmayada ante los pies de la bruja y esta se marchó.
Los duendes encontraron a Blanca Nieves y, entre sollozos, la encerraron en un ataúd que posteriormente hundieron en la tierra. Sin embargo; el corazón puro de Blanca Nieves le permitió regresar al mundo de los mortales… pero ya era demasiado tarde.
La joven rasgó con sus uñas perfectas el ataúd en un ataque de desesperación; sus dedos comenzaron a sangrar y poco a poco, perdió las uñas en sus intentos por salir. La sangre escurría en su vestido y sus gritos eran cada vez menos perceptibles, la joven golpeó con ambos brazos hasta hacerlos sangrar de igual manera.
De pronto, la voz de un hombre se escuchó clara y potente, el joven rubio de ojos azules sacó a la princesa de su lecho de muerte y con un beso le regresó la consciencia.
Blanca Nieves, con lágrimas en los ojos, llenó de bendiciones al apuesto príncipe y al pasar algunos meses se casó con él.
Después de la boda, nadie nunca supo del paradero de la bruja, y oportunamente, no deseaba ser buscada. Y en caso de ser encontrada, se mostraría como un apuesto príncipe de ojos azules.
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