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El asesino serial q Argentina se empeño en ocultar

Info2/8/2014
El asesino serial que la historia argentina se empeñó en ocultar



Francisco Laureana no integra la galería de delincuentes famosos como El Petiso Orejudo o Robledo Puch. Pero fue tan temible como ellos: se le adjudican quince violaciones y diez homicidios. Murió tras un tiroteo con la Policía en febrero de 1975. Tenía doble personalidad: cuando se iba de la casa le pedía a la esposa que cuidara a los hijos.
Tenía un comportamiento tan misterioso que hasta su mujer se enteró de sus aberrantes crímenes por los diarios. Corpulento y de manos pequeñas, no tenía amigos y se presentaba como un humilde artesano que tallaba objetos en madera. Francisco Antonio Laureana fue un temible asesino: en 1975 violó a quince mujeres y mató a otras diez. Lo mató la policía en un supuesto enfrentamiento. Sin embargo, cada vez que se menciona a los asesinos seriales argentinos su nombre pasa inadvertido.

Laureana era correntino. En Buenos Aires se dedicaba a confeccionar artesanías en madera, que luego vendía en ferias y puestos callejeros. Pasaba varias horas al día ocupado en tallar figuras gauchescas, ceniceros y caballitos. Quienes lo conocieron lo definieron como un “sujeto huraño, callado, de mirada torva y analfabeto”. Pero la más sorprendida por su lado oscuro y siniestro fue su esposa, quien no podía creer cuando los policías, con la sexta de La Razón en la mano, le mostraron el artículo que daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido su marido, acusado de cometer violaciones y asesinatos a mujeres y menores. “Acá tuvo que haber un error”, dijo la mujer a los investigadores. Sólo dijo que lo único que le molestaba de Laureana era que “manejaba como un loco”. Tenía un Fiat pero su familia se animó a dar un solo paseo.

Laureana fue abatido por la Policía el 27 de febrero de 1975. “Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses”, fue el extenso título del artículo que publicó el diario La Nación de esa época. Días antes, se había difundido un identikit con su estatura (1,70), y decía que solía vestir “jeans con zapatillas” y que su andar era “ágil y esbelto”.



Laureana sometía a las mujeres con una fuerza tal que las inmovilizaba. Además de abusar de ellas, las mataba a tiros o las estrangulaba. “Su comportamiento era como el de un asesino serial. Hasta se quedaba con souvenires de sus víctimas, como cadenitas y pulseras, que guardaba en una caja”, contó a PERFIL el forense Osvaldo Raffo, quien le hizo la autopsia a Laureana.

Después de la intensa búsqueda iniciada por la Brigada de Investigaciones de San Martín, los policías acudieron en forma inmediata a la denuncia presentada por una mujer, quien dijo que había visto al asesino tomando sol en una pileta. Los pesquisa recién lo vieron cuando caminaba por las calles de San Isidro con un bolso colgado del hombro. Según informó entonces la policía a los periodistas, “el violento asesino reculó y desenfundó un revólver que empezó a disparar en varias oportunidades”.

Los efectivos lo hirieron en un hombro, pero él escapó malherido. Lo volvieron a encontrar en un baldío, después de que un perro callejero lo viera escondido entre bolsas de basura. Le mordió el brazo y el delincuente gritó desaforadamente. “Volvió a dispararnos y no tuvimos más remedio que darle muerte. Fue una pena porque la idea era apresarlo vivo para que contara todos sus crímenes y qué le pasaba por su mente”, declaró en ese entonces una fuente policial.

En el bolso de Laureana hallaron una pistola calibre 765, una Beretta, un revólver 32 y un pistolón calibre 14. “Este individuo tenía doble personalidad. Cada vez que salía de su casa le decía a su mujer, con quien tenía tres hijos, ‘gorda’ cuidá a los pibes porque andan muchos degenerados dando vueltas’”, contó un jefe policial.

UN ASESINO SERIAL QUE ATACO EN 1972
El "Caníbal", al que se lo comió la tierra


Es uno de los casos más misteriosos de la historia criminal argentina. Hace 35 años, un delincuente mató de tres a cinco bellas mujeres y atacó a otras tantas. Sorprendía a sus víctimas en oscuros baldíos de San Isidro. Las violaba, las estrangulaba y les arrancaba partes del cuerpo a mordiscones. Los peritos lo definieron como un sádico sexual. Todas las mujeres atacadas eran jóvenes, bonitas y rubias. Sólo la muerte pudo detener al asesino serial, ya que creen que murió abatido por la Policía, aunque nunca fue identificado. Tenía un gran estado atlético.

Los criminalistas confeccionaron una dentadura sobre la base de las mordidas que dejaba en el cuerpo de sus víctimas. Así eliminaron a 24 sospechosos, tras comparar las piezas dentales. “ Las mordidas eran violentísimas”, recuerda Raffo.

El caso ocupó gran espacio en las páginas policiales de esa época, aunque en noviembre de 1972 perdió peso mediático por el regreso de Juan Domingo Perón al país, tras su exilio.

El caso más resonante ocurrió el miércoles 23 de noviembre de 1972. La víctima fue Diana Goldstein, de 23 años. Era rubia, alta, linda, de ojos celestes, estudiaba periodismo y trabajaba en la fábrica de colchones de su padre. La encontró un canillita en el jardín de un vecino de la víctima, entre rosales y cipreses, en un chalé de Emilio Mitre 134, en Martínez.

La chica tenía un pulóver rojo y una pollera negra destrozados y le faltaban partes del cuerpo. La autopsia, hecha por Raffo, determinó que murió estrangulada, tras ser violada a pocas cuadras del lugar donde fue encontrado el cuerpo. Le faltaba un tercio de la lengua, el labio inferior, una parte de una mejilla, piel de la mano derecha, en el cuello y la punta de la nariz. Su padre había denunciado la desaparición la noche anterior.

“ Era una hippie, le gustaba cantar en las fiestas, vestía de modo estrafalario”, dijo una vecina. Al principio, la Policía detuvo a cuatro ex presuntos amantes de la chica: uno de ellos se hizo pasar por pianista en un crucero que la joven hizo a Río de Janeiro. Los liberaron. No era un crimen pasional; estaban en presencia de un asesino serial que mataba por períodos, respetando lo que los criminalistas llaman etapa de “ cool-off ” o de enfriamiento.

“ Por la declaración de una de sus bellas víctimas, que se salvó de sus feroces garras, el sujeto amoral ya había propinado bárbaros ataques a mujeres de la zona norte”, publicó por entonces el diario La Razón. Una de las mujeres que pudo escapar declaró que fue atacada en la avenida Maipú, a metros de la parada del colectivo. Contó que el agresor, al que apenas vio en la oscuridad, teníanariz aguileña, mirada extraviada y estaba peinado hacia atrás. Un colectivero vio a un pasajero de características similares que se sentaba al lado de mujeres y las acosaba. Antes de morderla, el alienado le tapó la boca con sus manos carnosas. “ Sus dedos olían mal, por eso sospechamos que se trataba de un basurero”, contó una fuente policial.

Según los investigadores, el asesino era fuerte, de impecable estado atlético, desarrollaba un oficio rudo, trabajaba hasta las 23 porque los ataques se producían después de esa hora y perseguía a las víctimas por los baldíos. Pero el asesino desapareció. Creen que lo abatió la Policía. Sólo hay una certeza: los asesinos seriales sólo dejan de matar cuando están muertos.

San Isidro, un coto de caza. La zona de San Isidro también fue un coto de caza para otro temible asesino serial argentino: Francisco Antonio Laureana, el artesano que mató, en 1975, a once mujeres y niñas y atacó a otras tantas. El criminal, que había sido seminarista en Corrientes, comenzó su cacería en un colegio religioso, donde violó y ahorcó con una soga desde la escalera a una religiosa.

El asesino elegía víctimas que tomaban sol en los chalés. “ El predador acechaba desde afuera y daba el zarpazo ante el menor descuido. Atacaba los miércoles y jueves a las 18. Como todo serial, vivía una etapa de enfriamiento entre cada crimen”, afirmó Osvaldo Raffo, quien investigó a Laureana.

Antes de salir de su casa, el asesino le decía a su esposa que cuidara a sus tres hijos: “ No saqués a los pibes a la calle porque andan muchos degenerados dando vueltas”. Laureana mataba estrangulando, ahorcando, disparando. De cada víctima se llevaba un objeto, que guardaba en una bota. No dejaba rastros y a veces volvía al lugar del hecho para rememorarlo. En uno de los ataques, al salir de una casa, un hombre lo vio. El le disparó. El testimonio del sobreviviente sirvió para confeccionar un identikit. Cuando la Policía le preguntó al testigo si podía identificar al asesino, contestó: “ De esa cara no me olvidaré nunca en mi vida”.

Para atraparlo le pusieron varios anzuelos: policías con peluca rubia y mujeres tomando sol en piletas. Nunca lo mordió. Su último ataque no llegó a consumarse: una nena lo vio parecido al identikit que estaba pegado en la heladera y le contó a su madre. La mujer simuló llamar a su marido y el asesino, sonriente, se retiró a paso lento. Murió abatido por la Policía, cuando se escondía en un gallinero antes de ser descubierto por un perro, se encontró en el gallinero dos gallinas descogotadas que el asesino con su instinto homicida no resistió de matar
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