El antisemitismo de hoy es de izquierdas
por: FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
Hoy por hoy el antisemitismo es de izquierdas. Con las organizaciones neonazis desprestigiadas y reducidas a la mínima expresión, la antorcha de la judeofobia la ha recogido con entusiasmo la izquierda occidental
Los trágicos sucesos de Toulouse han traído de nuevo al primer plano de la actualidad un debate de muchísimo más fondo: el del antisemitismo por el que se ha deslizado el progresismo occidental en las últimas décadas.
Cuando, la semana pasada, saltó a los teletipos la noticia de un tiroteo en una escuela judía de Toulouse, todos los medios en tropel salieron con el dedo acusador cargando el crimen sobre los hombros de grupos neonazis que, por lo que contaba la prensa de izquierdas, en Francia son omnipresentes y omnipotentes.
El candidato socialista a las presidenciales, François Hollande, se apuntó raudo suspendiendo la campaña electoral unilateralmente, sin siquiera consultarlo con su principal oponente, el presidente de la República Nicolas Sarkozy.
Semejante oportunismo le terminaría pasando factura más tarde. Los intelectuales del ramo acudieron a la llamada. Algunos de sus ecos cruzaron los Pirineos y llegaron hasta aquí.
El diario El País, siempre dispuesto para estas cosas, publicó una encendida tribuna de Bernard-Henri Lévy en la que el escritor comparaba lo de Toulouse con atentados -estos sí, neonazis- que habían sucedido en el pasado.
El mantra podía resumirse en dos palabras: “Nazis no”. Como el pensamiento reflejo de izquierdas asimila inmediatamente el nazismo al fascismo, y este al conservadurismo y al liberalismo clásico, la tragedia del Midi podía arrojarse tranquilamente sobre la derecha sin miramientos ni complejos de culpa en plena campaña electoral.
El habitual juego de manos de asociaciones malignas con las que los estrategas de izquierda muestran tanta habilidad.
La palestina de Zapatero
Luego resultó que de neonazis nada, que el asesino de tres niños y un adulto a la puerta de un colegio era un militante de Al Qaeda de origen argelino entrenado en Pakistán. El frenazo fue en seco, y después la confusión. Cuando todos se disponían a montar un numerito a medio camino entre el sentimentalismo y la vendetta, similar al del verano pasado tras la masacre de Oslo, la cruda realidad se impuso con gravedad inaudita.
El antisemitismo de la extrema derecha que todos condenaban vehementemente se volvió contra ellos.
Y no ha sido la primera vez ni será la última. Observemos lo que sucede en Siria. Allí los dos bandos de la infame guerra civil que se desarrolla en aquel país cometen a diario atrocidades sin cuento, pero a casi nadie le interesan. Los muertos no son palestinos.
Y no es que la izquierda se preocupe mucho de los palestinos, es que estos caen a manos de los soldados israelíes. Y ese es el meollo del asunto.
Para la nueva izquierda, allá donde esté Israel está el mal.
Se cuidan muy mucho, eso sí, de hablar de antisemitismo por las connotaciones que lleva implícitas la palabra. Prefieren el término antisionismo. Curiosamente, es el mismo que utilizaba Stalin para diferenciarlo del antisemitismo de sus antiguos aliados nazis, pero probablemente no lo sepan.
Antisionista es, sin necesidad de irse muy lejos, toda la izquierda española desde el PSOE hasta el alcalde de Marinaleda. Una vez más el juego de las palabras. Sionismo se asocia a contubernio de aromas capitalistas, y el capitalismo es la fuente de todos los males. Luego la sobrecogedora lógica chomskiana entra como una apisonadora: judío=sionista=capitalista=enemigo de la humanidad.
Esta endiablada transferencia semántica se activó tras los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York.
A pesar de la evidencia de la autoría islamista, lo más granado de la izquierda intelectual -los Chomsky, los Meyssan y demás fauna tan del gusto de nuestros progres- empezó a ver fantasmas. Primero se preguntaron quién ganaba con aquella matanza. Dieron por bueno que eran los israelíes y cargaron las plumas para diseñar toda una teoría de la conspiración que, en delirio y desatino, ha superado a cualquier otra.
Israel convertido en una suerte de Satán en miniatura que gobierna tras las bambalinas al gran Satán que encarnan los Estados Unidos y, por extensión, todo el mundo cristiano-occidental. Israel tiene, además, la ventaja de ser un país pequeño y sitiado que, aunque se ha ganado a pulso su lugar en el concierto de las naciones, sus orígenes siguen dando lugar a apasionados debates. En Israel es donde rompe todo.
Cada vez que hay un problema allí -y suelen darse a menudo en una zona tan caliente- la izquierda internacional se moviliza en masa.
Si los terroristas de Hamás que gobiernan la franja de Gaza -gracias, dicho sea de paso, a que Israel se retiró de ella pacíficamente-, lanzan misiles sobre los pueblos fronterizos y el Gobierno israelí responde, la culpa es del Gobierno israelí, naturalmente.
Hace cinco años, en una de las campañas militares en Gaza, el histerismo propalestino (que es lo mismo que decir antisemita) de nuestra izquierda llegó a tal extremo que una reivindicativa kufiya palestina terminó anudada al cuello de Rodríguez Zapatero durante un mitin del PSOE.
A Gaza se dirigió, un par de años después, una flotilla 'presuntamente solidaria' formada por militantes de izquierda de Europa y Norteamérica cuyo fin verdadero era enfrentarse en alta mar con los efectivos militares israelíes.
El episodio se saldó con varios muertos y una fenomenal campaña propagandística en todo el mundo. Algo similar sucede con el Líbano, eterno dolor de cabeza para los israelíes por la presencia de los terroristas de Hezbolá en el sur del país. Puestos a elegir, la izquierda se alía sin dudarlo con los segundos al tiempo que acusa a Israel de masacres, todas inexistentes pero de gran eco en la prensa internacional.
Goldman Sachs
Porque el nuevo antisemita no es muy diferente del viejo. Utiliza la mentira de un modo sistemático.
Ejemplos hay para dar y tomar. La segunda intifada fue una gran producción televisiva a cargo de los cámaras palestinos, que hicieron una auténtica obra de arte de la desinformación hasta el punto de que hoy se habla de Pallywood, por lo poco fiable que es el material grabado por las televisiones indígenas.
En la escaramuza de Yenin, en Cisjordania, las “fuentes palestinas” hablaban de miles de muertos inocentes, ancianos, mujeres y niños incluidos. La realidad, sin embargo, era otra. Murieron 52 palestinos, todos guerrilleros fedayines armados hasta los dientes.
Del montaje palestino se supo mucho después, entre tanto la izquierda europea organizó una fabulosa cruzada mediática que estalló frente a las embajadas de Israel en forma de apedreamientos.
Se hablaba de genocidio y se llenaban las paredes de pintadas con estrellas de David unidas a una esvástica. El entonces primer ministro de Israel, Ariel Sharon, hubo de padecer todo tipo de infamias, especialmente por parte de los viñetistas de los diarios occidentales, que se cebaron con él dibujándole como un cerdo nazi, es decir, dos insultos en uno, y más tratándose de un judío.
Nadie, por descontado, hizo nada para frenar aquel pogromo mediático que solo cesó cuando los mandamases progresistas se centraron en la guerra de Irak un año después.
El fondo de la nueva judeofobia está, por lo tanto, íntimamente unido a la alianza tácita de la izquierda con el islamismo. Es el enemigo común lo que les une. Luego viene la identificación del pueblo judío con el capitalismo, algo que ha tomado mucha fuerza con motivo de la crisis económica.
La figura del banquero avaricioso que amasa una fortuna y hacer caer la Bolsa para beneficiarse con la ruina de los demás ha resurgido con fuerza. Bancos de inversión como Goldman Sachs son interpelados por el origen judío de sus fundadores y son habituales las nomenclaturas de los judíos que dominan la banca en la propaganda de extrema izquierda.
El odio al judío, lejos de remitir, ha aumentado en los últimos años.
En el Reino Unido un grupo de intelectuales lanzó en 2006 un manifiesto denunciando la composición netamente izquierdista del antisemitismo de nuestra época.
En España la alarma también se ha disparado.
La comunidad judía en nuestro país ha levantado la voz acusando a la izquierda y, sobre todo, la extrema izquierda de alentar un antisemitismo de nuevo cuño, a caballo entre el islamismo y el anticapitalismo, del que nada bueno se puede esperar.
posts relacionados: