Sinónimo de descarga para miles de personas, Taringa! busca cambiar su imagen y ser identificada como una red social y una comunidad virtual que intercambia contenidos (no que piratea). El País dialogó en exclusiva con uno de sus líderes.
Hace 10 años el concepto de ir a Internet a buscar archivos que uno necesitara o deseara tener -canciones, películas o libros- no existía, y si existía no era algo masivo. Fue a mediados de la década de 2000 que esto se convirtió en fenómeno, y comenzó a ser cada vez más fácil acceder a sitios donde tener gratis y en minutos aquello que de otra manera tenía un costo económico.
Frases como "yo no compré el disco, lo bajé de internet", comenzaron a ser cada vez más escuchadas en conversaciones entre amigos. Sobre todo entre los más jóvenes, el concepto de acceder a bienes culturales como canciones o películas (y descargarlas meses antes de que llegaran a Uruguay), se fue haciendo algo de todos los días.
No es noticia que el fenómeno tuvo su impacto en la industria tanto discográfica como editorial y cinematográfica; interpelando a propios y extraños sobre esta nueva forma de violar los derechos de autor.
Al tiempo que corrieron ríos de tinta sobre si descargar datos y productos culturales desde la web era o no un delito, sitios como Taringa! o Megaupload fueron volviéndose cada vez más populares. El último fue cerrado por el FBI y su fundador Kim Dotcom fue puesto en arresto domiciliario. El primero aún sigue en pie y tiene 22 millones de usuarios.
Esta semana estuvo en Montevideo Hernán Botbol, uno de los tres jóvenes argentinos que adquirió Taringa! en 2006, dos años después que fuera fundada por Fernando Sanz, un estudiante de secundaria de la ciudad de Buenos Aires.
Al día de hoy, la página sigue siendo sinónimo de descargas para cientos de personas; sin embargo, este hecho es una piedra en el zapato de un Botbol que comenzó casi jugando en el garaje de su casa (literalmente) junto a su hermano Matías y su amigo Alberto Nakayama y hoy quiere blanquear la imagen del sitio al recordar que Taringa! tiene más que acciones al filo de la ley.
Frases como "yo no compré el disco, lo bajé de internet", comenzaron a ser cada vez más escuchadas en conversaciones entre amigos. Sobre todo entre los más jóvenes, el concepto de acceder a bienes culturales como canciones o películas (y descargarlas meses antes de que llegaran a Uruguay), se fue haciendo algo de todos los días.
No es noticia que el fenómeno tuvo su impacto en la industria tanto discográfica como editorial y cinematográfica; interpelando a propios y extraños sobre esta nueva forma de violar los derechos de autor.
Al tiempo que corrieron ríos de tinta sobre si descargar datos y productos culturales desde la web era o no un delito, sitios como Taringa! o Megaupload fueron volviéndose cada vez más populares. El último fue cerrado por el FBI y su fundador Kim Dotcom fue puesto en arresto domiciliario. El primero aún sigue en pie y tiene 22 millones de usuarios.
Esta semana estuvo en Montevideo Hernán Botbol, uno de los tres jóvenes argentinos que adquirió Taringa! en 2006, dos años después que fuera fundada por Fernando Sanz, un estudiante de secundaria de la ciudad de Buenos Aires.
Al día de hoy, la página sigue siendo sinónimo de descargas para cientos de personas; sin embargo, este hecho es una piedra en el zapato de un Botbol que comenzó casi jugando en el garaje de su casa (literalmente) junto a su hermano Matías y su amigo Alberto Nakayama y hoy quiere blanquear la imagen del sitio al recordar que Taringa! tiene más que acciones al filo de la ley.