Se hacía tarde e íbamos llegando con lo justo. La tarde se iba cerrando y de a poco se sumía sobre nuestras cabezas una capota que iba del aurífero color esperanza de la primavera hacia el grisáceo crepuscular característico de un cielo cargado. Era ya noviembre y nuestro apuro apenas nos dejaba contemplar la belleza y prosperidad de una de las zonas más hermosas de la Capital Federal: Palermo Soho. Nuestra urgencia radicaba en el simple hecho de que yendo desde La Plata, y con algunos inconvenientes en el camino, estábamos llegando ya bastante tarde. Nos preocupaba no solo por su naturaleza protocolar, sino por el desconocimiento del ambiente al que íbamos a entregar en cuerpo y alma las próximas 54 horas de nuestras vidas: ¿Cómo sería? ¿Nos llamarían la atención? Habría tal vez alguien en la puerta. ¿Qué tal si ni siquiera nos dejaban entrar? Conteniendo el aliento llamamos al portero; tal vez esperando lo peor.
- Hola --dejó oír una voz digitalizada desde el otro lado
- Hola, venimos al Startup Weekend. --respondió alguno de nosotros, no recuerdo quién
- Pasen --fue la sentencia
¿Nada más? ¿Sin retos? ¿Sin preguntas? Era todo muy raro.
Una bella secretaria con un marcado acento español nos recibió con una gran sonrisa y nos indicó, acompañada de un gesto, que subamos al primer piso. Nosotros nos detuvimos un segundo a agradecer, tal vez un poco más tranquilos, pero más desorientados que antes. Dimos la vuelta por el pasillo y vimos cómo hacia la derecha se abría frente a nosotros una escalera gris, de aspecto fabril, dando cuentas que había quedado sin terminar. Unos veinte escalones nos separarían del ansiado lugar, no lo recuerdo, pero sí recuerdo que subimos rápido, de a dos escalones. Cuando creímos haber llegado nos encontramos con un descanso que tenía el mismo aspecto que la escalera, algo inconcluso y a la derecha se vislumbraba una fuerte luz. Nos volteamos y ahora sí se sembró el nerviosismo entre nosotros. ¡Había mucho ruido! ¡Se escuchaba gente hablando! ¿Nos habíamos perdido todo? ¡Que desesperación! Al final mirándonos entre nosotros decidimos entrar y ver qué sucedía.
Al correr la puerta con cierto cuidado hicimos que algunas cabezas giren hacia donde nosotros estábamos. Al principio las miradas escrutadoras nos hicieron sentir cierto pudor y nerviosismo, pero necesitábamos saber de qué nos habíamos perdido. Con una leve reverencia y un clásico y siempre-efectivo "todo bien?" nos fuimos abriendo paso hasta que encontramos a Martín (@mbvivas) que estaba en una esquina del salón al lado del proyector. Con esa gran sonrisa que lo caracteriza nos saludó y nos dijo:
- Pónganse cómodos, charlen un rato que en un toque empezamos.
¿Qué era todo eso? No estábamos seguros, pero la realidad era que nos tranquilizaba. Todo parecía más sencillo de lo que habíamos pensado. Haciéndole caso a Martín decidimos mezclarnos entre la multitud y ver en qué consistía todo ese entorno.
Al ir avanzando entre los grupos algunos conocidos se fueron divisando y naturalmente la conversación se inició. Uno, dos, tres. Era sorprendente como gente conocida se iba acercando. Al cabo de un rato ya habíamos formado un grupo y nos estábamos actualizándonos mutuamente sobre las ocurrencias en la vida del otro.
En este momento hago una pausa y trato de observarnos desde lejos. Ya seríamos cinco o seis personas charlando en un círculo cuasi fraternal, ensimismados en lo nuestro. En ese momento algo muy raro y a su vez mágico sucede: mientras yo hablaba con un amigo y este me contaba algunas cosas personales se acerca un pibe desde la mismísima nada. Extiende su mano, me mira a los ojos, y auto-dibujándose una gran sonrisa me dice:
- Hola, soy Tomás.
Eso. Nada más: "Hola, soy Tomás." ¿¿¿Y??? "¿Qué carajo me importa flaco?" Tenía ganas de decirle. El pibe se había recontra metido en nuestra conversación interrumpiéndola y tratando de presentarse; totalmente a contramano. Obviamente puse mi mejor cara de boludo y de forma recíproca le extendí la mano para cumplir con el contrato social. En ese instante algo me sorprendió: cuando miré hacia los costados el grupo de amigos que estaba al rededor nuestro se había dispersado; ya nadie había conservado sus posiciones. Todo el mundo parecía hablar con completos extraños y yo no salía de mi asombro.
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Es ahí cuando me di cuenta; cual epifanía de conquistador normando la luz se hizo frente a mis ojos y entendí: "Ah! La idea de esto es conocer gente, relacionarse, ampliar nuestros espectros". Siendo un paisano moderno originario de la hinóspita patagonia, el ver esas actitudes descontracturadas de personas como Tomás lo menos que podía sentir era cierto recelo. Era raro ver a alguien tan desprendido hablando con completos extraños. Pero así era la realidad, el evento consistía en eso, en conocer gente ese mismo fin de semana y abrazarte y unirte a ellos por las próximas 54 horas tratando de darle forma a tus mismísimos sueños. El mismo ambiente emprendedor consiste en eso: Conocer gente que esté tan o más loca que vos que ha llegado al punto de decidir construir su propia empresa, su propia startup, y darle forma por fin a todas sus aspiraciones y sueños.
Después de un rato charlando con Tomás se acercaron Pau y Mato, que se unieron a Tomás, Martín, Iván y yo. Ahí arrancamos la maratón. Lo que le sigue a esta historia fue medio centenar de horas dedicadas exclusivamente a perseguir nuestra visión sobre la idea que habíamos emprendido, tratando de conocernos entre nosotros mismos y sobre todo, tratando de no matarnos entre nosotros mismos. Tomás se convirtió en un gran amigo e incluso nos dejó quedarnos en su casa el sábado a la noche (recuerden, la tarde anterior éramos completos extraños). El domingo a la noche exhaustos de un fin de semana agotador y con la palpable y reciente amargura de una bochornosa derrota (perdimos como en la guerra) nos fuimos todos a tomar una cerveza a un bar de por ahí cerca. Pasamos momentos mágicos; nos reímos, analizamos el fin de semana, prometimos seguir adelante y tantas otras cosas que ya no recuerdo. Pero fue hermoso, de eso no tengo dudas.
Pocas veces una cantidad tan reducidas de horas tuvieron tanta injerencia en mi vida, cambiándola casi por completo. Puedo decir hoy con seguridad que haber asistido a ese evento y haber conocido a esas personas moldearon definitivamente mi existencia... y ahora te pregunto:
¿Qué estás esperando? No existen las excusas cuando se trata de tus sueños y ambiciones...
Este próximo fin de semana (4 de Abril) se desarrolla la cuarta edición del Startup Weekend Buenos Aires. Te aseguro que lo único que te queda por delante es una experiencia maravillosa. Si querés saber más sobre el evento te recomiendo leer el siguiente o directamente mandarnos un email (dirección al fondo del post linkeado anteriormente); te aseguro que no va a haber de qué arrepentirse.
Autor Santiago Basulto.-