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Inventos cotidianos de la Primera Guerra Mundial

Info4/15/2014


Las compresas
El celucotton ya había sido inventado por la empresa estadounidense Kimberly-Clark antes de que la guerra estallara cuando el responsable de investigaciones de esa firma, Ernst Mahler, y su vicepresidente, James C. Kimberly, habían hecho un recorrido por las plantas de pasta de papel en Alemania, Austria y Escandinavia en 1914. Allí descubrieron un material cinco veces más absorbente que el algodón y que, producido en grandes cantidades, se podía fabricar por la mitad de precio.



Cuando Estados Unidos entró en la guerra en 1917 comenzaron a producir el forro de algodón para la vestimenta de los profesionales sanitarios, a un ritmo de unos 150 metros por minuto.
Pero las enfermeras de la Cruz Roja en el campo de batalla se dieron cuenta de que ese material tenía otro posible uso durante su menstruación. Este uso no oficial fue lo que, finalmente, forjó la fortuna de aquella compañía.

El final de la guerra en 1918 trajo como consecuencia una suspensión temporal del negocio de algodón de Kimberly-Clark porque el ejército y la Cruz Roja ya no necesitaban sus productos. Por eso Kimberly-Clark recompró el excedente al ejército para crear un nuevo mercado.

Después de dos años de estudio Kimberly-Clark creó una toallita sanitaria hecha de celucotton y gasas finas. El nuevo producto, llamado Kotex (la abreviatura de “cotton texture”), se vendió por primera vez al público en octubre de 1920, menos de dos años después del armisticio.

Las lámparas solares
En el invierno de 1918 se estimaba que la mitad de los niños en Berlín sufrían de raquitismo, una enfermedad en la que los huesos se reblandecen y se deforman. Por entonces, la causa exacta era desconocida aunque se asociaba a la pobreza.

Un doctor de la ciudad, Kurt Huldschinsky, notó que sus pacientes estaban muy pálidos y decidió llevar a cabo un experimento en cuatro de ellos. Les aplicó lámparas de cuarzo y mercurio que emitían luz ultravioleta.



Con el paso del tiempo Hudschinsky notó que los huesos de sus jóvenes pacientes se hacían más fuertes. En mayo de 1919, cuando llegó el sol del verano, les puso también a tomar el sol en la terraza.

Cuando fueron publicados, los resultados de su experimento se acogieron con gran entusiasmo y muchos niños de toda Alemania fueron tratados con luz. En Dresden, los servicios sanitarios infantiles lograron incluso desmantelar las luces de la calle para que reciclaran en lámparas para el tratamiento de los niños.

Más tarde la ciencia conoció que la vitamina D es necesaria para la creación del hueso con calcio y este proceso se estimula con la luz ultravioleta.

El cambio de hora
La idea de atrasar los relojes en primavera y adelantarlos en otoño no era nueva cuando comenzó la Primera Guerra Mundial. Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, lo había sugerido en una carta al diario Journal de París en 1784.

Se desperdiciaban muchas velas en las noches de verano porque el sol se ponía antes de que las personas se fueran a dormir, explicaba en la misiva. Además, la luz del sol no se aprovechaba en las primeras horas de la mañana porque la gente aún dormía.



Durante la Primera Guerra Mundial hubo una severa escasez de carbón y las autoridades alemanas decretaron que el 30 de Abril de 1916 todos los relojes que marcaban las 23:00 deberían de dar las 24:00. Así se aseguraba una hora más de luz a la mañana siguiente.

Lo que comenzó en Alemania como una idea para ahorrar carbón para calefacción y luz se extendió rápidamente a otros países. En Reino Unido se adoptó tres semanas más tarde, el 21 de mayo de 1916. El 19 de marzo de 1918 el Congreso de Estados Unidos estableció distintos husos horarios.

Una vez la guerra hubo terminado, la iniciativa fue abandonada pero sus beneficios ya eran conocidos y en los años posteriores se volvió a implantar.

Las bolsas de té
Las bolsas de té no se inventaron para resolver ningún problema derivado de la guerra. Fue un comerciante de té estadounidense quien, en 1908, comenzó a mandar té en pequeñas bolsas a sus clientes.

Fueron ellos quienes, sea por accidente o por el diseño, decidieron introducir las bolsas en el agua…y el resto es historia. Esa es la explicación que da la industria.



Una compañía francesa, Teekanne, copió aquella idea en tiempo de guerra. La desarrolló para proporcionar a las tropas té en pequeñas bolsas de algodón. Las llamaban “bombas de té”.

El reloj de pulsera
Los relojes de pulsera no fueron inventados específicamente en la Primera Guerra Mundial, sin embargo su uso creció exponencialmente durante este periodo histórico. Después de la guerra era la manera más común de dar la hora.

Hasta finales del siglo XIX y principios del XX los hombres que necesitaban saber la hora y los que tenían el dinero suficiente para poder comprar un reloj, lo utilizaban de bolsillo. Por algún motivo fueron las mujeres las pioneras. La reina Isabel I de Inglaterra tenía un pequeño reloj que se adhería a su brazo.



El tiempo adquirió mayor importancia en la guerra, por ejemplo para sincronizar la hora de los bombardeos. Así, los fabricantes desarrollaron relojes que dejaran las manos libres a las tropas en el candor de la batalla. Los aviadores también necesitaban ambas manos libres y así, ellos también adoptaron el reloj de pulsera.

Las salchichas vegetarianas
Las salchichas de soja fueron idea del primer canciller de la República Federal Alemana después de la Segunda Guerra Mundial.

Durante la Primera Guerra Mundial Adenauer era alcalde de Colonia y cuando el bloqueo británico se impuso sobre Alemania el hambre comenzó a pesar en la ciudad. Adenauer tenía una mente ingeniosa e investigó maneras de sustituir los productos que faltaban, como carne, por otros de los que no había tanta escasez.



Comenzó utilizando una mezcla de harina de arroz, cebada y harina de maíz para hacer pan y así sustituir al trigo. Después de su pan experimental continuó en búsqueda de una nueva salchicha sin carne. Así se logró la de soja, que fue conocida como “la salchicha de la paz”.

Adenauer solicitó obtener una patente de su nuevo alimento en la Oficina Imperial de Patentes en Alemania pero le fue denegada. Al parecer el contenido de la salchicha era contrario a la regulación alemana para este producto, o sea, si no contenía carne no se le podía considerar salchicha. Tuvo más suerte al intentarlo en Reino Unido, enemigo de Alemania en aquel tiempo. El Rey Jorge V le dio la patente de la salchicha de soja el 26 de junio de 1918.

La cremallera
Fue Gideon Sundback, un sueco que emigró a Estados Unidos, quien dio con la actual fórmula de la cremallera. Se convirtió en el diseñador jefe de la compañía Universal Fastener Company y concibió el “cierre sin anclaje”.

El ejército estadounidense los incorporó a sus uniformes y botas, especialmente para las de la marina. Después de la guerra fueron los civiles quienes tomaron este testigo y lo generalizaron en su vestimenta.

El acero inoxidable
Harry Bearley, de Sheffield, Inglaterra, en 1913, desarrolló lo que es considerado el primer acero sin óxido, un producto que revolucionó la industria metalúrgica y se convirtió en uno de los mayores componentes del mundo moderno.

El ejército británico estaba intentando encontrar un metal mejor para sus armas. El problema era que los cañones de esas armas se deformaban después de varios disparos por la fricción y el calor de las balas. El ejército le pidió Brearley, que era metalúrgico en una empresa local, que encontrara una solución a este problema y con aleaciones más duras.



Después de probar a añadir cromo al acero Bearley desechó algunos de sus experimentos por considerarlos fracasos. Los echó, literalmente, al montón de la chatarra y notó que después de un tiempo esos experimentos no se habían oxidado.

Había descubierto el secreto del acero inoxidable. Durante la Primera Guerra Mundial fue utilizado en algunos de los nuevos motores aéreos. Luego se generalizó en el uso de cubertería y material quirúrgico.

Las comunicaciones con los pilotos
Al comenzar la Gran Guerra los ejércitos aún necesitaban de cables para hablar entre sí, pero estos eran a menudo cortados por la artillería o los tanques. Se utilizaron corredores, banderas o palomas mensajeras, pero no resultaron ser útiles. Los aviadores tenían que comunicarse por gestos y gritos, algo no demasiado eficaz y era necesario encontrar una solución.

La tecnología por radio estaba ya estaba inventada pero se tenía que desarrollar y esto sucedió durante la Primera Guerra Mundial. Para finales de 1916 los primeros intentos para incluir teléfonos en los aviones tuvieron que ser descartados por el ruido de fondo.
Finalmente problema fue resuelto inventando un casco en el que se instalaron los auriculares con un micrófono, de activación manual, que bloqueaba la mayoría del ruido. Pero llegó cuando la guerra prácticamente había acabado.



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