Panorama político
Cuanto peor, peor
La encrucijada del kirchnerismo de cara a las elecciones de 2015 y la agenda del próximo gobierno.
El kirchnerismo –en términos políticos, es decir, como forma de gobierno– ha logrado algo que ningún otro movimiento político había conseguido en los últimos 50 años: mantenerse, como manifestación contrahegemónica al liberalismo, más de una década y si todo concluye como se debe, una docena de años en el poder.
No lo pudo lograr el alfonsinismo, ni el peronismo, ni el yrigoyenismo en ese siglo XX tan turbulento y signado por el empate hegemónico entre los sectores que respondían a los intereses concentrados de la economía y aquellos sectores dirigentes que tienden una alianza estratégica con los sectores mayoritarios y que se conoce como los sectores nacionales y populares.
Para remontarse a un proceso "No liberal conservador" tan extenso en la Argentina hay que remontarse al controvertido y polémico gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852). Claro que, como sucede con casi todas las cosas en el universo, los procesos políticos llegan a su fin, se transforman, se modifican, se toman un descanso o simplemente mueren.
El kirchnerismo, tal como lo conocemos desde 2003, está llegando, no es ninguna novedad, al fin de una de sus etapas más importantes: sus momentos fundadores, generalmente dominados por el carisma de sus fundadores y de sus primeras batallas y transformaciones.
Los próximos años, sobre todo los posteriores a 2015, dirán cuáles fueron sus alcances transformadores y, más allá de la histeria coyuntural que envuelve a las sociedades hacia el fin de un mandato presidencial fuerte, mostrarán las verdaderas marcas que dejó sobre la memoria colectiva, siempre a medio camino entre las experiencias personales y las construcciones mediáticas.
Pensar estos próximos años obliga a reconocer cuál es el verdadero estado de situación del kirchnerismo y recién en función de eso realizar una estrategia a mediano y largo plazo capaz de lograr una continuidad histórica.
La primera pregunta dolorosa que el kirchnerismo debe realizarse es la siguiente: ¿Quiere realmente continuar? ¿Existe la voluntad por parte de sus integrantes de mantener vivo aquello se conoció como el "Modelo"? ¿O la fatiga de los materiales ha generado tal desgaste que produjo una alergia al poder?
Si la respuesta es "No", lo mejor que puede pasarle al kirchnerismo es ser volteado por una ráfaga poderosa insuflada por una entente de grupos corporativos, medios hegemónicos y clases medias y altas enfurecidas por la imposibilidad de comprar yenes o la posibilidad de comprarlos, ya que las demandas de ciertos sectores de la sociedad hoy son de una irracionalidad tan absurda que hasta serían capaces de negarse a la felicidad si fuera decretada por el gobierno nacional.
Ser derrocado le conviene al supuesto y famoso "Relato Kirchnerista". En estos términos sería víctima de los poderosos de la misma forma que lo fueron antes Manuel Dorrego, Rosas, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín, por ejemplo. Bastaría con una última medida irritativa que rebase el vaso de la tolerancia engreída de quienes hoy se visualizan a sí mismos como seguro sucesores a la transición hacia un neo menemismo.
Nada de esto es imposible. Los medios de comunicación ya están realizando su trabajo sobre el sentido común de los argentinos: la banalización del discurso mediático, el griterío siempre polémico y nunca pensante, los mensajes "mataputos" de algunos programas de televisión, el terror instalado por el tema inseguridad, la ventisca neonazi que convoca a linchar delincuentes "negros de mierda" y la brutal embestida contra la política como forma de representación hecha, incluso, por los mismos políticos que se presentan como "apolíticos" o "no teóricos", en última instancia, pre democráticos.
A pesar de lo que muchos creemos, la democracia argentina ha ido realizando un lento pero continuo proceso: A) el alfonsinismo, que se vio a sí mismo como el Tercer Movimiento Histórico, puso de relieve el debate sobre la democratización e institucionalización de la política argentina. Lo hizo a costa del punto final y la obediencia debida y descuidando la economía, pero nadie puede negar que la transición democrática fue solidificándose gracias a las características particulares del propio Alfonsín. B) el menemismo, mal que nos pese a muchos, logró la modernización económica y del Estado más profunda desde el peronismo tradicional hasta los noventa. Lo hizo con un signo contrario al peronismo e incluso logró ajustes de los sectores populares a los poderes concentrados que ni siquiera la dictadura militar había logrado. A un costo altísimo de desocupación, marginalidad y pobreza inéditos en nuestro país, incluso desmantelando el sistema productivo, logró poner al país en un diálogo económico con las principales tecnologías que atravesaban al primer mundo. C) El delarruismo no existió. D) La clave para analizar la última década ha sido la reparación de los desastres sociales que creó el liberalismo e intentar poner en pie el sistema productivo argentino. Tal vez, el principal costo que deja el kirchnerismo sea la fractura cultural y política que ha dejado entre aquellos que apoyaron el modelo y los que se opusieron.
Está claro que ninguno de los tres procesos logró solucionar por completo los desafíos que estaban planteados. Pero sí intentaron dar respuestas a esas grandes preocupaciones.
La próxima etapa política de la Argentina, seguramente, también tenga una mega clave similar a los ejes transición/modernización/reparación social. La cuestión está en encontrarlo rápidamente y ponerlo en agenda.
La oposición cree que el tema de la seguridad es, quizás, el gran tema de los próximos años y bate el parche con eso, aún a costa de dejar un tendal de muertos en las calles de las principales ciudades. No se trata, claro, de un clivaje importante sino, simplemente, de un ariete ensangrentado con el cual se puede herir mediáticamente a cualquier gobierno de turno sea cual sea el estado real de la generación del delito.
En mi opinión personal, atendiendo a cierta lógica pendular de los deseos imaginarios de las sociedades, el próximo clivaje anclará en cuestiones como la modernidad, el rol del Estado, la generación de riquezas y los discursos de la racionalidad.
Quien logre prometer mejor esas virtudes y quién les haga creer a los argentinos que es la persona indicada para llevar adelante esa empresa será el próximo presidente de la Argentina.
¿Tiene posibilidades el kirchnerismo de gobernar en 2015 con algún candidato que surja de sus entrañas? Sí y solo sí logra desanclarse del pasado.
Los desastres de 2001 ya no sirven como ariete que genera temor ni agradecimiento. La sociedad puede estar convencida ya, de que la factura está saldada. Pensar el país que ya pasó, prometer el país que ya pasó, con todas las virtudes que pudo haber tenido el proceso, ya no es efectivo. Porque no hay nada más ingrato que el ser humano como cliente político. A los pueblos, a las sociedades, se los embriaga con promesas (sobre todo económicas) y no, desgraciadamente, con principios políticos o ideológicos.
¿Por qué el kirchnerismo o el peronismo deben llevar adelante una estrategia generosa con vocación de poder? Sencillo: porque el país y los argentinos tienen mucho para perder después de estos últimos diez años, porque quien pierde el poder difícilmente lo recupera pronto y porque no hay espacio para especulaciones sectoriales.
La historia argentina demostró que el "cuanto peor, mejor" nunca resultó. Siempre que fue peor, nos fue peor a todos.
Cuanto peor, peor
La encrucijada del kirchnerismo de cara a las elecciones de 2015 y la agenda del próximo gobierno.
El kirchnerismo –en términos políticos, es decir, como forma de gobierno– ha logrado algo que ningún otro movimiento político había conseguido en los últimos 50 años: mantenerse, como manifestación contrahegemónica al liberalismo, más de una década y si todo concluye como se debe, una docena de años en el poder.
No lo pudo lograr el alfonsinismo, ni el peronismo, ni el yrigoyenismo en ese siglo XX tan turbulento y signado por el empate hegemónico entre los sectores que respondían a los intereses concentrados de la economía y aquellos sectores dirigentes que tienden una alianza estratégica con los sectores mayoritarios y que se conoce como los sectores nacionales y populares.
Para remontarse a un proceso "No liberal conservador" tan extenso en la Argentina hay que remontarse al controvertido y polémico gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852). Claro que, como sucede con casi todas las cosas en el universo, los procesos políticos llegan a su fin, se transforman, se modifican, se toman un descanso o simplemente mueren.
El kirchnerismo, tal como lo conocemos desde 2003, está llegando, no es ninguna novedad, al fin de una de sus etapas más importantes: sus momentos fundadores, generalmente dominados por el carisma de sus fundadores y de sus primeras batallas y transformaciones.
Los próximos años, sobre todo los posteriores a 2015, dirán cuáles fueron sus alcances transformadores y, más allá de la histeria coyuntural que envuelve a las sociedades hacia el fin de un mandato presidencial fuerte, mostrarán las verdaderas marcas que dejó sobre la memoria colectiva, siempre a medio camino entre las experiencias personales y las construcciones mediáticas.
Pensar estos próximos años obliga a reconocer cuál es el verdadero estado de situación del kirchnerismo y recién en función de eso realizar una estrategia a mediano y largo plazo capaz de lograr una continuidad histórica.
La primera pregunta dolorosa que el kirchnerismo debe realizarse es la siguiente: ¿Quiere realmente continuar? ¿Existe la voluntad por parte de sus integrantes de mantener vivo aquello se conoció como el "Modelo"? ¿O la fatiga de los materiales ha generado tal desgaste que produjo una alergia al poder?
Si la respuesta es "No", lo mejor que puede pasarle al kirchnerismo es ser volteado por una ráfaga poderosa insuflada por una entente de grupos corporativos, medios hegemónicos y clases medias y altas enfurecidas por la imposibilidad de comprar yenes o la posibilidad de comprarlos, ya que las demandas de ciertos sectores de la sociedad hoy son de una irracionalidad tan absurda que hasta serían capaces de negarse a la felicidad si fuera decretada por el gobierno nacional.
Ser derrocado le conviene al supuesto y famoso "Relato Kirchnerista". En estos términos sería víctima de los poderosos de la misma forma que lo fueron antes Manuel Dorrego, Rosas, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Raúl Alfonsín, por ejemplo. Bastaría con una última medida irritativa que rebase el vaso de la tolerancia engreída de quienes hoy se visualizan a sí mismos como seguro sucesores a la transición hacia un neo menemismo.
Nada de esto es imposible. Los medios de comunicación ya están realizando su trabajo sobre el sentido común de los argentinos: la banalización del discurso mediático, el griterío siempre polémico y nunca pensante, los mensajes "mataputos" de algunos programas de televisión, el terror instalado por el tema inseguridad, la ventisca neonazi que convoca a linchar delincuentes "negros de mierda" y la brutal embestida contra la política como forma de representación hecha, incluso, por los mismos políticos que se presentan como "apolíticos" o "no teóricos", en última instancia, pre democráticos.
A pesar de lo que muchos creemos, la democracia argentina ha ido realizando un lento pero continuo proceso: A) el alfonsinismo, que se vio a sí mismo como el Tercer Movimiento Histórico, puso de relieve el debate sobre la democratización e institucionalización de la política argentina. Lo hizo a costa del punto final y la obediencia debida y descuidando la economía, pero nadie puede negar que la transición democrática fue solidificándose gracias a las características particulares del propio Alfonsín. B) el menemismo, mal que nos pese a muchos, logró la modernización económica y del Estado más profunda desde el peronismo tradicional hasta los noventa. Lo hizo con un signo contrario al peronismo e incluso logró ajustes de los sectores populares a los poderes concentrados que ni siquiera la dictadura militar había logrado. A un costo altísimo de desocupación, marginalidad y pobreza inéditos en nuestro país, incluso desmantelando el sistema productivo, logró poner al país en un diálogo económico con las principales tecnologías que atravesaban al primer mundo. C) El delarruismo no existió. D) La clave para analizar la última década ha sido la reparación de los desastres sociales que creó el liberalismo e intentar poner en pie el sistema productivo argentino. Tal vez, el principal costo que deja el kirchnerismo sea la fractura cultural y política que ha dejado entre aquellos que apoyaron el modelo y los que se opusieron.
Está claro que ninguno de los tres procesos logró solucionar por completo los desafíos que estaban planteados. Pero sí intentaron dar respuestas a esas grandes preocupaciones.
La próxima etapa política de la Argentina, seguramente, también tenga una mega clave similar a los ejes transición/modernización/reparación social. La cuestión está en encontrarlo rápidamente y ponerlo en agenda.
La oposición cree que el tema de la seguridad es, quizás, el gran tema de los próximos años y bate el parche con eso, aún a costa de dejar un tendal de muertos en las calles de las principales ciudades. No se trata, claro, de un clivaje importante sino, simplemente, de un ariete ensangrentado con el cual se puede herir mediáticamente a cualquier gobierno de turno sea cual sea el estado real de la generación del delito.
En mi opinión personal, atendiendo a cierta lógica pendular de los deseos imaginarios de las sociedades, el próximo clivaje anclará en cuestiones como la modernidad, el rol del Estado, la generación de riquezas y los discursos de la racionalidad.
Quien logre prometer mejor esas virtudes y quién les haga creer a los argentinos que es la persona indicada para llevar adelante esa empresa será el próximo presidente de la Argentina.
¿Tiene posibilidades el kirchnerismo de gobernar en 2015 con algún candidato que surja de sus entrañas? Sí y solo sí logra desanclarse del pasado.
Los desastres de 2001 ya no sirven como ariete que genera temor ni agradecimiento. La sociedad puede estar convencida ya, de que la factura está saldada. Pensar el país que ya pasó, prometer el país que ya pasó, con todas las virtudes que pudo haber tenido el proceso, ya no es efectivo. Porque no hay nada más ingrato que el ser humano como cliente político. A los pueblos, a las sociedades, se los embriaga con promesas (sobre todo económicas) y no, desgraciadamente, con principios políticos o ideológicos.
¿Por qué el kirchnerismo o el peronismo deben llevar adelante una estrategia generosa con vocación de poder? Sencillo: porque el país y los argentinos tienen mucho para perder después de estos últimos diez años, porque quien pierde el poder difícilmente lo recupera pronto y porque no hay espacio para especulaciones sectoriales.
La historia argentina demostró que el "cuanto peor, mejor" nunca resultó. Siempre que fue peor, nos fue peor a todos.