El Ford Mustang cumple 50 años y son varios los uruguayos que se han visto seducidos por el atractivo y la potencia del histórico auto deportivo
Llevar un auto a 86 pisos sobre un edificio en las siempre inquietas calles de Manhattan no es una tarea sencilla. Menos si ese edificio es el mítico Empire State Building.Si bien esta hazaña parece imposible –ya que no existe una grúa portátil capaz de llegar al observatorio del rascacielos y tampoco se puede acceder con un helicóptero–, hace una semana, millones de neoyorquinos y turistas pudieron ver cómo un resplandeciente Ford Mustang amarillo y descapotable, modelo 2015, reposaba sin más sobre la azotea de la emblemática construcción.Esta exhibición de la Ford Motor Company fue una réplica de una hazaña que la misma empresa llevó a cabo hace casi 50 años, cuando presentaba un nuevo modelo del Mustang, auto deportivo, económico y de alto rendimiento que haría historia para la compañía y la industria automovilística en general.En 1965, uno de los primeros prototipos del Mustang 66 fue cortado en tres secciones para ser llevadas en ascensores y luego montadas en la plataforma de observación. La repetición en 2014 de este truco publicitario fue solo una de las actividades que la compañía realizará este año como parte de los festejos para uno de sus autos más emblemáticos. Desde las calles y las pistas de carreras hasta la pantalla grande, el Mustang se ha convertido en una parte duradera de la cultura pop estadounidense.Todo comenzó con su presentación en la Feria Mundial de 1964 en Nueva York, cuando Mustang se convirtió en el corazón y el alma de la Ford Motor Company, así como un símbolo de la visión de Henry Ford de poner “el mundo sobre ruedas”, según lo explicó la descendiente del histórico empresario, Elena Ford, en uno de los festejos.En aquel megaevento, hace 50 años y de la mano del ingeniero Lee Iacocca y del diseñador Donald Frey, la marca originaria de Michigan reveló la que sería su respuesta a la invasión europea de autos deportivos“Bienvenidos a uno de los momentos más orgullosos de nuestras vidas”. Así se inició el discurso de presentación del auto de Iaccoca, quien comenzó en la compañía como simple vendedor pero terminó revolucionando el mercado con sus ideas de marketing y nuevos modelos. “No afirmamos que el Mustang sea un auto universal, pero sí creemos que el Mustang significará más cosas para más personas que cualquier otro auto en la carretera (…). Diseñamos al Mustang con los jóvenes americanos en mente. Nos gusta pensar que en el proceso logramos una nueva dimensión en la América motorizada y, tal vez, en el mundo motorizado”, continuó el discurso del emprendedor. El lanzamiento fue algo sin precedentes para la compañía y ese mismo día los estadounidenses fueron en estampida a los concesionarios para hacerse con uno de esos “pony car”.A lo largo de las décadas, ese fanatismo cruzó las fronteras y en Uruguay se pueden encontrar varios ejemplos de entusiastas y seguidores del Mustang, que han dedicado parte de su vida a encontrar, refaccionar y disfrutar del llamativo y galopante auto
Búsqueda implecable
El primer Mustang que Marcelo Dudgion (37) recuerda era un autito de colección. Tenía 8 o 9 años y fue amor a primera vista. Más tarde, cuando ya tenía edad para manejar uno de tamaño real, empezó una búsqueda incansable junto a su padre para dar con uno de esos ejemplares tan preciados. “Es algo complicado porque en este país hay muy pocos”, dice. La cacería dio sus frutos y en 2002 consiguió su trofeo en un garage de la calle Constituyente. Era un Mustang Hard Top de 1970, pintado de verde cotorra y cuyo motor original había sido extirpado.El auto sufrió una metamorfosis profunda. Chapa y pintura nuevas (el verde cotorra desapareció para dejar lugar al amarillo actual), un nuevo motor original, 5.0 V8 de 300 caballos de fuerza. “Todo lo que es repuestos e interiores lo traje de California”, explica Dudgion. La transformación sacó “varios miles de dólares” de sus bolsillos. El Hard Top sale en contadas ocasiones, “para eventos o reuniones de nuestro club”, señala, en referencia a Mustang Uruguay, un club de aficionados al modelo de Ford que Dudgion maneja y que se puede encontrar en Facebook con ese nombre. Por esta actividad, Dudgion se anima a estimar que en todo el país hay alrededor de 40 autos de este tipo. “Hoy por hoy tienden a ser todos especiales porque no hay más”, sostiene.
Una pasión de años
El interés por los “cachilos”, como llama a los autos clásicos, de Javier Da Palma (33) lo heredó de su padre, quien le enseñó a trabajar minuciosamente en ellos. El primer auto que decidió comprar fue un Mustang del año 1970. Se lo compró a los 18 años a un vecino y hoy en día en su garage tiene dos modelos más del famoso “pony car” de Ford. No suele dejar que nadie además de él los maneje, pero no tiene problema en andar con ellos por Montevideo. “En la calle es difícil verlos andar, suelen estar escondidos”, aclara Da Palma. Con una barra de amigos conformaron un grupo de aficionados a los autos clásicos llamado “Lokustom”, con los que suelen reunirse para exhibir los últimos arreglos de sus coches ante la mirada de los transeúntes. “Un Mustang clásico siempre, siempre va a llamar la atención”, comenta.
Al rescate del pasado
Desde hace unos 20 años Martín López se dedica a la refacción de autos clásicos. Por sus manos han pasado una cantidad de Mustang que ya no sabe precisar. “El auto se fue poniendo de moda por las películas y la gente los empezó a arreglar”, dice López, quien tiene su taller en la calle Comercio, en La Unión. El proceso para poner a punto a uno de estos modelos es largo y requiere de paciencia. “Si agarrás un auto que está para reconstruir todo, entre chapa, pintura, mecánica, carrocería, tapicería y todo lo demás, entre que se traen los repuestos y se hacen los trabajos, te lleva alrededor de un año”, sostiene. En una época, muchos de los Mustangs que había en Uruguay fueron comprados por brasileños, dice López, quien agrega que llegó a arreglar en un momento cerca de ocho autos iguales al que conducía –y volvió icónico Steve McQueen en la película Bullit. “Al día de hoy como ese auto no sé si quedan más de tres. Cuatro o cinco se fueron todos para Brasil”. Él mismo no logró resistir los encantos del Mustang. Tuvo dos –uno de 1967 y otro de 1970- pero vendió ambos.
Cosas del destino
Hoy en día Martín Casela (44) no tiene ningún Mustang, pero por su vida pasaron tres y recuerda como si fuera ayer, cómo se topó con cada uno de ellos. A los 5 años, mientras andaba con un pequeño auto a pedal y subía un repecho de las calles de Florida, vio aparecer un Chevrolet Impala del año 1958, que le significó su “primer golpe con el tema de los autos”, recuerda Casela. Tras años de pasarse restaurando autos por cuenta propia, el primer encuentro con un Mustang fue al pasar por Sarandí de Yí en camino a la ciudad de Durazno. “Encuentro un galpón semi-abierto y veo unos farolitos que me llamaron la atención. Me acerco y veo el tapón de la nafta con caballito”, cuenta el odontólogo. Tras hablar con la dueña – una señora mayor que quería deshacerse del auto de su marido– Casela inspeccionó el auto y decidió ofertar por el y llevárselo en ese mismo día. El segundo Ford Mustang que compró no fue tanto por casualidad, pero tuvo que recorrer kilómetros para conseguirlo. Tras una confusión que lo llevó en 1998 a Trinidad en busca de un Mustang como el de Steve McQueen en Bullit (un GT de 1968 Fastback), el auto finalmente se encontraba en Young. El negocio fue similar, un tire y afloje entre comprador y vendedor y finalmente Casela se llevó a su segundo Mustang. El tercero se lo encontró de casualidad mientras andaba en moto por Florida. Al pasar por la comisaría, se encontró con una joven que estaba usando el auto de su padre. Una vez más, Casela no pudo resistirse a ofertar por el. De más está decir que dio con el precio. “Es un auto representativo de la libertad y manejarlo da una sensación de que todo es posible”, explica Casela.
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Llevar un auto a 86 pisos sobre un edificio en las siempre inquietas calles de Manhattan no es una tarea sencilla. Menos si ese edificio es el mítico Empire State Building.Si bien esta hazaña parece imposible –ya que no existe una grúa portátil capaz de llegar al observatorio del rascacielos y tampoco se puede acceder con un helicóptero–, hace una semana, millones de neoyorquinos y turistas pudieron ver cómo un resplandeciente Ford Mustang amarillo y descapotable, modelo 2015, reposaba sin más sobre la azotea de la emblemática construcción.Esta exhibición de la Ford Motor Company fue una réplica de una hazaña que la misma empresa llevó a cabo hace casi 50 años, cuando presentaba un nuevo modelo del Mustang, auto deportivo, económico y de alto rendimiento que haría historia para la compañía y la industria automovilística en general.En 1965, uno de los primeros prototipos del Mustang 66 fue cortado en tres secciones para ser llevadas en ascensores y luego montadas en la plataforma de observación. La repetición en 2014 de este truco publicitario fue solo una de las actividades que la compañía realizará este año como parte de los festejos para uno de sus autos más emblemáticos. Desde las calles y las pistas de carreras hasta la pantalla grande, el Mustang se ha convertido en una parte duradera de la cultura pop estadounidense.Todo comenzó con su presentación en la Feria Mundial de 1964 en Nueva York, cuando Mustang se convirtió en el corazón y el alma de la Ford Motor Company, así como un símbolo de la visión de Henry Ford de poner “el mundo sobre ruedas”, según lo explicó la descendiente del histórico empresario, Elena Ford, en uno de los festejos.En aquel megaevento, hace 50 años y de la mano del ingeniero Lee Iacocca y del diseñador Donald Frey, la marca originaria de Michigan reveló la que sería su respuesta a la invasión europea de autos deportivos“Bienvenidos a uno de los momentos más orgullosos de nuestras vidas”. Así se inició el discurso de presentación del auto de Iaccoca, quien comenzó en la compañía como simple vendedor pero terminó revolucionando el mercado con sus ideas de marketing y nuevos modelos. “No afirmamos que el Mustang sea un auto universal, pero sí creemos que el Mustang significará más cosas para más personas que cualquier otro auto en la carretera (…). Diseñamos al Mustang con los jóvenes americanos en mente. Nos gusta pensar que en el proceso logramos una nueva dimensión en la América motorizada y, tal vez, en el mundo motorizado”, continuó el discurso del emprendedor. El lanzamiento fue algo sin precedentes para la compañía y ese mismo día los estadounidenses fueron en estampida a los concesionarios para hacerse con uno de esos “pony car”.A lo largo de las décadas, ese fanatismo cruzó las fronteras y en Uruguay se pueden encontrar varios ejemplos de entusiastas y seguidores del Mustang, que han dedicado parte de su vida a encontrar, refaccionar y disfrutar del llamativo y galopante auto
Búsqueda implecable
El primer Mustang que Marcelo Dudgion (37) recuerda era un autito de colección. Tenía 8 o 9 años y fue amor a primera vista. Más tarde, cuando ya tenía edad para manejar uno de tamaño real, empezó una búsqueda incansable junto a su padre para dar con uno de esos ejemplares tan preciados. “Es algo complicado porque en este país hay muy pocos”, dice. La cacería dio sus frutos y en 2002 consiguió su trofeo en un garage de la calle Constituyente. Era un Mustang Hard Top de 1970, pintado de verde cotorra y cuyo motor original había sido extirpado.El auto sufrió una metamorfosis profunda. Chapa y pintura nuevas (el verde cotorra desapareció para dejar lugar al amarillo actual), un nuevo motor original, 5.0 V8 de 300 caballos de fuerza. “Todo lo que es repuestos e interiores lo traje de California”, explica Dudgion. La transformación sacó “varios miles de dólares” de sus bolsillos. El Hard Top sale en contadas ocasiones, “para eventos o reuniones de nuestro club”, señala, en referencia a Mustang Uruguay, un club de aficionados al modelo de Ford que Dudgion maneja y que se puede encontrar en Facebook con ese nombre. Por esta actividad, Dudgion se anima a estimar que en todo el país hay alrededor de 40 autos de este tipo. “Hoy por hoy tienden a ser todos especiales porque no hay más”, sostiene.
Una pasión de años
El interés por los “cachilos”, como llama a los autos clásicos, de Javier Da Palma (33) lo heredó de su padre, quien le enseñó a trabajar minuciosamente en ellos. El primer auto que decidió comprar fue un Mustang del año 1970. Se lo compró a los 18 años a un vecino y hoy en día en su garage tiene dos modelos más del famoso “pony car” de Ford. No suele dejar que nadie además de él los maneje, pero no tiene problema en andar con ellos por Montevideo. “En la calle es difícil verlos andar, suelen estar escondidos”, aclara Da Palma. Con una barra de amigos conformaron un grupo de aficionados a los autos clásicos llamado “Lokustom”, con los que suelen reunirse para exhibir los últimos arreglos de sus coches ante la mirada de los transeúntes. “Un Mustang clásico siempre, siempre va a llamar la atención”, comenta.
Al rescate del pasado
Desde hace unos 20 años Martín López se dedica a la refacción de autos clásicos. Por sus manos han pasado una cantidad de Mustang que ya no sabe precisar. “El auto se fue poniendo de moda por las películas y la gente los empezó a arreglar”, dice López, quien tiene su taller en la calle Comercio, en La Unión. El proceso para poner a punto a uno de estos modelos es largo y requiere de paciencia. “Si agarrás un auto que está para reconstruir todo, entre chapa, pintura, mecánica, carrocería, tapicería y todo lo demás, entre que se traen los repuestos y se hacen los trabajos, te lleva alrededor de un año”, sostiene. En una época, muchos de los Mustangs que había en Uruguay fueron comprados por brasileños, dice López, quien agrega que llegó a arreglar en un momento cerca de ocho autos iguales al que conducía –y volvió icónico Steve McQueen en la película Bullit. “Al día de hoy como ese auto no sé si quedan más de tres. Cuatro o cinco se fueron todos para Brasil”. Él mismo no logró resistir los encantos del Mustang. Tuvo dos –uno de 1967 y otro de 1970- pero vendió ambos.
Cosas del destino
Hoy en día Martín Casela (44) no tiene ningún Mustang, pero por su vida pasaron tres y recuerda como si fuera ayer, cómo se topó con cada uno de ellos. A los 5 años, mientras andaba con un pequeño auto a pedal y subía un repecho de las calles de Florida, vio aparecer un Chevrolet Impala del año 1958, que le significó su “primer golpe con el tema de los autos”, recuerda Casela. Tras años de pasarse restaurando autos por cuenta propia, el primer encuentro con un Mustang fue al pasar por Sarandí de Yí en camino a la ciudad de Durazno. “Encuentro un galpón semi-abierto y veo unos farolitos que me llamaron la atención. Me acerco y veo el tapón de la nafta con caballito”, cuenta el odontólogo. Tras hablar con la dueña – una señora mayor que quería deshacerse del auto de su marido– Casela inspeccionó el auto y decidió ofertar por el y llevárselo en ese mismo día. El segundo Ford Mustang que compró no fue tanto por casualidad, pero tuvo que recorrer kilómetros para conseguirlo. Tras una confusión que lo llevó en 1998 a Trinidad en busca de un Mustang como el de Steve McQueen en Bullit (un GT de 1968 Fastback), el auto finalmente se encontraba en Young. El negocio fue similar, un tire y afloje entre comprador y vendedor y finalmente Casela se llevó a su segundo Mustang. El tercero se lo encontró de casualidad mientras andaba en moto por Florida. Al pasar por la comisaría, se encontró con una joven que estaba usando el auto de su padre. Una vez más, Casela no pudo resistirse a ofertar por el. De más está decir que dio con el precio. “Es un auto representativo de la libertad y manejarlo da una sensación de que todo es posible”, explica Casela.
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