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Vargas Llosa, la pluma neoliberal

Info•5/2/2014

Vargas Llosa, la pluma neoliberal




En una plaza de toros en Lima, con el Rey Juan Carlos.



Foto: rafaelnarbona.es Rafael Narbona* Mario Vargas Llosa soñó con ser Heathcliff, un galán atormentado que mantiene un apasionado romance con una mujer inaccesible. Sin embargo, sólo ha conseguido ser el palafrenero de Esperanza Aguirre, esa “Juana de Arco liberal” que alberga la ilusión de un futuro donde los pobres, los parias y los desahuciados desaparecerán por el desagüe de la historia, liberando al fin a los ricos y a los poderosos de sus insidiosas e incomprensibles protestas. Vargas Llosa es el azote de socialistas, comunistas, sindicalistas, chavistas, castristas, guevaristas, altermundistas, animalistas, solidarios, abertzales, ecologistas y antitaurinos.



Si su pluma pudiera transformarse en espada, sería un Gengis Kan neoliberal, que reduciría a escombros la Europa social, con sus absurdas pretensiones de igualdad y solidaridad. No me cuesta trabajo imaginarle con unos bigotes a lo Fu Man Chu, restregándose las manos ante las oficinas del INEM, feliz de contemplar la inmolación de los trabajadores en el altar del capitalismo, un sangriento dios fenicio que nunca logra aplacar su hambre de sacrificios humanos. Vargas Llosa es el perfecto cortesano que ha sido recompensado con un título nobiliario, gracias a su campaña contra rojos, “perroflautas”, “guarros”, antimonárquicos, ateos y degenerados. Su agnosticismo es un simple disfraz, pues es un devoto del Mercado, una menospreciada deidad que dividió el mundo en ricos y pobres, explotadores y explotados, amos y esclavos, imperios y pueblos colonizados.



A fin de cuentas, es el orden natural de las cosas, la inevitable consecuencia de la lucha por la vida. La igualdad y la solidaridad conspiran contra la necesaria hegemonía del hombre superior, un logro de la civilización cristiana, blanca y occidental que se reconoce por los trajes a medida, las corbatas de seda, las numerosas amantes, las cacerías de especies en extinción, los viajes en yate y las cuentas secretas en Suiza.





Vargas Llosa considera que Su Majestad Juan Carlos I de Borbón encarna ese hermoso ideal y por eso se ufana de contemplar en su compañía el martirio de un inofensivo herbívoro desde el palco de autoridades de Las Ventas. Observar la agonía del toro de lidia es algo “mágico y hechizante”. La abolición de la fiesta “sería un atropello contra la libertad” y contra la esencia de la literatura, la pintura o la música, que se inspiran indudablemente en los pases de pecho, las verónicas, las banderillas, la suerte de varas y la agonía del animal sobre el albero.



Los antitaurinos son leninistas que han lazado “la última ofensiva autoritaria” y, “como es habitual”, han maquillado su vocación totalitaria de “progresismo”. Vargas Llosa siempre ha buscado la compañía de los grandes intelectos de nuestro tiempo: José María Aznar, Fernando Savater o Rosa Díez, esa “mujer menudita y de ojos efervescentes”, con la que intercambia sonrisas y convicciones, pues ambos opinan que la unidad de España es sagrada y su imperial esencia se cristaliza en el toro de Osborne. De hecho, los dos sueñan con una bandera roja y gualda con la silueta ancestral del astado y no con el bobo escudo constitucional, que ha restado vigor a nuestro temple celtíbero y numantino.



Vargas Llosa y Rosa Díez son enemigos acérrimos de “la tiranía cubana” y deploran “el celestinazgo” del memo Rodríguez Zapatero, que lanzó guiños de complicidad a la “satrapía caribeña”. No detestan menos a los “indignados”, que en sus inicios fueron “una inyección de energía para la democracia española”, pero que en el momento actual se han convertido en unos peligrosos bolcheviques que pretenden sustituir “la legalidad parlamentaria por la legalidad de la calle y la acampada”. Afortunadamente, la Unidad de Intervención Policial es “ese pelotón de soldados” del que habló Splenger como providenciales salvadores de la civilización. Sin su heroico sacrificio, los “perroflautas” venderían la patria a caudillos tan abyectos como Hugo Chávez, “cruce de superhombre y bufón” o Julian Assange, “oscuro ladronzuelo de la intimidad ajena”, “un vivillo oportunista” que se ha permitido mancillar a los Estados Unidos, sacando a la luz su comprensible tendencia a disparar primero y preguntar después.





Estados Unidos es el campeón de la democracia y nadie debería escarbar en sus tuberías, pues el waterboarding, los asesinatos selectivos con aviones no tripulados y los golpes de estado contra gobiernos filomarxistas, como el de Salvador Allende en Chile, son medidas necesarias y ejemplarizantes sin las cuales el mundo se hundiría en “la parálisis y la anarquía. Y la libertad no es ni puede ser anarquía”. Vargas Llosa y la excalde Esperanza Aguirre. Foto: rafaelnarbona.es Vargas Llosa no siente ningún aprecio por “la demagogia, la retórica y los espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa”, que caracterizan a las perversas dictaduras del finado Chávez o el vetusto Fidel Castro. Sin embargo, su racionalidad cartesiana se enciende ante Esperanza Aguirre, gracias a la cual Madrid es “una verdadera potencia industrial, con la vida cultural más rica y diversificada de todo el país”. Yo vivo en Madrid y puedo certificar que la lideresa ha transformado la capital con la ayuda del “hijoputa” de Ruiz Gallardón y la perspicaz Ana Botella en un oasis de libertades, hostigando a los mendigos, asegurando la ejecución de los desahucios, apaleando a los maestros, metiendo en cintura al personal sanitario y acosando a los sindicalistas.



Su lenguaje refinado (“¿qué es esa puta mierda?”, refiriéndose al Ayuntamiento de Valdequemada) y su exquisita sensibilidad estética y jurídica (“¡Habría que matarlos! ¿Tú sabes por qué habría que poner la pena de muerte? Me caen mal los arquitectos porque sus crímenes perduran más allá de su propia vida”) son la evidencia de su gran talla humana e intelectual. Vargas Llosa se suma a los que hubieran deseado asistir a su coronación como Presidenta de España. Esperanza Aguirre se hizo famosa por “responder a los insultos con ideas y no perder nunca las buenas formas”. No se podía esperar menos de una condesa que sueña con ser la Dama de Hierro española. No importa que los republicanos de Irlanda del Norte se refirieran a la inmunda Margaret Thatcher como “la peor bastarda que hemos padecido”. Aguirre era la gran esperanza de la España que combate a “una izquierda dura, dogmática y vanidosa”, reacia a las privatizaciones y el recorte de las paupérrimas ayudas sociales que fomentan la pereza y la estulticia. Aunque Esperanza no ha leído a Max Weber ni a Saramago, es la viva imagen del “político de la convicción”. Sus principios son inamovibles y con el poder del Estado en sus manos, “España nunca se habría hundido en la actual crisis económica”. Su legado siempre será recordado por ese temple indomeñable que sólo puede proceder del linaje de Isabel la Católica, Carmen Polo de Franco, señora de Meirás, e Isabel II, la reina castiza que inspiró a Valle-Inclán, príncipe de los ingenios, una notable pieza teatral con la estética del esperpento. Yo siempre asociaré a Esperanza Aguirre a la nueva Ley de Protección Animal de la Comunidad de Madrid, que redujo de quince a tres días el período de espera para sacrificar a perros y gatos en los centros de acogida. La lideresa estimó que los quince días establecidos con anterioridad constituían un despilfarro y si algún animal doméstico nacía sin hogar o sufría la desgracia de extraviarse, no merecía dos semanas de alimentos y cuidados.



Esperanza, una mujer de gran coraje y sensibilidad, también prohibió alimentar a perros y gatos en la calle o pagar la esterilización de estas desdichadas criaturas para evitar su reproducción incontrolada. La muerte del más débil siempre es la mejor solución, lo más liberal y racional. Entiendo que Mario se afligiera con su retirada de la política, pues sólo un ser tan despiadado y liberal podía impulsar unas políticas tan inhumanas. A Vargas Llosa no le quita el sueño la lucha de clases, pues eso sólo es un invento del marxismo. No le importa que le llamen facha, pues sus ideas le han situado en la cúspide y el Premio Nobel le garantiza un lugar en la historia, cerca de figuras como Camilo José Cela, delator y plagiario; Knut Hamsun, fascinado por el mito de la raza aria; Kissinger, promotor del napalm en Vietnam y los golpes de Estado en el Cono Sur; y Obama, pacificador de Oriente Medio con sus drones, sospechosamente parecidos al segundo avión que impactó contra las Torres Gemelas.



Nunca se le pasó por la cabeza la idea de renunciar al Nobel, como hizo Sartre. Ese gesto sólo podía brotar de la mente de un protervo comunista. Vargas Llosa es un hombre feliz, con la sonrisa de Jafar, la malicia de Scar y la astucia de Frollo. De joven, se parecía a Gaston, el bobo galán de La Bella y la Bestia, pero un colombiano bajito, bolchevique y deicida casi le levanta a la novia. El incidente se resolvió con un contundente puñetazo y la fugaz conversión al neoliberalismo. Desde entonces, Mario se siente como Heathcliff y pasea su mirada por Wall Street y la City londinense, confundiendo sus rascacielos con las altas rocas de un páramo. De noche, escucha una voz llena de ternura y poesía. Es la voz de Esperanza Aguirre, invitándole a “hacer guardia sobre los luceros, impasible el ademán”. En esos momentos, Mario se emociona y ensaya un tango, temblando de pasión. “No hay que perder la esperanza”, susurra con mirada de ciervo enamorado. Esperanza regresará “con cinco rosas rojas” y “banderas victoriosas”, que ondearán “al paso alegre de la paz”. Mario ha admitido públicamente que la poesía no es su fuerte, pero mi admiración hacia su inigualable talento me obliga a revelar que ha comenzado una oda, prescindiendo de la métrica. Os dejo los primeros versos: “Esperanza, eres la primavera que por cielo, tierra y mar se espera. / Siento que en España empieza a amanecer…”. No ignoro que algunos canallas le acusarán de plagio, pero yo sé que Vargas Llosa, al igual que Ana Rosa Quintana y Lucía Etxebarría, a veces se enreda con las nuevas tecnologías y sucumbe a la intertextualidad, como le sucedió con La guerra del fin del mundo, novela injustamente acusada de plagiar los diarios de Canudos de Euclides da Cunha. Esas acusaciones nacen de la envidia, pues los arrebatos líricos del conspicuo escribidor brotan del fervor lírico más puro y sincero.



Os dejo otro fragmento de su poesía inédita, que apenas salga a la luz se grabará en la memoria de las generaciones venideras: “Mudo y absorto y de rodillas, / como se adora a Dios ante su altar, / como yo te he querido, Esperanza, desengáñate: / ¡así no te querrán!”. *El autor es periodista cultural y escritor español. Esta pieza forma parte de su creación Bestiario, en rafaelnarbona.es - See more at: http://www.losangelespress.org/vargas-llosa-la-pluma-neoliberal/#sthash.zvszMvH2.dpuf


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