

Cristina creía que por fin descansaría en paz. Lo que creía que era su novio era en realidad un monstruo que la había violado y mutilado horriblemente, pero creyó que al morir todo habría acabado. Se equivocaba.
Aquella criatura de alguna forma capturó su alma. La enjauló y se la llevó con él al lugar del que provenía: el Infierno. Allí, encarnada en un nuevo cuerpo, visitó las salas de tortura del Diablo, donde contempló destinos tan crueles que incluso su propia muerte le parecía menos terrible. Hombres y mujeres eran operados a carne viva por demoníacos cirujanos, que clavaban enormes cuchillos en sus ojos, genitales o en su boca abierta, los partían en dos verticalmente y los volvían a unir o aplastaban sus miembros con enormes tornos. La sinfonía de alaridos helaba el corazón de Cristina, si es que todavía tenía uno. Aquellos cuerpos se regeneraban a voluntad de los demonios, y al contrario que en el mundo de los humanos la muerte no existía como vía de escape.
Finalmente fue llevada ante un demonio llamado Arzarach, una horrible criatura humanoide con cabeza de serpiente, que expulsaba fuego con su aliento y helaba la sangre con su mirada.
Estaba sentado sobre un pilar de trozos de humanos, que unidos entre ellos de manera antinatural se movían temblequeantes como si fueran peces recién sacados del agua. Un tenebroso coro de incomprensibles palabras provenía de los balbuceos que emitían los pedazos con boca.
Arzarach habló. Cristina no habría distinguido su voz de la de un hombre normal, en otras circunstancias:
-Bienvenida... Cristina. Espero que hayas disfrutado de la visita. Como has podido ver nuestros muchachos son los mejores en lo que hacen.-Carraspeó.-Bien. Sé que te hemos traído aquí por la fuerza, y desgraciadamente tenemos unas normas: no has cometido ninguna falta como para que podamos retenerte. He sido asignado para comunicarte que, por motivos que desconozco, serás devuelta a tu plano natal. Tu cuerpo se regenerará y nadie allí más que tú sabrá lo ocurrido.
Cristina no podía creerlo. Habría gritado si no estuviera paralizada por el terror. Pronto terminaría aquella pesadilla, la más horrible de todas.
Arzarach continuó hablando, impasible.
-También he sido asignado, además, para explicarte como funciona esto. La muerte es ineludible, y puede que aunque ahora te vayas nos volvamos a ver.-El monstruo se inclinó hacia delante.-¿Quieres saber cómo puedes evitar acabar allí, con esos desgraciados?-Señaló a la sala de torturas próxima.
Cristina saboreaba su propio sudor con la punta de la lengua. Tragó saliva, y sin atreverse a mover un dedo más, asintió con la cabeza.
-Bien, si sigues como hasta ahora, sin cometer ninguna falta moral, no nos verás nunca más. No me está permitido contarte más de este destino. Ahora, si cometes faltas, si llevas una vida inmoral, volverás por aquí y harás compañía a los demás prisioneros. Eso en un 90% de los casos.
También hay una forma de venir aquí y escapar a la tortura, pero no es viable para una mojigata como tú. Si el sadismo, falta de escrúpulos, o la pura maldad de alguien es tan inmensa que nos gusta, lo reclutamos para nuestras filas. Es el caso de los muchachos que viste antes con los prisioneros, o de tu amiguito Charlie.
Arzarach pareció relajarse sobre su blasfemo sillón.
-Bueno, ya te lo he explicado. Y ahora te puedes ir. ¡Ah! Y recuerda, el suicidio es pecado.- Sonrió. Cristina no olvidaría nunca aquella escalofriante expresión en su rostro de reptil.
Despertó en su cama jadeando, empapada en sudor y con aquellas últimas palabras retumbando en su mente. Estaba viva pero había muerto. Sabía perfectamente que no había sido un sueño, había sido demasiado real, demasiado doloroso, demasiado aterrador.
Intentó actuar con normalidad con los que le rodeaban, pero algo en ella había cambiado para siempre, algo que se había asentado en lo más profundo de su ser. Ahora sabía que un puñado de travesuras, o alguna que se saliera de tono más de lo normal, podían condenarla a una eternidad de los más insoportables tormentos. Tormentos que había contemplado con sus propios ojos, tormentos que había sufrido en sus propias carnes durante su muerte, a manos del que él creía un chico normal. Que poco sabía entonces del mundo.
Una semana más tarde, Cristina fue contratada como canguro para cuidar al bebé de los vecinos, un matrimonio jóven y simpático. Cuando llegaron a casa esa noche encontraron el salón lleno de sangre, a Cristina desaparecida y a su bebé cortado en cinco pedazos. Cristina había empezado a cortarle los miembros estando el niño aún vivo.
Este solo sería el primero de muchos asesinatos. Cristina había tomado una decisión. Iba a ser la criatura más malvada, más pervertida que hubiera existido jamás sobre la Tierra, y iba a tener un buen puesto en el Infierno.
-Señor.-Arzarach habló.-Ha funcionado a la perfección.
-Lo sé.-Dijo Satanás.-Ya podemos empezar a hacerlos en serie.
Aquella criatura de alguna forma capturó su alma. La enjauló y se la llevó con él al lugar del que provenía: el Infierno. Allí, encarnada en un nuevo cuerpo, visitó las salas de tortura del Diablo, donde contempló destinos tan crueles que incluso su propia muerte le parecía menos terrible. Hombres y mujeres eran operados a carne viva por demoníacos cirujanos, que clavaban enormes cuchillos en sus ojos, genitales o en su boca abierta, los partían en dos verticalmente y los volvían a unir o aplastaban sus miembros con enormes tornos. La sinfonía de alaridos helaba el corazón de Cristina, si es que todavía tenía uno. Aquellos cuerpos se regeneraban a voluntad de los demonios, y al contrario que en el mundo de los humanos la muerte no existía como vía de escape.
Finalmente fue llevada ante un demonio llamado Arzarach, una horrible criatura humanoide con cabeza de serpiente, que expulsaba fuego con su aliento y helaba la sangre con su mirada.
Estaba sentado sobre un pilar de trozos de humanos, que unidos entre ellos de manera antinatural se movían temblequeantes como si fueran peces recién sacados del agua. Un tenebroso coro de incomprensibles palabras provenía de los balbuceos que emitían los pedazos con boca.
Arzarach habló. Cristina no habría distinguido su voz de la de un hombre normal, en otras circunstancias:
-Bienvenida... Cristina. Espero que hayas disfrutado de la visita. Como has podido ver nuestros muchachos son los mejores en lo que hacen.-Carraspeó.-Bien. Sé que te hemos traído aquí por la fuerza, y desgraciadamente tenemos unas normas: no has cometido ninguna falta como para que podamos retenerte. He sido asignado para comunicarte que, por motivos que desconozco, serás devuelta a tu plano natal. Tu cuerpo se regenerará y nadie allí más que tú sabrá lo ocurrido.
Cristina no podía creerlo. Habría gritado si no estuviera paralizada por el terror. Pronto terminaría aquella pesadilla, la más horrible de todas.
Arzarach continuó hablando, impasible.
-También he sido asignado, además, para explicarte como funciona esto. La muerte es ineludible, y puede que aunque ahora te vayas nos volvamos a ver.-El monstruo se inclinó hacia delante.-¿Quieres saber cómo puedes evitar acabar allí, con esos desgraciados?-Señaló a la sala de torturas próxima.
Cristina saboreaba su propio sudor con la punta de la lengua. Tragó saliva, y sin atreverse a mover un dedo más, asintió con la cabeza.
-Bien, si sigues como hasta ahora, sin cometer ninguna falta moral, no nos verás nunca más. No me está permitido contarte más de este destino. Ahora, si cometes faltas, si llevas una vida inmoral, volverás por aquí y harás compañía a los demás prisioneros. Eso en un 90% de los casos.
También hay una forma de venir aquí y escapar a la tortura, pero no es viable para una mojigata como tú. Si el sadismo, falta de escrúpulos, o la pura maldad de alguien es tan inmensa que nos gusta, lo reclutamos para nuestras filas. Es el caso de los muchachos que viste antes con los prisioneros, o de tu amiguito Charlie.
Arzarach pareció relajarse sobre su blasfemo sillón.
-Bueno, ya te lo he explicado. Y ahora te puedes ir. ¡Ah! Y recuerda, el suicidio es pecado.- Sonrió. Cristina no olvidaría nunca aquella escalofriante expresión en su rostro de reptil.
Despertó en su cama jadeando, empapada en sudor y con aquellas últimas palabras retumbando en su mente. Estaba viva pero había muerto. Sabía perfectamente que no había sido un sueño, había sido demasiado real, demasiado doloroso, demasiado aterrador.
Intentó actuar con normalidad con los que le rodeaban, pero algo en ella había cambiado para siempre, algo que se había asentado en lo más profundo de su ser. Ahora sabía que un puñado de travesuras, o alguna que se saliera de tono más de lo normal, podían condenarla a una eternidad de los más insoportables tormentos. Tormentos que había contemplado con sus propios ojos, tormentos que había sufrido en sus propias carnes durante su muerte, a manos del que él creía un chico normal. Que poco sabía entonces del mundo.
Una semana más tarde, Cristina fue contratada como canguro para cuidar al bebé de los vecinos, un matrimonio jóven y simpático. Cuando llegaron a casa esa noche encontraron el salón lleno de sangre, a Cristina desaparecida y a su bebé cortado en cinco pedazos. Cristina había empezado a cortarle los miembros estando el niño aún vivo.
Este solo sería el primero de muchos asesinatos. Cristina había tomado una decisión. Iba a ser la criatura más malvada, más pervertida que hubiera existido jamás sobre la Tierra, y iba a tener un buen puesto en el Infierno.
-Señor.-Arzarach habló.-Ha funcionado a la perfección.
-Lo sé.-Dijo Satanás.-Ya podemos empezar a hacerlos en serie.
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