Por si alguien ha estado sin internet desde el sábado por la noche, Conchita Wrust ha ganado Eurovision . La travesti con barba, sí. El sábado las redes sociales y la propia Conchita se venían arriba en un sentimiento de poder y de fuerza frente a los (homo)(trans)(lo-que-sea)-fobos. Europa abría un poco más sus mentes...pero ¿es así realmente?
¿Vivimos una época de libertad? ¿De menor represión? ¿De menos juzgar a las personas por lo que hacen en la cama o cómo es su aspecto exterior? En mi opinión no. Y Eurovision ha sido una prueba más de ello. Empezaremos por la victoria de Conchita. Muchos han sido los países participantes en el festival que han votado por la representante austriaca. Muchos habrán sido los que habrán votado la canción y la voz de Conchita. Pero no debemos olvidar el poder del televoto rosa. Eurovision es un festival musical con un amplio público objetivo homosexual. Y muchos eran los homosexuales que tenían a Conchita como favorita y que habrán votado por ella.
Con esto no pretendo desmerecer la victoria de la intérprete de 'Rise like a Phoenix', ni mucho menos. Sólo que no todos los países que la votaron son tan abiertos de mente como para votar por la integración de las personas.
El domingo, vivimos la victoria de una comunidad orgullosa de la diversidad. Pero también se vivieron ataques gratuitos, insultos y titulares muy despectivos acerca de la victoria de Conchita. Cada vez que leía el 'la mujer barbuda' se me revolvía un poquito más el estómago.
Y desde la victoria de Conchita muchas han sido las voces retrógradas que se han alzado en contra de la cantante y mofándose del festival. Sólo había que leer alguno de los tuits que se veían en pantalla de TVE1 en la gala posterior al festival.
La victoria de Conchita ha sido un paso más a normalizar una diversidad social, pero no nos confiemos. Recordemos que hay que seguir abucheando cada puntuación de Rusia y que tenemos que seguir haciéndonos oir ante las injusticias.[/center]