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Princesas de sangre y fuego

Info•8/13/2013
Espero les guste!!!

La historia manifiesta que el ejercicio del poder no difiere sustancialmente en rigor, crueldad y arbitrariedad en función del sexo del poderoso -en contra del arraigado mito sobre el monopolio masculino de esas cualidades-, si bien es cierto que, históricamente, ese ejercicio del poder ha supuesto un menor riesgo personal para las mujeres, tal vez porque, digan lo que digan los prejuicios de moda y los intereses creados, en todo tiempo y lugar ha prevalecido la no-violencia de género.

Si las feministas tuviesen razón al afirmar que las mujeres han vivido oprimidas por los hombres durante cinco mil años, sin haber dado muestras de sentir tal opresión durante los primeros cuatro mil novecientos cincuenta, se impondrían necesaria e inexcusablemente dos explicaciones alternativas al fenómeno. O bien que las mujeres, criaturas errantes de un limbo de oligofrenia, habrían sido incapaces de sentir el peso de sus gruesas cadenas milenarias. O bien que, careciendo de esa astucia que, en los malos, hace las veces de inteligencia, o del problema de autoestima que los ciudadanos de a pie compartimos con los políticos –nosotros por defecto, ellos por exceso-, o de otros valores similares que suelen resultar indispensables para acceder a los puestos de mando, habrían quedado excluidas de ellos. Lo cual no sería más que la inevitable aplicación de las leyes históricas del poder, que han relegado a segundo plano a los menos dotados de la rudeza y la ambición requeridas para ejercerlo, incluida la inmensa mayoría de los varones. Es decir, si la tesis feminista de la opresión milenaria de la mujer fuese cierta, simplemente habría ocurrido lo que, por ley histórica, tenía que ocurrir.

Ahora bien, también es posible que tuviese razón Temístocles al resumir el estado de cosas así: "yo gobierno a los atenienses, mi mujer me gobierna a mí", y que haya sido ésa la actitud histórica predominante de la mujer respecto del poder político. En tal caso, habría de reconocerse que, en política, ellas han sabido estar a las maduras sin estar a las duras, y que han sabido aprovechar las ventajas del poder sin necesidad de cargar con sus inconvenientes. Tradicionalmente, esos inconvenientes no eran desdeñables, como lo son en el siglo XXI, y frecuentemente revestían la forma de destierro, cárcel y patíbulo. Los entresijos y laberintos de esta modalidad femenina del ejercicio del poder están magníficamente descritos en el libro "En defensa de las mujeres", del escritor y periodista estadounidense H.L.Mencken (1880-1956), un canto irónico –no exento de resabios maquiavélicos- al pragmatismo oportunista de la mujer frente al idealismo sentimentaloide del hombre. "No ha existido debilidad del hombre en la que la mujer no haya sabido penetrar para obtener ventaja, no ha habido un solo truco al que no haya dado un uso eficaz, no se ha visto artimaña tan arriesgada e inusitada ante la que ella se haya amilanado" escribía Mencken en 1918. Y concluía: "Creo que la mayoría de las mujeres no estaban ansiosas de ver aprobada la ampliación del sufragio, y que la tienen por algo de muy poca monta. Saben que pueden conseguir lo que quieran sin necesidad de visitar las urnas."

Quienes repudien esa línea de pensamiento que va de Temístocles a Mencken, no tendrán más remedio que acudir a otras explicaciones más pesimistas acerca de la capacidad de las mujeres, por ejemplo, las aportadas por Aristóteles, San Pablo o Santo Tomás de Aquino, que, en el fondo, para demostrar una vez más que la ley de la afinidad de los contrarios es inexorable, comparten, a su pesar, las más acérrimas feministas. Lo mismo que una chaqueta sigue siendo chaqueta aunque la pongamos al revés, la idea de la supuesta inferioridad histórica de la mujer sigue siendo la misma en boca de San Pablo, cuando afirma que el hombre es cabeza de la mujer, que en la ministra feminista que, al cabo de cien años de participación femenina en la vida universitaria y laboral, sigue considerando que las mujeres son pequeñas criaturas indefensas e incapaces, necesitadas de cuotas electorales y listas paritarias. Tal vez una más que somera lectura de la historia política baste para reforzar los planteamientos optimistas de Temístocles y Mencken y restar credibilidad a la línea tenebrosa que arranca en los más remotos mitos bíblicos, pasa de mano en mano por los padres eclesiásticos y, ya con las costuras vueltas hacia fuera, reaparece en las filas del feminismo de la paridad y las cuotas.

Durante decenios, la propaganda feminista ha atribuido incansablemente a los máximos representantes de esa entelequia llamada patriarcado, es decir, a los reyes y gobernantes masculinos, el patrimonio exclusivo de todas las violencias políticas, y han profetizado una era de paz inalterable en un mundo futuro gobernado por mujeres. El mensaje irá perdiendo fuerza y credibilidad por sí solo a medida que aumente el número de mujeres que ocupen puestos de alta responsabilidad, pero un vistazo rápido a los manuales de bachillerato podría haber evitado profundos complejos de culpabilidad histórica a una inmensa mayoría de varones bienintencionados y crédulos. La lección que nos enseña la historia es que el comportamiento de las mujeres alzadas al pináculo del poder no ha diferido sustancialmente del observado por los hombres, y que nunca la espada del gobierno ha mostrado aristas más suaves porque la haya blandido una mujer. Con frecuencia, las poderosas damas reinantes han utilizado el poder con tan injustificado rigor e innecesaria crueldad como cualquiera de sus homólogos masculinos, aunque quizás con una mayor intransigencia hacia los agravios personales y una mayor tendencia, ya desde la noche de los tiempos, a convertir lo personal en político. Veamos algunos ejemplos:

Olimpia de Epiro

(375-315 a.C), madre de Alejandro Magno, fue inductora de la muerte de su ex marido, el rey Filipo II de Macedonia, y autora de muchos asesinatos políticos más. Como reina de Macedonia se distinguió por su crueldad y ordenó incontables ejecuciones. En particular, destaca la crueldad con que se deshizo de los demás hijos de Filipo, que podían constituir una amenaza para los derechos dinásticos de Alejandro y para su propia regencia; por ejemplo, no dudó en ejecutar al pequeño Carano, apenas un bebé, mandándolo quemar sobre un lecho de brasas, y añadiendo la crueldad innecesaria de quemar con él a su hermana Europa y obligar a Cleopatra, la madre de ambos, a ahorcarse, pese a que ninguna de las dos representaba amenaza alguna para el trono de Alejandro. Aunque la eliminación de los rivales del soberano formaba parte de las prácticas políticas de la época, el propio Alejandro Magno, que por entonces combatía en Asia contra los ejércitos de Darío, censuró indignado esas muestras de brutal ensañamiento.

Princesas de sangre y fuego

Cleopatra


Su desmedida ambición la llevó a sacrificar la independencia de su país al poder romano con tal de favorecer sus intereses frente a los del partido pro-egipcio, agrupado en torno a su hermano Ptolomeo XIII, con quien compartía el trono. A lo largo de su reinado dio muestras de implacable crueldad, por ejemplo, cuando mandó asesinar sin motivo a los hijos del gobernador romano de Siria que acudieron a pedir ayuda para su padre en la guerra contra los partos. Tras la muerte de Ptolomeo XIII, y según las leyes egipcias, hubo de contraer matrimonio con su hermano menor, Ptolomeo XIV, niño de seis años al que también ordenó asesinar para evitar cualquier merma futura de su propio poder. Por último, también mandó asesinar a su hermana Arsinoe. En la definitiva batalla de Accio huyó prematuramente con sus 60 naves, precipitando así la derrota de su bando.



Zenobia de Palmira

Nació hacia el 241 d.C. Hija de una familia acomodada de Palmira, contrajo matrimonio con Odenato, jefe militar de Palmira que se proclamó rey tras vencer a los persas, siendo confirmado en su cargo por el emperador romano Galieno, que lo asoció al poder y le concedió el título de "Augusto". A partir de entonces, Odenato se encargó de administrar la parte oriental del Imperio Romano ("corrector totius Orientis". Odenato fue asesinado en 266 por su sobrino Meonio, tal vez en connivencia con Zenobia, que había organizado el encuentro entre ambos. Desde ese momento, Zenobia ejerció el poder absoluto del reino de Palmira, como tutora de su hijo primogénito Vabalato, e imprimió un giro radicalmente distinto a la política de colaboración con Roma seguida por Odenato, que había hecho la grandeza de Palmira. Lo que Zenobia se propuso fue, ni más ni menos, reinar en solitario sobre todo el imperio romano, empresa de ambición desmedida y carente de realismo. Su problema fue que, enfrente, tuvo al emperador Aureliano, el centurión, hijo de un humilde colono, que llegó a Emperador gracias únicamente a su talento militar y político. Zenobia disponía de un ejército de 70.000 hombres, con los que desafió el poder de Roma. Sus colaboradores (el jefe militar, Zabdas; el primer ministro, Longino), le aconsejaban prudencia, pero la ambición la empujó a enfrentarse abiertamente a Roma, suprimiendo la figura del emperador de las monedas y declarándose independiente del poder romano. Tras vencer en dos ocasiones al ejército de Zenobia, Aureliano cercó Palmira y ofreció a Zenobia una rendición honrosa, que está rechazó altiva. Cuando las cosas empeoraron, Zenobia –al igual que había hecho su admirada Cleopatra en Accio- huyó y abandonó la ciudad a su suerte mientras sus habitantes morían de hambre. La caballería romana la alcanzó antes de que cruzara el Eufrates y entrara en territorio persa. Llevada a presencia de Aureliano, se mostró altiva, pero cuando oyó los gritos de los soldados que reclamaban su cabeza, cambió súbitamente de actitud, se postró en tierra y comenzó a suplicar a su captor y a echar todas las culpas a sus generales y consejeros. Esta misma actitud la mantuvo posteriormente en el juicio celebrado, donde echó todas las culpas a Zabdas y Longino, según cuenta la Historia Augusta. El resultado fue que, por compasión o por cálculo político, Aureliano perdonó la vida a Zenobia y ajustició a sus consejeros. Zenobia figuró en el desfile triunfal de Aureliano, pero ricamente vestida y cargada de joyas, mientras sus criados sostenían las simbólicas cadenas. Luego tuvo un destierro dorado en una lujosa villa de Roma, desde donde pudo aún seguir conspirando y atizando la rebelión en Palmira, lo que ocasionó poco después la destrucción completa y definitiva de la ciudad a manos de los romanos. Aureliano, su vencedor, murió asesinado poco después (275).

mujeres

Irene

(752-803), emperatriz de Bizancio, era ateniense, huérfana, de origen oscuro. Gracias a su belleza y a la poca importancia que se concedía en Bizancio a los orígenes de las prometidas reales, en 768 contrajo matrimonio con el futuro emperador León IV. Tras cinco años de reinado (775-780), León IV murió, e Irene asumió la regencia. Su hijo, el futuro Constantino VI, tenía entonces sólo 10 años y, para su desgracia, el poder supremo era el interés máximo de Irene. Cuando Constantino tuvo edad de reinar, Irene, que había tomado la precaución de sustituir las tropas acantonadas en Constantinopla por regimientos de su plena confianza, obligó a los soldados a formular este insólito juramento: "Nunca, mientras vivas, reconoceremos como emperador a tu hijo". A los veinte años, Constantino VI vivía prácticamente preso en su propio palacio por orden de su madre. Las tropas de Asia Menor no estaban de acuerdo con esa anómala situación y se sublevaron. Irene se asustó, entregó el poder a su hijo y se retiró al Eleutherion, su palacio personal en las afueras de Constantinopla. Pero el nuevo emperador no guardaba rencor a su madre. Apenas transcurrido un año (enero de 792), Irene lograba que su hijo la admitiese de nuevo en su Corte, asociándola al poder. Irene había aprendido la lección y decidió que esta vez no se precipitaría. Así fue como, durante cinco años, tejió pacientemente la tela de araña en la que acabaría atrapando a su hijo, único obstáculo para recuperar el trono. Después de minar, mediante sutiles y hábiles maniobras, la inmensa popularidad del emperador, intentó el todo por el todo: encargó a una partida de sicarios que asesinase a Constantino cuando este volvía desde el Hipódromo a Palacio. Pero Constantino logró huir y cruzar el Bósforo en barco. Al verse descubierta, Irene pensaba nuevamente en implorar la clemencia de su hijo, pero sus colaboradores, sabiéndose perdidos si la conspiración fracasaba, se apoderaron de Constantino mediante un audaz golpe de mano y lo entregaron preso a su madre. Impertérrita, Irene hizo venir al verdugo y le ordenó que sacase los ojos al infortunado emperador, incapacitándolo así definitivamente para reinar. En 802, Irene fue, a su vez, derrocada y… ¿asesinada? ¿privada de sus ojos? No, simplemente fue exiliada a isla de Prinkipo, donde ella había fundado un monasterio y contaba con toda clase de apoyos y simpatías, y finalmente, ante la reanudación de sus intrigas, a la isla de Lesbos, en la que falleció de muerte natural un año después de su derrocamiento.

reinas

Leonor de Aquitania


(1122-1204), probablemente, la mujer más poderosa de su tiempo, fue soberana, como heredera del ducado de Aquitania y del Poitou, de una porción sustancial del territorio francés; reina de Francia por su matrimonio con Luis VII; y, posteriormente, reina de Inglaterra por su matrimonio con Enrique II Plantagenet. En 1147 participó con su marido en la Segunda Cruzada; aunque era frecuente que las grandes señoras acompañasen a sus maridos a las cruzadas, Leonor intervino también como señora feudal, al frente de sus mesnadas, aunque sin tener participación alguna en las batallas (a diferencia de su marido, el rey Luis VII, que en la batalla del monte Cadmos se vio rodeado por un número superior de enemigos turcos contra los que se defendió de espaldas contra un saliente rocoso, sin ser reconocido por ellos, hecho que le libró de ser muerto o hecho prisionero). Ya en tierra de infieles, Leonor decidió serlo a su marido y mantuvo amoríos con su tío Raimundo de Toulouse, aunque no fue esa la causa de la ruptura del matrimonio. De vuelta en Francia, Leonor conoció a Enrique Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, con quien pactó las condiciones de un próximo matrimonio. Luego logró que un concilio de obispos decretase la ilegitimidad de su vínculo con el rey francés, alegando la existencia de consanguinidad entre ambos. En marzo de 1152 se pronunció el divorcio del rey francés y Leonor, y ésta abondonó París, rumbo hacia sus estados de Aquitania. Dos meses después se casó con Enrique Plantagenet, condición que la convertiría, dos años más tarde, en reina de Inglaterra.

El matrimonio funcionó durante catorce años, hasta que se interpuso la figura de Rosamunda, la amante del rey. Cuando Leonor descubrió la infidelidad de su marido, decidió abandonar la corte inglesa y volver a sus territorios franceses, no sin antes tratar de envenenar a Rosamunda. Durante los años siguientes atizó la guerra sin tregua de sus hijos -entre ellos su preferido, Ricardo Corazón de León- contra su padre, Enrique II Plantagenet. Prisionera en Inglaterra, fue liberada cuando Ricardo Corazón de León asumió el poder y, para los últimos años de su vida, eligió la vida retirada en la abadía de Fontevrault.

princesas

Blanca de Castilla


(1188-1252 ), reina de Francia, gobernó con gran eficacia, mantuvo incesantes guerras con los Plantagenet ingleses (Enrique III) y los nobles flamencos, normandos y bretones enfeudados con esa dinastía, y reprimió con mano férrea la herejía albigense en el sur del país, pero a diferencia de su padre, el rey castellano Alfonso VIII (que salvó milagrosamente su vida en la derrota de Alarcos y, en las Navas de Tolosa, gritó al arzobispo Ximénez de Rada: "Arzobispo, vos y yo aquí muramos", antes de lanzarse ambos al ataque que les daría la victoria), de su esposo Luis VIII de Francia (que murió en su campaña contra los albigenses) o de su hijo Luis IX de Francia (el futuro San Luis, que cayó prisionero de los musulmanes en la batalla de Mansurah, en Egipto, y murió víctima de la peste que diezmó su ejército en la campaña de Túnez), a diferencia de ellos y de los demás monarcas masculinos de la época, esta gran batalladora se mantuvo siempre a la prudencial distancia de los campos de batalla que le permitía su condición de mujer y murió en su cama. También en su haber de mujer hay que consignar los once hijos que dio a luz, a cada uno lo suyo.

A lo largo del siglo XVIII, las mujeres se suceden en el trono y las más altas instancias de poder de Rusia, con la excepción del reinado de Pedro I el Grande, a caballo entre los siglos XVII y XVIII, y algunos brevísimos interregnos masculinos. Es falso el mito de que las mujeres rusas estén recluidas en el terem. En todos los reinados hay una activa presencia de mujeres en los asuntos de gobierno; algunas de ellas organizan abiertamente golpes de fuerza (Catalina I, Ana Ivanovna) o de Estado (Isabel I, Catalina II) para acceder al poder absoluto. Esta actividad política persiste hasta el final de la monarquía, en el que pesó tanto el favoritismo mostrado por la zarina hacia Rasputín.



Catalina la Grande

Princesa alemana, se convirtió en Gran Duquesa rusa por su matrimonio con el futuro Pedro III. Su principal función como princesa consorte era dar descendencia legítima al trono, así que tuvo tres hijos, …los tres ilegítimos: el primero (futuro zar Pablo II), de Saltykov; el segundo, de Poniatowski; y el tercero, en una época en que ya no convivía con su marido, de Gregorio Orlov. Este tercer embarazo lo ocultó, y cuando su curso natural se hizo demasiado visible, permaneció en cama fingiendo una torcedura de tobillo, que la "retuvo" durante semanas en el lecho con un pie aparatosamente vendado. Llegado el momento del parto, para evitar cualquier indiscreción, encargó a uno de sus sirvientes de máxima confianza que incendiase su casa, situada en las cercanías del palacio. Al ser las casas de madera, el incendio se propagó pronto a todo el barrio, lo que mantuvo centrada la curiosidad general durante las horas críticas del parto, que tuvo lugar en un ala apartada del edificio.

Catalina llegó al poder tras dar un golpe de estado contra su marido (Pedro III), al que sus amigos, encabezados por su amante Gregorio Orlov, dieron muerte. Poco después moría, también asesinado por sus guardianes, el zar Iván VI, depuesto por Isabel I de Rusia cuando tenía dos años, y en prisión desde entonces, al igual que su madre (la regente). Catalina, además de usurpar ilegítimamente el poder (dos regicidios en dos años), lo ejerció con total despotismo. Mantuvo guerras expansionistas contra turcos, suecos y polacos, y aumentó considerablemente (en un tercio) el territorio ruso a costa de ellos. Tuvo incontables amantes, todos ellos "oficiales" y con gran influencia en el gobierno. A todos los cubrió de honores y riquezas. Orlov fue desplazado del lecho imperial por Potemkim, su ministro más capaz, amante imperial durante dos años. Cuando dejó de resultar suficientemente excitante para la zarina, Potemkim se encargó de escoger para ella, con gran astucia politica, los amantes sucesivos (Zavadovski, Zoritch, Rimsky-Korsakov, Lanskoï, Ermolov, Mamonov, Zoubov). No sólo Potemkim velaba por abastecer el lecho de la soberana con adonis sin aspiraciones políticas, sino que también intervenía una "probadora" o "catadora" (una alta dama de la Corte, primero la condesa Bruce, después la Sra. Protassov) que garantizaba el buen rendimiento sexual de los aspirantes y daba su visto bueno antes de conferirles la condición de amantes titulares de la emperatriz, posición que los colmaría de riquezas y honores. Aunque mantenía correspondencia con los principales filósofos ilustrados de la época (Voltaire, Diderot, Grimm...), Catalina ejerció una autocracia sin fisuras, favoreció los intereses de la nobleza rusa a costa de endurecer la condición de los siervos y se opuso con todas sus fuerzas a la revolución francesa. En una época en que los siervos se vendían en lotes, junto con muebles y enseres, y en las gacetas locales eran habituales los anuncios del tipo: "vendo una sierva de 16 años y dos armarios nuevos", Catalina, la amiga de los filósofos ilustrados, batió todos los récords, llegando a distribuir más de ochocientas mil "almas" en regalos y recompensas a sus amigos y amantes. Las profesiones de filantropía reiteradas en sus cartas a los enciclopedistas franceses tampoco fueron impedimento para que Catalina reprimiese con dureza medieval la revuelta campesina dirigida por Pugachev.



Isabel la Católica


Hermana del rey Enrique IV, disputó los derechos dinásticos a la hija del monarca y heredera legítima, Juana la Beltraneja, y alumbró con ello una contienda civil que duraría cuatro años. Aprovechó el descontento de una facción de la nobleza, que destronó al rey simbólicamente en la llamada "farsa de Ávila" y forzó la situación hasta lograr que el rey la reconociera como sucesora en el pacto de los Toros de Guisando, que fue denunciado por el propio rey dos años más tarde en Valdelozoya tras el matrimonio de Isabel con Fernando, heredero de la corona de Aragón. Isabel hizo caso omiso de esta revocación y, a la muerte del rey, se autoproclamó reina en un verdadero golpe de Estado, lo que dio lugar a la guerra civil entre sus partidarios y los de la Beltraneja. Como es costumbre en el caso de reinas o aspirantes a serlo por la fuerza de las armas, ella no intervino nunca personalmente en las luchas, ya que encomendó a su marido, príncipe aragonés, la dirección de su ejército castellano. Fernando, en cambio, si se expuso al peligro de esas batallas a favor de su esposa, en particular en la batalla decisiva de Peleagonzalo (1476). La gran capacidad mostrada por Isabel como gobernante dejó pronto en segundo plano, incluso para la Historia, la cuestión de su legitimidad como soberana. Gobernó como lo hubiera hecho el monarca más celoso de su autoridad en su época, y sin mostrar ningún escrúpulo femenino o feminista: expulsó de España a los judíos y se apoderó de sus bienes, combatió a los moros de Granada hasta su expulsión, creó la Santa Inquisición y sus hogueras, comenzó la explotación de los indios en América, etc. Por cierto, también creó unas curiosas Escuelas de Palacio, de las que formaban parte jóvenes de ambos sexos de las familias más ilustres del reino, que acompañaban a todas partes a la corte itinerante de aquellos tiempos y estudiaban bajo la dirección de personajes como Pedro Mártir de Anglería, Lucio Marineo Sículo o Beatriz Galindo, la Latina. Sí, sí, jóvenes de ambos sexos.

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Cristina de Suecia

(1626-1689), reina desde los 6 años, renuncia al trono a los 28, pero no por ello se considera despojada de sus prerrogativas reales. En 1657, durante su estancia, ya como simple particular, en el palacio de Fontainebleau, cedido como residencia provisional por el rey francés Luis XIV, se producen los acontecimientos de la "Galería de los Ciervos", que ponen al desnudo ante toda Europa la personalidad de esta reina culta y excéntrica. Cristina tiene por entonces a su servicio a dos personajes que se odian ferozmente: el conde Santinelli y el marqués Monaldeschi. Éste, hábil falsificador, simula la letra de su rival Santinelli y, en secreto, prepara un escrito en el que se vierten injurias contra la ex reina y se desvelan sus aspiraciones al trono de Nápoles. Después abandona ese escrito en un lugar conveniente, a fin de que la reina lo descubra por casualidad y despida a Santinelli. Pero Cristina es demasiado inteligente para dejarse engañar por una trampa tan simple, y demasiado orgullosa para permitir que el personal de su séquito la engañe.

Unos días después del descubrimiento del escrito, Cristina hace venir a un confesor, el padre Le Bel. En su presencia, revela a Monaldeschi que lo sabe todo. Éste observa al confesor y, a cierta distancia, un grupo de tres hombres armados. Aterrado, cae de rodillas ante Cristina y pide perdón por su falta. Cristina le manda levantarse y se dirige a la inmediata Galería de los Ciervos, llamada así por las veinte cabezas de ciervos modeladas en yeso que recorren su parte alta. Monaldeschi la sigue, vertiendo toda clase de explicaciones y súplicas. Cristina escucha imperturbable durante largo rato. Cuando se cansa, llama al padre Le Bel y le dice fríamente: "Padre, preparad a este hombre para la muerte". Ni las súplicas del condenado ni la intercesión del buen padre hacen mella alguna en el ánimo de Cristina, que se retira a una estancia próxima. El padre Le Bel corre tras la ex soberana, se arrodilla ante ella, le recuerda que está fuera de su país y que, al pronunciar una condena de muerte, ofendería al rey de Francia. Cristina se muestra impasible: "Yo sólo tengo que responder de mis actos ante Dios, no ante el rey de Francia", dice sin mostrar el menor asomo de indulgencia. Entonces se producen las atrocidades de una matanza interminable, ya que Monaldeschi lleva una cota de mallas bajo sus ropas, por lo que es herido repetidamente en las extremidades y en la cabeza antes de que uno de los esbirros consiga atravesarle el cuello con su espada.

Cuando se conocen, los hechos causan perplejidad y escándalo en París. Sin embargo, en una carta al nuncio apostólico de Viena, Cristina muestra su extrañeza ante la repulsa suscitada por los acontecimientos: "Cuando yo reinaba, sólo exigía de mis súbditos una obediencia ciega y la ejecución de mis órdenes sin replicar. Yo era la única señora absoluta… Ahora ha cambiado mi fortuna, pero no mis sentimientos. Así que hago ahora en pequeño lo que antes hacía en grande."

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Faltan unas cuantas pero bueno...las dejamos para el próximo!!
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