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Info•11/14/2013

50 AÑOS DEL CASSETTE

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Cassette

Este segundo semestre han coincidido varios aniversarios tecnológicos sonados. Los nativos digitales han celebrado los 15 años de la entrada en servicio de Google; los fans de Android, que hace cinco años salió al mercado el primer smartphone con este sistema operativo, el modelo G1 de HTC. Pero quienes ya tenemos una edad hemos conmemorado también el medio siglo de un dispositivo que nos acompañó durante una parte de nuestra vida anterior: la cinta de cassette.


El cassette fue uno de los soportes musicales más populares de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado. Contemporáneo tanto de los discos de vinilo como de los primeros discos compactos digitales, era una muestra sorprendente de varios hitos de ingeniería. Desde finales de los años 40 hasta la llegada de los cassettes, las grabaciones sonoras de realizaban sobre cintas magnéticas, generalmente de un cuarto de pulgada de ancho, que el magnetófono trasladaba de una bobina a otra haciéndolas pasar frente a los cabezales de grabación y de lectura. Las bobinas en cuestión eran voluminosas y su carga en el aparato resultaba engorrosa, lo que complicaba su uso en los dictáfonos de oficina, una de las aplicaciones principales de los magnetófonos en los años 50 y 60 junto con los registros de voz en los servicios telefónicos de emergencias.


Afortunadamente, la firma holandesa Philips se descolgó en 1962 con una solución: adelgazar sustancialmente el soporte de poliéster de la cinta magnética, para que los carretes que la contienen pudieran ser mucho menores; reducir su anchura a la mitad, dejándola en un octavo de pulgada -nominal: en realidad son 0,15 pulgadas, o 3,81 milímetros-; y, sobre todo, encapsular el mecanismo en una carcasa de plástico -el Compact Cassette- que protegía el conjunto y facilitaba su manipulación. Además, la distribución de las pistas sonoras sobre la cinta permitía duplicar la duración de la misma, dándole la vuelta al cassette en una operación análoga a la de cambiar de cara en los discos de vinilo.


El primer magnetófono comercial de cassette fue el modelo EL3300, que la misma Philips presentó el año 1963 en la feria de la radio de Berlín -precursora de la actual IFA- como sustituto de los dictáfonos, promocionando su portabilidad. Inicialmente no pretendía reemplazar a los magnetófonos de carrete abierto como soporte musical, pero los avances químicos pronto lo permitieron. La capa magnética de las primeras cintas de cassette era de óxido férrico, que ofrecía calidad suficiente para grabar voz, pero no para la música hasta que se desarrollaron partículas más pequeñas. Poco después, las firmas DuPont y BASF lanzaron recubrimientos magnéticos basados en el dióxido de cromo. La misma BASF, en este caso colaborando con Sony, experimentó con unas cintas híbridas que se denominaron de ferrocromo, combinando una capa de cada uno de los dos óxidos citados. Con cada tipo se ampliaba la respuesta en frecuencia y se rebajaban el ruido de fondo y la distorsión, consiguiendo una calidad sonora sorprendente para la época. Por último, la empresa 3M comercializó una fórmula con partículas de metal puro sin oxidar, que dió lugar a los cassettes de metal, la gama alta del formato.





La carcasa de plástico que contenía los dos carretes de cinta era toda una obra de ingeniería que también fue evolucionando. En la parte superior, todos los cassettes llevaban dos pestañas que el usuario podía romper para impedir la grabación de la cara correspondiente y evitar con ello el borrado accidental del contenido. Los cassettes pregrabados comerciales, que se comercializaron como alternativa al disco LP y fueron especialmente populares en las tiendas de las gasolineras, ya carecçian de dicha pestaña. En cualquier caso, las cintas protegidas se podían reutilizar cubriendo el orificio con cinta adhesiva. En los cassettes de cromo, la ranura era más ancha, para que el magnetófono detectase el tipo de cinta y aplicase automáticamente la ecualización adecuada; en los de cinta de metal se añadió otra ranura de identificación, situada en el centro de la cara superior del cassette.


La tecnología de los magnetófonos de cassette -o para ser exactos, las platinas, pues había que conectarlas a un amplificador con sus altavoces para escucharlas- también evolucionó hasta extremos insospechados. Se crearon mecanismos autoreversibles para escuchar las dos caras del cassette sin tener que darle la vuelta. La mayoría invertían el sentido de desplazamiento de la cinta, pero algún equipo de la marca Nakamichi le daba físicamente la vuelta al cassette. La misma empresa introdujo los mecanismos de doble tracción, para mantener constante la presión de contacto de la cinta con los cabezales. Éstos también se sofisticaron mucho: originalmente se utilizaba el mismo cabezal para grabar la cinta y para leerla, pero los modelos más caros incorporaban en el mismo espacio un cabezal optimizado para cada función, como en los magnetófonos de carrete abierto para uso profesional. Todos los cabezales tenían que ser limpiados periódicamente para eliminar los residuos del roce contínuo; los usuarios más prudentes usábamos bastoncillos de algodón empapados en alcohol isopropílico, pero también fueron muy populares los cassettes de cinta limpiadora, equivalentes sonoros del estropajo de aluminio.


Las mejoras mecánicas también se vieron acompañadas de progresos electrónicos. El más destacable fueron los sucesivos sistemas Dolby de reducción del ruido de fondo de las grabaciones, que amplificaban las frecuencias más altas antes de grabarlas y las atenuaban en la misma medida en el momento de la audición, enmascarando con ello el ruido inherente al sistema magnético.





Durante los primeros años, los cassettes compartieron el mercado con los cartuchos de ocho pistas, que contenían una sola bobina de cinta sin fin y fueron bastante populares en los EEUU. Pero el formato de Philips se impuso, y durante tres décadas fue el estándar en música portátil, desde los walkman hasta los autoradios pasando por los radiocassettes o loros, sin olvidar otros usos como los contestadores telefónicos y el almacenamiento de datos y programas en los primeros ordenadores personales.


En la actual era digital, el cassette ha pasado a ser pieza de museo, pero somos muchos los que no olvidaremos cómo ya comenzamos a inquietar a la industria musical cuando algunos duplicaban los cassettes de los amigos con una doble platina y otros grabábamos elaboradas recopilaciones de las mejores canciones de nuestros discos de vinilo para escucharlas en el coche.





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