Cuentan los biógrafos, que en el transcurso del parto de uno de los hijos de Wolfgang Amadeus Mozart (Músico Austriaco ), acostumbraba acompañar a su esposa Constanza en dicho proceso, le cogía la mano con delicadeza y luego le susurraba melodías en su vientre y en su oído, con la otra mano componía al mismo tiempo. Mozart tenía la capacidad holística de ver dentro de su cerebro una composición entera, antes de escribirla. Según él “Todo está compuesto aunque no escrito todavía”.
La vida de este gran genio y el contexto familiar en que nació fue determinante para formar esa brillante inteligencia musical, que le permitió crear 17 operas,41 sinfonías,27 conciertos,17 sonatas, hasta su prematura muerte a los 35 años de edad. Su existencia prenatal se vio acompañada continuamente por el sonido del violín de su padre que era director de orquesta en Salzburgo. De igual forma su madre, hija de un músico, también contribuyó a la inteligencia musical de su hijo, al proporcionarle un contexto lleno de canciones y de serenatas que incidieron en que Mozart; a los 6 años de edad ya había compuesto su primera obra (Minueto y Trío para teclado).
Cada día se están encontrando más evidencias científicas, de niños que en su fase intrauterina y, después de nacer, son demasiados sensibles a la música y ésta a su vez favorece enormemente el desarrollo neurológico. Actualmente los investigadores, están de acuerdo de que el oído es el primer órgano que se desarrolla a nivel embrionario, empezando a funcionar activamente a partir del cuarto mes. Las afectaciones que tiene el cuerpo del niño sobre sí mismo y sobre los otros es fundamental para comprender los efectos que tiene la música, la comunicación, el juego y las actividades creativas sobre la sensibilidad y el afecto. Los ritmos del corazón de la madre y los sonidos del contexto intrauterino en términos sencillos producen la música.
En lo relacionado con las primeras experiencias del desarrollo humano que involucran al cuerpo, a la conciencia y a la música es necesario precisar que lo primero que hace una madre con su bebé es jugar con los instrumentos que la naturaleza biológica y social le proporcionan, es decir con su voz, con su cara, con los movimientos del cuerpo y el de las manos, con sus gestos, con sus silencios, etc. Lo interesante de lo anterior es que la madre los orquesta dentro de un ambiente lleno de sonido, ritmo y danza en que tanto la madre como el niño se divierten. En estos estadios prelúdicos la relación “cara a cara” es determinante en gran medida en los períodos de juego musical, corporal y social. De esta forma la finalidad del juego musical es diversión y placer y se hace naturalmente por motivos interpersonales en los que se producen acontecimientos – estímulos – experiencias que repercutirán en la vida cognitiva emocional y creativa del niño.
La música de Mozart con respecto a la de otros músicos posee unas propiedades muy particulares que la distinguen, pues los ritmos, las melodías, la métrica, el tono, el timbre y las frecuencias de su música logran estimular el cerebro humano, especialmente en aquellas zonas relacionadas con el hemisferio derecho (función espacio-temporal). Además el secreto del “efecto Mozart” radica en que los sonidos de sus melodías son simples y puros. A decir de Campbell “Mozart no teje un deslumbrante tapiz como el gran genio matemático Bach, tampoco levanta una marejada de emociones como el torturado Beethoven” . Es de aclarar que no toda la música de Mozart produce dichos efectos, sólo aquella de frecuencia alta como la sonata para dos pianos en re mayor y los conciertos para violín 3 y 4 son recomendables, para producirnos efectos a nivel cognitivo, pues la música simple y repetitiva no ensancha el cerebro humano(Plasticidad cerebral), produciendo efectos inclusive contrarios.
Es posible plantear que puede existir una música para el cuerpo, otra música para el espíritu, la primera permite activar la totalidad corporal, siendo los géneros relacionados con la salsa o el rock en nuestra cultura, los que logran redisciplinar el cuerpo de tal forma que puede permitir la recuperación del equilibrio y del estado emocional de los sujetos en forma transitoria, originando de esta forma estados liberadores del estrés. Por el contrario la música para el espíritu de Mozart, ha hecho aportes muy significativos, en lo relacionado con la estimulación de la interioridad humana, más que con el cuerpo físico; es decir, produce estados de distensión neuronal propicios para la creatividad. El efecto Mozart se produce debido a los ritmos, melodías y frecuencias altas de su música, siendo sonidos altamente armónicos que metafóricamente actúan como un relato o un cuento de hadas, estimulando tanto el neo-córtex, como el sistema límbico; permitiendo de esta forma que la persona que escucha la música vibre de una forma cognitiva y emotiva. La música en este sentido desemboca en el campo de “la acción”; porque las emociones no son sentimientos, sino que son “impulsos” o programas instantáneos para enfrentarnos a la vida. Entonces se puede plantear que la música no sólo activa las redes neuronales, sino que incide también en la concentración, la atención y la memoria, fundamentales para el proceso del aprendizaje.
El físico Albert Einstein, era un verdadero amante de este tipo de música; según él “ La apreciación de la buena ciencia y la buena música demandan en parte procesos mentales similares”. Recordemos que la utilización que hizo Einstein del violín, durante sus estudios, según sus profesores, mejoraron notablemente su rendimiento académico. Sus biógrafos sostienen que la teoría de la relatividad Einstein escuchaba música de Mozart cuando estudiaba y construía sus grandes teorías. Algunos de le surgió de un pensamiento metafórico ¿Como se vería la Tierra viajando en un rayo de luz? y del acompañamiento de la música del gran genio Mozart .
La expresión “Efecto Mozart” se refiere a los efectos beneficiosos que puede producir a las personas escuchar las melodías del compositor W. A. Mozart. Durante la década de 1990 en Estados Unidos surgieron varias investigaciones y libros de divulgación basados en el famoso “Efecto Mozart”.
Este efecto se vio que podía beneficiar a los bebés, ya desde el útero materno, pero no de cualquier manera: se suponía que la música de Mozart los hacía más inteligentes. Se llegó a estas conclusiones desde diversos frentes, que pasamos a analizar y a desvelar si realmente está comprobado el “Efecto Mozart”.
¿Qué tiene Mozart que no tengan los demás?
Ha habido muchas pruebas con música de otros compositores que no dieron los mismos resultados que Mozart, salvo excepciones.
Los beneficios de la música, en especial algunas piezas de Mozart, podrían deberse a las pulsaciones por minuto que tiene, y a las frecuencias altas de los instrumentos, ya que cambian el estado del cerebro (especialmente en aquellas zonas relacionadas con el hemisferio derecho, donde radican las funciones espacio-temporales) y lo hacen más receptivo.
La música de Mozart con respecto a la de otros compositores posee unas propiedades distintivas: los sonidos de sus melodías son puros, precisos, son sonidos altamente armónicos y los ritmos, las propias melodías, la métrica, el tono, el timbre y las frecuencias de su música parece que estimulan el cerebro humano, activando nuestras neuronas.
No toda la música de Mozart produce estos efectos: parece ser que la que consigue mayor incidencia a nivel cognitivo es la que posee frecuencia alta, como la Sonata para Dos Pianos en Re Mayor (también conocida como K448 ) o los Conciertos para Violín 3 y 4.
Dos investigadores estadounidenses, Huges y Fino, sometieron un amplio rango de música al análisis por ordenador, incluyendo a Mozart, Bach, Chopin y otros 55 compositores. Lograron encontrar una repetición periódica de ciertas ‘ondas musicales’ a largo plazo (una media de 30 segundos) presente en Mozart y en dos piezas de Bach.
Otros estudios recientes han encontrado que un compositor actual, el músico griego Yanni, produce música ‘New Age’ con rasgos similares a ciertas composiciones de Mozart en ritmo y melodía y que también ha mostrado efectos similares sobre las habilidades espacio-temporales de quienes la escuchan.
Todos estos componentes presentes en la música de Mozart influyen en la concentración, la atención y la memoria, y en el proceso del aprendizaje. Pero, ¿nos hace mas inteligentes?
Los antecedentes: el método Tomatis
El efecto Mozart se popularizó en los años 90, pero ya en la década de 1950 un autor empezó a investigar acerca de los beneficios de la música clásica. Alfred Tomatis fue el que acuñó el término “efecto Mozart”. Estudió durante 40 años los efectos de la música en el cerebro, desarrollando el método Tomatis, del que también os hemos hablado.
Alfred Tomatis utilizó las melodías del compositor austríaco para tratar patologías de diferente índole en niños y adultos discapacitados. Su trabajo fue reconocido por la Academia de las Ciencias y Medicina de Francia, y actualmente existen centros de tratamiento Tomatis en Estados Unidos, Europa y América Latina. Además existe un libro donde el científico explica las bases de su investigación.
Pero una cosa son los beneficios terapéuticos de la música y otra muy distinta que la música nos haga más inteligentes. Además, los aparatos que emplean en las audiciones terapéuticas los centros del método Tomatis son muy específicos y filtran la música para llegar a las ondas hertzianas deseadas para el paciente, distintas según los casos.
Escuchando a Mozart, estudiantes más listos (durante diez minutos)
MozartEffect
El neurobiólogo Gordon Shaw es uno de los “padres” del efecto Mozart, que apuntaba a principios de los años noventa que la actividad musical refuerza las vías neuronales implicadas en las habilidades espacio-temporales de la corteza cerebral. La escucha de música parece activar, no una, sino varias áreas cerebrales.
Uno de los estudios más populares acerca de la supuesta subida en el nivel intelectual de los oyentes fue el realizado en 1993 por Gordon Shaw y otra investigadora de la Universidad de Wisconsin (EEUU), la psicóloga Frances Rauscher. Hallaron que en ciertos tests de inteligencia se observaba una pequeña y temporal elevación de la puntuación al escuchar 10 minutos de la música de Mozart.
En concreto, los estudiantes lograban gracias a esta breve exposición a Mozart un mejor razonamiento espacio-temporal, pero los propios autores señalaron que ello no se traducía en un incremento del coeficiente intelectual. Además, este efecto positivo duraba unos 10 minutos.
En dicho estudio, los autores contaron con datos que no parecen ser demasiado significativos, con una muestra muy escueta. Llevaron a cabo la exposición durante 10 minutos de 36 estudiantes una sonata para pianos.
En las salas contiguas otros dos grupos de compañeros realizan idénticas pruebas, con la única diferencia de haber pasado esa decena de minutos escuchando cintas de relajación unos, y en absoluto silencio otros. Las puntuaciones resultaron ser de 8 a 9 puntos superiores después de escuchar a Mozart frente al resto de las situaciones.
El famosos estudio fue publicado en 1993, en la revista “Nature”. Enseguida esta teoría se popularizó, y no me extraña, quién no se prestaría a escuchar cierta música si nos aseguran que con ese simple y agradable gesto vamos a ser más inteligentes (o lo serán nuestros hijos).
Todos los medios de comunicación se hicieron eco de este “descubrimiento”, y pronto surgieron afirmaciones y especulaciones alejadas del método científico.
Estudios posteriores de Shaw y Rauscher que confirmaban el Efecto Mozart
Dos años más tarde, Rauscher y Shaw ampliaban sus resultados publicando un estudio en el que 79 jóvenes eran sometidos a una nueva prueba. También los que escucharon Mozart mostraban resultados mejores que otros grupos.
En 1999, el doctor Shaw y su colega neurobiólogo Marc Bodner usaron imágenes obtenidas por Resonancia Magnética para crear mapas de la actividad del cerebro en su respuesta a tres tipos de música (pop de los años 30, “Para Elisa” de Beethoven y Mozart).
Solamente el escuchar a Mozart parecía activar ciertas áreas involucradas en la coordinación motora fina, la visión y otros procesos superiores, todos con un papel supuestamente destacado en el razonamiento espacial.
Gordon Shaw publicaba su último estudio en 1999, en el que se describía como los estudiantes de segundo grado que tocaban el piano mostraban puntaciones de un 27 por ciento por encima de lo normal en tests de matemáticas y fracciones frente al resto de sus compañeros.
Rauscher también repitió experimentos con niños de entre 3 y 4 años y los efectos beneficiosos permanecían inalterables 24 horas después de concluir sus lecciones musicales. Esta mayor duración de los efectos frente a los experimentos anteriores (sólo 10 minutos) fue atribuida a la mayor plasticidad del cerebro infantil y a la larga exposición a la música.
Algunas investigaciones posteriores de otros autores han dejado abierta la posibilidad de esa mejora de capacidades, pero el estudio llevado a cabo en 1993 se intentó repetir en varias ocasiones, como veremos en la siguiente entrega, y nunca se llegó a los mismos resultados reproduciendo los experimentos de Rauscher y Shaw.
El instituto M.I.N.D (The Music Intelligence Neural Development Institute), que crearon Rauscher y Shaw para difundir y poner en práctica sus ideas, se centra en investigaciones neurológicas para ayudar a personas con autismo, hiperactividad, Síndrome de Down, Síndrome de Tourette y otros desórdenes.
Volveremos pronto con la segunda parte de este recorrido por el efecto Mozart y los supuestos beneficios para la inteligencia de las personas, en especial de los bebés. Veremos cómo no se ha comprobado este estudio de 1993 pero cómo surgió el negocio alrededor del efecto Mozart que, aunque no sea milagroso, sí demuestra algunos beneficios (como los demuestra escuchar otras músicas).
Aqui la Sinfonia para 2 pianos k448
Yapa:
Algunas hermosas canciones de este grande
Requiem
Don Giovanni