A pocos días de una nueva edición de la copa mundial de fútbol, Brasil es una caldera y no precisamente por la pasión futbolera. Movilizaciones multitudinarias en contra del mundial se vienen realizando desde hace meses en todas las grandes ciudades. La exigencia es muy clara: frente a los exorbitantes gastos que implicó, y continua implicando, el evento deportivo, salta a la vista la profunda desigualdad social que una década de gobierno del PT no ha resuelto.
Con 30 puntos de pobreza, acuciantes problemas de vivienda y una inflación que ha crecido en los últimos años muy por encima de los salarios, los 11 mil millones de dólares gastados hasta el momento parecen una burla de mal gusto. Esto ha generado que, en uno de los países más apasionados por el fútbol, el 60% de la población esté en contra de la realización del mundial (fuente consultora Pew Research).
La presidenta Dilma Rousseff, ante las protestas, expresó que teme un “baño de sangre”. Para “evitarlo” dio piedra libre a la policía y a la gendarmería para reprimir ferozmente. Como no podía ser de otra manera, el baño de sangre fue provocado por los uniformados, quienes ya se han cobrado, según datos oficiales, la vida de once personas. A este número, cabe sumarle los siete obreros muertos en la refacción de estadios, sometidos a ritmos de trabajo inhumanos para llegar a la inauguración.
Un hecho que muestra los contrastes actuales en Brasil, lo representa la movilización de 4.000 personas organizada por el Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST), quienes tomaron un terreno ubicado 4 kilómetros del estadio donde tendrá lugar el partido inaugural y que implicó una inversión de 340 millones de dólares. En medio de este clima, los trabajadores del subte de San Pablo realizaron una huelga por mejoras salariales, que fue reprimida a palazos y gases por la policía local.
Los defensores de la realización del mundial en Brasil sostienen que los ingresos que generará el evento superan ampliamente los gastos que actualmente se realizan. Sobre este punto, no hay cifras claras y ningún funcionario salió a dar explicaciones sobre cómo se redistribuiría. Puede esperarse que la mayor parte del dinero generado por la fiebre mundialista termine en los bolsillos de las grandes empresas brasileñas, como ha ocurrido en anteriores mundiales auspiciados por el establishment.
Lo que es seguro, es que quienes pagan con su hambre y con su trabajo las lucecitas de colores de la copa del mundo son los trabajadores ocupados y desocupados, reprimidos constantemente por las fuerzas del estado. Para ello no solamente se han militarizado favelas y barrios populares, sino también presentado un proyecto para ampliar los delitos tipificados en la vigente ley antiterrorista.
Como vemos, la represión dentro del capitalismo toma rasgos similares en todos los países, también en Brasil.
CORREPI – Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional – es una organización política que activa en el campo de los Derechos Humanos, al servicio de la clase trabajadora y el pueblo, con especificidad frente a las políticas represivas del estado.
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