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En los Muros de Eryx de H.P. Lovecraft

Info12/23/2013
En los Muros de Eryx de H.P. Lovecraft

Antes de intentar descansar escribiré unas notas preliminares para el informe que debo redactar. Lo que he descubierto es tan singular, y tan opuesto a todas las pasadas experiencias y suposiciones, que merece una descripción muy cuidadosa.

Llegué al campo de aterrizaje principal de Venus el 18 de marzo, según el cómputo terrestre; el 9, VI según el calendario de ese planeta. Cuando me destinaron al grupo de Miller, recibí mi equipo —junto con un reloj adaptado a la rotación ligeramente más rápida de Venus— y efectué los usuales ejercicios con la máscara. Dos días después me declararon apto para el servicio. Salí del puesto que la Crystal Company tiene en Terra Nova hacia el amanecer de 12, VI y seguí la ruta sur que Anderson había trazado desde el aire. El camino era malo, ya que estas selvas se vuelven casi impracticables después de la lluvia. Debe de ser la humedad lo que da a las enmarañadas enredaderas y plantas de tallo rastrero esa resistencia correosa; una resistencia tan grande que se tarda unos diez minutos en cortarlas con el cuchillo. Hacia mediodía, el tiempo era algo más seco; la vegetación se volvió más suave y elástica, de forma que el cuchillo la cortaba con facilidad, pero ni aun entonces lograba ir más de prisa. Estas máscaras Carter de oxígeno son demasiado pesadas: sólo llevarlas puestas dejan medio agotado a un hombre normal. La máscara Dubois, con depósito-esponja en vez de cilindros, proporciona un aire igual de bueno con la mitad de peso.

El detector de cristales parecía funcionar bien, e indicaba constantemente una dirección que confirmaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad, sin ninguna de las imposturas del género de las viejas «varitas de zahorí» terrestres. Debe de haber un gran yacimiento de cristales dentro de un área de unas mil millas, aunque supongo que esos condenados hombres-lagartos estarán al acecho, vigilando. Puede que nos consideren estúpidos por venir a Venus en busca de material, igual que nosotros los consideramos a ellos por arrastrarse en el karro cada vez que encuentran un cristal, o por tener ese enorme ejemplar en un pedestal, en su templo. Me gustaría que adoptasen una nueva religión, dado que los cristales no les sirven más que para rezar ante ellos. Suprimida la teología, nos dejarían coger cuantos quisiéramos; y aun cuando aprendiesen a aprovechar su poder, habría más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Yo al menos estoy harto de tener que renunciar a los yacimientos importantes y buscar sólo cristales aislados en el lecho de los ríos de la selva. Alguna vez elevaré una petición para que se elimine a estos miserables seres escamosos con un ejército bien pertrechado que venga de casa. Unas veinte naves podrían traer tropas suficientes para terminar con el problema. No se puede considerar personas a estos seres, a pesar de sus «ciudades» y sus torres. No tienen habilidad más que para construir — y utilizar espadas y dardos envenenados—, y no creo que sus supuestas «ciudades» representen mucho más que los hormigueros o los diques de los castores.

Dudo que tengan siquiera un verdadero lenguaje… Toda esa palabrería sobre su comunicación psíquica a través de los tentáculos que poseen en la parte inferior del pecho no me parece más que paparruchas. Lo que engaña a la gente es su postura erecta, lo que no es más que una mera semejanza accidental con el hombre terrestre.

Me gustaría recorrer la selva de Venus sin tener que preocuparme de que aparezca algún grupo de estas hoscas criaturas, ni de esquivar sus malditos dardos. Puede que fuera lógico antes de que empezáramos a llevarnos cristales; pero ahora se han convertido verdaderamente en una molestia de lo más enojosa, ya que no paran de lanzarnos dardos y de cortarnos las tuberías del agua.

Cada vez estoy más convencido de que están dotados de una sensibilidad especial semejante a la de nuestros detectores de cristales. No se sabe que hayan molestado a ningún hombre excepto tirándole dardos de lejos—, a menos que llevara cristales encima.

Hacia la una de la tarde, un dardo casi me arrancó el casco, y por un segundo pensé que me había perforado los cilindros de oxígeno. Los sigilosos demonios no habían hecho el menor ruido, a pesar de que tenía encima tres de ellos.

Acabé con todos barriendo en círculo con mi pistola lanzallamas, pues, aunque su color hacía que se les confundiera con la vegetación, pude percibir el movimiento de las enredaderas. Uno de ellos medía unos ocho pies de altura y tenía un hocico de tapir. Los Otros eran de tamaño corriente, unos siete pies. Lo único que hace que sigan siendo un problema es su número; hasta un simple regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Es curioso, sin embargo, cómo han llegado a dominar el planeta. No hay otros seres más grandes, salvo los contorsionantes akmans y skorahs, o los tukahs voladores del otro continente…, a menos, por supuesto, que los agujeros de la Meseta Dionea estén habitados.

Hacia las dos, mi detector viró hacia el Oeste, indicando cristales aislados delante de mí, hacia la derecha. Lo comprobé con las referencias de Anderson, y modifiqué mi marcha. El avance se me hizo más difícil, no sólo porque el terreno se elevaba, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más abundantes. Andaba constantemente acuchillando ugrats y pisando skorahs, y tenía el traje de cuero todo salpicado de reventar los darobs que salían de todas partes. El sol molestaba a causa de la niebla, y no parecía secar el barro lo más mínimo. Cada vez que daba un paso, el pie se me hundía cinco o seis pulgadas, y sonaba un blup succionante cada vez que lo sacaba. Quisiera que alguien inventara una clase de traje para este clima que no fuese de cuero. De tela se pudriría, por supuesto; pero podrían hacerlo de algún tejido fino y metálico que no pudiera romperse, como la superficie de este rollo indestructible de notas.
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