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INTERNACIONAL
Pulso entre Irán y las monarquías del Golfo

POR FLORENTINO PORTERO


El viejo orden en Mesopotamia se viene abajo y por primera vez Occidente tiene poco que decir




EFE
Combatientes suníes en la ciudad iraquí de Faluya, que controlan parcialmente





Las noticias sobre los avances militares protagonizados por las milicias suníes del Estado Islámico de Irak y del Levante han despertado, como es normal, todas las alarmas.




La mayor parte de los análisis se está centrando en dos enfoques.


El primero, característicamente occidental, gira sobre la política seguida por el presidente Obama, tanto en Irak como en Afganistán. Sus prisas por abandonar ambos escenarios han puesto en serio riesgo los importantes avances realizados tras años de presencia.


No ha sido una sorpresa, porque se le avisó con tiempo e insistencia, pero aun así primaron intereses políticos domésticos. Las consecuencias en estos territorios y sobre la autoridad de Estados Unidos en el mundo se harán evidentes en breve.


El segundo se centra en la propia historia y naturaleza de estas milicias.


Lo que originalmente fue un grupo islamista y terrorista que creció a partir del rechazo suní a la presencia occidental y al dominio chií en Irak y a la que su líder Al Zarqawi incluyó en la red de Al Qaida, ha evolucionado hacia una estrategia propia, que responde más a los intereses de algunos estados del Golfo que a las directrices de la dirección global de Al Qaida, con Al Zawahiri a la cabeza.



Hoy es una importantísima milicia, dotada de medios y bien entrenada, que extiende su área de influencia sobre el conjunto de la zona tradicionalmente suní y que pone en cuestión la viabilidad del Estado iraquí.


A estos dos enfoques las circunstancias aconsejan sumar un tercero, el de la apertura del teatro de operaciones iraquí en el marco de un conflicto general entre un bloque de estados del Golfo frente a Irán y sus aliados suníes. Una vez que Estados Unidos y sus aliados occidentales optaron por no intervenir en la crisis de Siria frente al gobierno de Al Assad y por buscar un entendimiento con Irán, a costa de importantes concesiones en el terreno nuclear, los estados suníes del Golfo comprendieron que debían revisar sus posiciones para defender sus intereses, empezando por su propia supervivencia.





La casa de Saud





Comenzaron por echar a los Hermanos Musulmanes del gobierno egipcio.

Los Hermanos habían sido protegidos por la casa de Saud durante años, hasta que optaron por una vía propia, distante del Golfo y más próxima al islamismo turco.


El general Al Sisi cuenta con el apoyo de las fuerzas salafistas —islamistas violentos y muy radicales— las mismas fuerzas que en Siria tienen el respaldo de buena parte de las monarquías del Golfo, que han encontrado en ellas el único instrumento capaz de enfrentarse con el bloque chií.




Las fuerzas de Al Bagdadi, actual líder del Estado Islamista de Iraq y el Levante, han optado por salir del corredor del Eufrates, el eje que une la zona iraquí suní con el interior de Siria, para tratar de controlar la ribera del Tigris, que por el norte llega a los pozos petroleros en disputa con los kurdos y por el sur a importantes enclaves chiíes y la propia ciudad de Bagdad.


De lograrlo aislarán por tierra al gobierno de Al Assad del chiísmo, dificultando su aprovisionamiento y alejando el sueño iraní de tener acceso al Mediterráneo.


Los peshmergas kurdos se han apresurado a contener a las milicias islamistas en su frontera sur. Si se hicieran fuertes, el Kurdistán se convertiría de hecho en un estado independiente, con posibles efectos sobre los núcleos kurdos en Turquía e Irán, un escenario de alto riesgo que podría desatar un conflicto paralelo.


Estados Unidos y sus aliados se encuentran ante las consecuencias de su falta de consistencia estratégica, de sus vaivenes e indecisiones.





El gobierno iraquí ha solicitado ayuda a Washington para contener la ofensiva suní, calificándola de terrorista.


Es verdad, lo es. Es terrorista, es fanática y profundamente antidemocrática.




El problema es que lo mismo se puede decir de Irán, que se encuentra detrás de los gobiernos iraquí y sirio.




El viejo orden se viene abajo.


El pulso entre las monarquías del Golfo e Irán se intenta resolver en los campos de Mesopotamia, con el riesgo evidente de su extensión al conjunto de la región.

Por primera vez en muchos años las potencias occidentales no tienen nada relevante que decir al respecto.



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