InicioInfoEl cañon de París (1918)
En marzo de 1918 se produjo la ofensiva final alemana, con un asalto general que sorprendió a los aliados. Uno de los objetivos del Estado Mayor alemán fue crear la mayor confusión posible tras las líneas enemigas y con tal fin puso en práctica un proyecto de Krupp: una de las piezas artilleras más inusuales de la guerra inició sus bombardeos «estratégicos».



A las 7,30 horas de la mañana del 23 de marzo de 1918, se produjo en la zona del Quai de Seine, en la zona nororiental de París, una explosión de la que no fue posible encontrar la causa. Unos veinte minutos más tarde se produjo otra similar en el alborotado Boulevard de Strasbourg, que provocó ocho muertos y trece heridos. Tampoco en esta ocasión estuvo clara la causa de la explosión y por ello, cuando se
encontraron fragmentos de acero se pensó en una bomba lanzada desde un avión. Sin embargo, nadie recordaba haber visto u oído sobrevolar la ciudad. El hecho se repitió cuando una tercera explosión destruyó parte de un edificio situado en Rue de Cháteau-Landon. ¿Qué había provocado las explosiones? Las investigaciones, basadas en los escasos indicios disponibles, apenas habían comenzado cuando se produjo una cuarta explosión, esta vez en Rue Charles-Cinq en la que resultó muerta otra persona.
No pasó mucho tiempo antes de que los fragmentos de acero hallados en los lugares de las explosiones sugirieran una respuesta al extraño fenómeno: se trataba de fragmentos de proyectiles de artillería. Pero, ¿dónde se encontraba el cañón de los que había lanzado? Entre tanto, los misteriosos proyectiles continuaban cayendo sobre París por lo que se dio la alarma general y la población corrió a refugiarse donde podía. Cuando se produjo la octava explosión, los investigadores ya habían llegado a la conclusión de que los disparos tenían que proceder de un cañón de 208 mm de calibre y habían lanzado una hipótesis sobre su emplazamiento: según sus cálculos, el cañón debía encontrarse en la región de Crépy que, sin embargo, ¡distaba más de 120 km de París!





Era evidente que los alemanes disponían de un tipo de cañón de gran alcance, algo que hasta entonces, sólo podía imaginarse. En los días siguientes, los proyectiles continuaron cayendo de forma esporádica, provocando daños limitados y algunas pérdidas, pero lo peor estaba por llegar. El viernes de Pascua, el 29 de marzo, un proyectil penetró en el interior de la iglesia de St. Gervais, en la Ile-de-France, en pleno centro de la ciudad: 82 muertos y 68 heridos, el tributo más grande de sangre que había provocado hasta aquel momento el misterioso cañón. Pero ¿qué cañón podía causar tal carnicería?





La respuesta a este interrogante se encontraba en los experimentos balísticos efectuados por los alemanes, en el que los proyectiles disparados alcanzaban, sorprendentemente, un alcance muy superior al previsto. La causa del fenómeno, se atribuía al hecho de que, una vez que los proyectiles abandonaban el estrato más espeso de la atmósfera terrestre: al disminuir considerablemente la resistencia del aire, las distancias recorridas eran superiores. Para aprovechar las ventajas de este particular fenómeno, se proyectó un cañón especial: una boca de fuego de una pieza naval de 380 mm fue dotada interiormente con una nueva caña bastante más larga (unos 40 m en total) y para la que se estudiaron cargas de proyección y proyectiles especiales. El nuevo cañón, con su larguísimo tubo que sobresalía gran parte fuera del cañón naval original, representó una auténtica excentricidad. Pesaba no menos de 142 toneladas, tenía un alcance de 132 km y podía funcionar regularmente, aunque era necesario observar una precaución: cada vez que el cañón disparaba un proyectil, éste producía tal presión sobre las paredes internas en su recorrido a lo largo de la boca de fuego que prácticamente hacía aumentar el calibre, por lo que las granadas cargadas posteriormente debían tener un mayor diámetro respecto al proyectil disparado inmediatamente antes. La larga boca de fuego tendía a curvarse gradual mente bajo su propio peso y por ello, era necesario proceder a un sistema externo de refuerzo.





Como siempre, el cerebro que estaba detrás de esta tecnología balística de vanguardia era el de un proyectista de la firma Krupp, en realidad el mismo al que correspondía el mérito de la «Gran Berta» de 420 mm. El proyecto completo absorbió gran parte de los recursos de la compañía Krupp, pero estaba justificado por una causa válida. A comienzos de 1918, el Estado Mayor alemán proyectaba lanzar una serie de ataques a lo largo del Sena con los que confiaba ganar la guerra: el nuevo cañón de gran alcance tendría la misión de crear la confusión en la zona de París y, en general, en la retaguardia enemiga. Este es el origen del nombre popular —cañón de París— dado al que, oficialmente, fue designado lange Kanone in Schiessgerüst 21 cm (cañón largo de 210 mm sobre plataforma de tiro). Versiones posteriores utilizaron el calibre base de 232 mm, después de que se desgastara el ánima de la boca de fuego original. Como ya hemos mencionado, cada proyectil que se disparaba, provocaba el aumento del calibre de la boca de fuego y, por consiguiente, el viento entre el proyectil y el ánima, de ahí la exigencia de una cuidadosa fabricación y selección de los proyectiles que se disparaban a intervalos fijos.
La plataforma de tiro del «cañón de París» era de origen naval, con un basamento giratorio dispuesto bajo el extremo delantero y grúas deslizables sobre raíles en el otro extremo. El cañón fue emplazado en las cercanías de Crépy, sobre un sólido maderamen, en una posición cuidadosamente elegida y camuflada en el centro de un bosque.





La reacción francesa

Mientras continuaba el goteo de granadas cayendo sobre París, los franceses adoptaron contramedidas: transportaron a la zona más próxima a Crépy pesados cañones móviles sobre ruedas y comenzaron a batir la zona en la que sospechaban pudiese emplazarse el cañón alemán. Esto sucedía en un momento en que, entre otras cosas, el desgaste del ánima había alcanzado tales grados que la precisión de tiro era cada vez más irregular y el alcance progresivamente menor. Los alemanes sabían desde un principio que la duración de la boca de fuego era del orden de 60 disparos, y la sustituyeron con otra, emplazada en la misma posición el bosque de Crépy.
Simultáneamente, más al norte, los ejércitos alemanes avanzaban victoriosamente después de haber aniquilado prácticamente un ejército británico completo; el 30 de marzo alcanzaron la localidad de Montdidier. Por aquellas fechas, ya se había decidido emplazar el «cañón de París« en el Bois de Corbie, todavía más próximo a la capital francesa que el de Crépy. Entonces el cañón inició un segundo bombardeo de París, que resultó más preciso que el primero, porque los artilleros no tenían que utilizar la pieza en los límites extremos de su alcance. Las bocas de fuego eran remplazadas a un ritmo y en un número siempre mayor, pero también la nueva posición fue pronto localizada por el reconocimiento aéreo francés y se convirtió en el blanco preferido de los cañones franceses.
Con objeto de eludir las excesivas y precisas actuaciones de estos últimos, el «cañón de París« fue finalmente emplazado en una nueva posición en Beaumont y, desde esta localidad, se inició el tercer bombardeo de París. Esta era una posición preparada muy cuidadosamente, con un basamento de acero para la plataforma giratoria de la cureña y con una excepcional abundancia de dispositivos sobre ruedas para el transporte de las municiones (también las anteriores posiciones habían contado con similares dispositivos, pero no en la medida del emplazamiento de Beaumont). En este momento, el cañón se encontraba en las condiciones ideales de empleo, pero ya comenzaba a perder importancia y a tener muchos efectos. La gran batalla terrestre que se estaba desarrollando al norte, había alcanzado la fase en la que, detenido por los aliados el esfuerzo principal, los alemanes veían como se desvanecían sus esperanzas de obtener un éxito decisivo antes de la llegada de las fuerzas norteamericanas. El «cañón de París« bien poco podía hacer para influir en la situación, sólo continuar con su acción de confusión. El cambio de situación de la batalla hizo necesario un nuevo emplazamiento del cañón en un lugar del Bois de Bruyéres, desde donde el 5 de julio volvió, una vez más, a bombardear París. Pero todo resultó inútil: en agosto los aliados se lanzaron a la contraofensiva.





Lo que sucedió con exactitud con los cañones de París en la posguerra es un misterio todavía hoy. Es cierto que ninguno de ellos cayó en manos aliadas, pero se encontraron algunas plataformas de tiro que fueron cuidadosamente conservadas para la historia. Una de las piezas alemanas, el Kanone (Eisenbahn) 21 cm, o cañón
móvil sobre ruedas de 210 mm, pareció tener su origen en esta enorme pieza.
Pero, a pesar de sus brillantes resultados técnicos, el «cañón de París« fue, militarmente hablando, un gran fracaso. Previsto para convertir a la capital francesa en una ciudad muerta e imposibilitar sus empleos como centro industrial y de comunicaciones aliado, sólo consiguió sus objetivos durante la fase inicial. París es ya una ciudad demasiado extensa para que un goteo de proyectiles, aún constante, tuviese sobre ella algo más que efectos parciales y, una vez que el avance aliado alejó de ella la pieza, el «cañón de París« difícilmente podría haber encontrado otras aplicaciones.
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