La prestigiosa revista británica asegura que "en 1914 Argentina sobresalía como el país del futuro", pero que hoy "es un desastre". El artículo fue ilustrado con una imagen de un extenuado Lionel Messi
Los problemas económicos del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner han revivido el viejo mito de la decadencia de un país que a principios del siglo XX estaba entre los diez de PIB más alto del mundo.
The New York Times y el semanario británico The Economist, El País y The Wall Street Journal se encuentran entre los medios que reivindicaron en las úlltimas semanas una supuesta época de oro que habría terminado por la llegada del populismo peronista.
"En 1914 Argentina era el país del futuro. Su PIB per capita era más alto que el de Alemania, Francia o Italia. Para un hombre jóven y ambicioso la elección entre Argentina y California era muy difícil", apuntaba The Economist en su reciente nota de tapa titulada "La tragedia de Argentina. 100 años de decadencia".
En la página web de Economonitor, que dirige el economista Nouriel Roubini (célebre por predecir el estallido de 2008), el economista argentino Eugenio Díaz Bonilla del International Food Policy Institute de Washington cotejó esta versión con los datos del Proyecto Maddison –la mejor fuente para la comparación global histórica de distintas naciones– y llegó a la conclusión de que eran un mito.
"Este supuesto fin de una edad dorada debido al peronismo no se sostiene. En realidad, la gran caída económica se da con el golpe militar de 1976. Si Argentina hubiera seguido creciendo como en las décadas previas al golpe, hoy estaría al nivel de Nueva Zelanda o la España previa a la crisis", indicó a BBC Mundo Díaz Bonilla.
La "París de América Latina"
Ilusión o no, Argentina era percibida a principios del siglo XX como una de las naciones con más futuro.
Como bien señala la nota del The Economist abundaban las señales de riqueza y vertiginoso progreso.
Cuando la famosa tienda Harrods decidió montar su primera sucursal fuera del Reino Unido en 1914, eligió Buenos Aires como destino.
La capital argentina, que en 1854 era poco más que una aldea grande de unos 90.000 habitantes, contaba con la primera red de subterráneos de América Latina (1913), con el Teatro Colón (1908) comparable a la Scala de Milán y una reputación arquitectónica de ser la "París de América Latina".
"El modelo agroexportador argentino era frágil y sufrió mucho la gran crisis internacional de los años 30", dice Filipi Robin Campante, de la Universidad de Harvard.
"En esa época Estados Unidos y Argentina eran rivales. Los dos tenían tierras fértiles y fuertes exportaciones. Las similitudes entre ambos países de la segunda mitad del siglo 19 hasta 1939 no son ficticias o superficiales", señala el periodista Alan Beatie en un artículo del Financial Times basado en su libro "False Economy: a surprising Economic History of the World".
Según Beatie la gran diferencia fue que Estados Unidos tomó las decisiones correctas a nivel económico y político y Argentina no.
Odiosas comparaciones
¿Eran realmente similares Argentina y Estados Unidos?
Díaz Bonilla cree que no.
"No hay punto de comparación a nivel histórico o demográfico. Estados Unidos se independiza de la principal potencia mundial de la época, Inglaterra, en 1776, muchos años antes de la revolución de mayo de 1810 en Argentina. En 1870 tenía la misma población que tiene Argentina hoy, unos 40 millones de habitantes. Este factor demográfico posibilitó una colonización del oeste individual y familiar que permitió una distribución de la tierra mucho más igual y favoreció el desarrollo del mercado interno, la industria y la democracia", indicó a BBC Mundo.
Según Díaz Bonilla el "mito de la edad de oro agraria" es una de las trabas que tiene que superar Argentina.
En efecto, a principios del siglo XX, Argentina tenía una densidad poblacional de 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado: unas 2.000 personas eran dueñas de un territorio similar al de Italia, Bélgica, Holanda y Dinamarca.
Según Filipi Robin Campante, profesor asociado de Política Públicas en la Universidad de Harvard, las diferencias entre ambas naciones se vieron con claridad en la crisis del 30.
"Si uno mira la estructura productiva, la innovación, la educación ve las diferencias entre ambas naciones. Estados Unidos era un país industrial. El modelo agroexportador argentino era frágil y sufrió mucho la gran crisis internacional de los años 30", indicó a BBC Mundo.
Tanto Beattie como The Economist reconocen estos factores desfavorables pero consideran que el momento determinante de lo que llaman la "decadencia nacional" ocurrió después.
El peronismo
Nada provoca tanta polémica en torno a este tema como la evaluación de la presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1955).
"Perón estimuló el culto de la personalidad, una autosuficiencia económica y corporativa con un modelo autárquico que lo alejó del mundo", señala Beattie.
El gobierno terminó el 16 de septiembre de 1955 con un golpe militar, la instauración de una dictadura que prohibió entre otras cosas que se dijera el nombre de Perón y un largo periplo politico en el que se sucedieron ocho gobiernos (tres civiles y cinco militares) en 18 años sin que ninguno pudiera resolver un dilema básico: se reivindicaba la democracia, pero no se podía convocar a elecciones sin proscripciones por temor a que las ganara el peronismo.
"A mi juicio el problema que Argentina ha tenido es el de la institucionalidad. El país, que era avanzado a principios del siglo XX como demostró con la aprobación de la universalidad del voto en 1912, tuvo su primer golpe en el 30 y desde entonces entró en una espiral interminable de inestabilidad institucional", indicó a BBC Mundo Robin Campante.
A pesar de esta fuerte inestabilidad, Argentina siguió creciendo, como muestra la comparación con Australia, un país con una estructura económica similar.
"Si uno compara a ambos países tomando como punto de referencia su distancia respecto al ingreso per capita de Estados Unidos, ve que la relación se mantiene pareja desde 1900 hasta 1975. El cambio se da con el golpe de 1976", señala Díaz Bonilla.
La historia y el presente
Una polémica histórica puede parecer a primera vista irrelevante para el presente.
No es el caso.
El peronismo se ha convertido en un prototipo del llamado "populismo latinoamericano": debatir sus bondades o defectos es equivalente a tomar posición sobre el Kirchnerismo o el Chavismo.
Algo similar ocurre con la evaluación que se haga de la edad de oro de Argentina para toda concepción del desarrollo económico.
Según Díaz Bonilla el "mito de la edad de oro agraria" es una de las trabas que tiene que superar Argentina.
"Ningún otro país estuvo tan cerca de convertirse en una nación desarrollada", aseguró el editorial de The Economist.
"Estados Unidos resolvió con su guerra civil en el siglo XIX qué modelo seguiría si el del norte industrial o el del sur agroexportador. Es una contradicción que todavía no hemos resuelto en Argentina en parte por este mito que idealiza un pasado dorado. Para poder construir una Argentina moderna es importante superar esa construcción imaginaria de nuestra historia", dice Díaz Bonilla.
No sorprende que la conclusión del The Economist sea exactamente la opuesta.
"La parábola argentina muestra que es fundamental tener buenos gobiernos. Ningún otro país estuvo tan cerca de convertirse en una nación desarrollada y perder la oportunidad de lograrlo. Pero lo más probable es que en 100 años, el mundo analizará un país que repetirá lo que sucedió con Argentina, la nación del futuro que quedó atrapada en el pasado", concluye el editorial del semanario.
El artículo completo The Economist, durísimo con la Argentina
Hace un siglo, cuando Harrods decidió instalar su primer emporio en el extranjero, eligió Buenos Aires. En 1914, la Argentina se destacó como el país del futuro. Su economía había crecido más rápido que la de Estados Unidos durante las cuatro décadas previas.
Su PBI per cápita era más alto que el de Alemania, Francia o Italia. Se jactaba maravillosamente de sus fértiles tierras para agricultura, su clima soleado, una nueva democracia (el sufragio universal masculino fue introducido en 1912), una población educada y el baile más erótico del mundo. Los inmigrantes bailaban tango fueran de donde fueran. Para los jóvenes y ambiciosos, la elección entre la Argentina y California era difícil.
Todavía hay muchas cosas para amar sobre la Argentina, desde las gloriosas tierras desoladas de la Patagonia al mejor jugador de fútbol del mundo, Lionel Messi. Los argentinos siguen siendo los más lindos del planeta. Pero su país es una ruina. Harrods cerró en 1998. La Argentina está otra vez en el centro de una crisis de los mercados emergentes. Esto puede ser atribuido a la incompetencia de la presidenta, Cristina Fernández, pero ella es sólo la última en una sucesión de populistas económicamente analfabetos, que llega hasta Juan y Eva (Evita) Perón, y antes. Olvídense de competir con los alemanes. Los chilenos y los uruguayos, los países locales a los cuales la Argentina solía mirar desde arriba, son ahora más ricos. A los chicos de esos dos países -y de Brasil y México también- les va mejor en las pruebas internacionales.
¿Por qué extenderse sobre una sola tragedia nacional? Cuando la gente considera qué es lo mejor que le podría pasar a su país, piensan en el totalitarismo. Dado el fracaso del comunismo, ese destino no parece probable. Si Indonesia estuviera por hervir, sus ciudadanos difícilmente mirarían hacia Corea del Norte como un modelo; los gobiernos en Madrid o Atenas no están citando a Lenin como la respuesta a sus esfuerzos con el euro. El peligro real está involuntariamente atrayendo a la Argentina del siglo XXI. Dormirse en forma casual en un firme declive no sería difícil. El extremismo no es un ingrediente necesario, al menos no tanto: instituciones débiles, políticos de nacimiento, dependencia vaga en unos cuantos activos y una persistente negativa a enfrentarse a la realidad serán suficientes.
A LO LARGO DE MIS DÍAS SALVAJES, MI LOCA EXISTENCIA
Como en cualquier otro país, la historia de la Argentina es única. Tuvo mala suerte. Su economía a base de la exportación fue magullada por el proteccionismo de los años de entreguerra. Se confió demasiado en Gran Bretaña como socio comercial. Los Perón eran populistas inusualmente seductores. Como la mayor parte de los países de América latina, la Argentina abrazó el Consenso de Washington a favor del libre mercado y la privatización en los 1990s y sujetó el valor del peso al del dólar. Pero la crisis de 2001 fue particularmente salvaje y dejó a los argentinos permanentemente desconfiados de la reforma liberal
La mala fortuna no es la única culpable, sin embargo. En su economía, sus políticas y su reticencia a la reforma, el declive de la Argentina ha sido largamente auto inflingido.
Las materias primas, la gran fuerza de la Argentina en 1914, se transformó en una maldición. Hace un siglo, el país era un temprano innovador tecnológico -la refrigeración de las exportaciones de carne era la aplicación matadora de ese tiempo- pero nunca trató de agregar valor a su comida (incluso hoy, su cocina se basa en tomar la mejor carne del mundo y quemarla). Los Perón construyeron una economía cerrada que protegía sus industrias ineficientes; los generales de Chile se abrieron en los 1970s y avanzaron.
El proteccionismo de la Argentina ha indefinido al Mercosur, el pacto de comercio local. El gobierno de la señora Fernández no sólo grava impuestos sobre tarifas o bienes importados; también cobra impuestos a las exportaciones del campo.
La Argentina no construyó las instituciones necesarias para proteger a su joven democracia de sus Fuerzas Armadas, así que el país fue propenso a golpes. A diferencia de Australia, otro país rico en materias primas, la Argentina no desarrolló partidos políticos fuertes decididos a construir y compartir riqueza. Sus políticos fueron capturados por los Perón y enfocados en sus personalidades e influencias. Su Corte Suprema ha sido repetidamente corrompida.
La interferencia política ha destruido la credibilidad de sus oficinas estadísticas. El "tejemaneje" es endémico: el país está en el puesto 106 del ranking de corrupción de índices de Transparencia Internacional. Construir instituciones es un trabajo aburrido y lento. Los líderes de la Argentina prefieren la reparación rápida propia de los líderes carismáticos, tarifas milagrosas y monedas agarradas con pinzas, en lugar de, digamos, una reforma de todas las escuelas del país.
No son las soluciones que prometieron.
El declive de la Argentina fue seductoramente gradual. A pesar de sus espantosos períodos, como el de la década de 1970, no sufrió nada tan monumental como Mao o Stalin. A lo largo de su declive, los cafés de Buenos Aires continuaron sirviendo expressos y medialunas. Esto hace su enfermedad especialmente peligrosa.
El mundo rico no es inmune. California está en una de sus fases estables, pero no está claro que haya dejado su adicción a los arreglos rápidos a través de referendums, y su gobierno todavía pone trabas a su sector privado.
En la zona sur de Europa, tanto gobierno como negocios evitaron la realidad con desdén argentino. La demanda petulante de Italia para que las agencias de calificación tengan en cuenta su "riqueza cultural", en lugar de mirar tan de cerca sus dudosas finanzas gubernamentales, sonó a la señora Fernández. La Unión Europea protege a España o a Grecia de una escalada hacia la autarquía. ¿Pero qué pasaría si la zona euro se quebrara?
El mayor peligro, sin embargo, yace en el mundo emergente, donde el progreso ininterrumpido hacia la prosperidad está empezando a ser visto como imparable. Demasiados países emergieron por las exportaciones de materias primas, pero descuidando sus instituciones.
Con una China menos hambrienta de materiales crudos, sus debilidades podrían quedar expuestas como quedó la Argentina. El populismo acecha a muchos países emergentes: las constituciones están bajo presión. Demasiado dependiente del petróleo y del gas, gobernada por cleptómanos equipados con un peligroso y alto amor propio, Rusia llena muchos casilleros.
Pero incluso Brasil ha coqueteado con el nacionalismo económico, mientras que, en Turquía, el autocrático Recep Tayyip Erdogan está combinando Evita con Islam. En muchas partes del Asia emergente, incluyendo a China e India, el capitalismo "compinche" está a la orden del día.
La inequidad está alimentando la misma ira que produjeron los Perón.
La lección de la parábola de la Argentina es que los buenos gobiernos importan. Tal vez fue aprendido. Pero lo más probable es que dentro de 100 años el mundo vea otra Argentina -un país del futuro que quedó atrapado en el pasado.
Los problemas económicos del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner han revivido el viejo mito de la decadencia de un país que a principios del siglo XX estaba entre los diez de PIB más alto del mundo.
The New York Times y el semanario británico The Economist, El País y The Wall Street Journal se encuentran entre los medios que reivindicaron en las úlltimas semanas una supuesta época de oro que habría terminado por la llegada del populismo peronista.
"En 1914 Argentina era el país del futuro. Su PIB per capita era más alto que el de Alemania, Francia o Italia. Para un hombre jóven y ambicioso la elección entre Argentina y California era muy difícil", apuntaba The Economist en su reciente nota de tapa titulada "La tragedia de Argentina. 100 años de decadencia".
En la página web de Economonitor, que dirige el economista Nouriel Roubini (célebre por predecir el estallido de 2008), el economista argentino Eugenio Díaz Bonilla del International Food Policy Institute de Washington cotejó esta versión con los datos del Proyecto Maddison –la mejor fuente para la comparación global histórica de distintas naciones– y llegó a la conclusión de que eran un mito.
"Este supuesto fin de una edad dorada debido al peronismo no se sostiene. En realidad, la gran caída económica se da con el golpe militar de 1976. Si Argentina hubiera seguido creciendo como en las décadas previas al golpe, hoy estaría al nivel de Nueva Zelanda o la España previa a la crisis", indicó a BBC Mundo Díaz Bonilla.
La "París de América Latina"
Ilusión o no, Argentina era percibida a principios del siglo XX como una de las naciones con más futuro.
Como bien señala la nota del The Economist abundaban las señales de riqueza y vertiginoso progreso.
Cuando la famosa tienda Harrods decidió montar su primera sucursal fuera del Reino Unido en 1914, eligió Buenos Aires como destino.
La capital argentina, que en 1854 era poco más que una aldea grande de unos 90.000 habitantes, contaba con la primera red de subterráneos de América Latina (1913), con el Teatro Colón (1908) comparable a la Scala de Milán y una reputación arquitectónica de ser la "París de América Latina".
"El modelo agroexportador argentino era frágil y sufrió mucho la gran crisis internacional de los años 30", dice Filipi Robin Campante, de la Universidad de Harvard.
"En esa época Estados Unidos y Argentina eran rivales. Los dos tenían tierras fértiles y fuertes exportaciones. Las similitudes entre ambos países de la segunda mitad del siglo 19 hasta 1939 no son ficticias o superficiales", señala el periodista Alan Beatie en un artículo del Financial Times basado en su libro "False Economy: a surprising Economic History of the World".
Según Beatie la gran diferencia fue que Estados Unidos tomó las decisiones correctas a nivel económico y político y Argentina no.
Odiosas comparaciones
¿Eran realmente similares Argentina y Estados Unidos?
Díaz Bonilla cree que no.
"No hay punto de comparación a nivel histórico o demográfico. Estados Unidos se independiza de la principal potencia mundial de la época, Inglaterra, en 1776, muchos años antes de la revolución de mayo de 1810 en Argentina. En 1870 tenía la misma población que tiene Argentina hoy, unos 40 millones de habitantes. Este factor demográfico posibilitó una colonización del oeste individual y familiar que permitió una distribución de la tierra mucho más igual y favoreció el desarrollo del mercado interno, la industria y la democracia", indicó a BBC Mundo.
Según Díaz Bonilla el "mito de la edad de oro agraria" es una de las trabas que tiene que superar Argentina.
En efecto, a principios del siglo XX, Argentina tenía una densidad poblacional de 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado: unas 2.000 personas eran dueñas de un territorio similar al de Italia, Bélgica, Holanda y Dinamarca.
Según Filipi Robin Campante, profesor asociado de Política Públicas en la Universidad de Harvard, las diferencias entre ambas naciones se vieron con claridad en la crisis del 30.
"Si uno mira la estructura productiva, la innovación, la educación ve las diferencias entre ambas naciones. Estados Unidos era un país industrial. El modelo agroexportador argentino era frágil y sufrió mucho la gran crisis internacional de los años 30", indicó a BBC Mundo.
Tanto Beattie como The Economist reconocen estos factores desfavorables pero consideran que el momento determinante de lo que llaman la "decadencia nacional" ocurrió después.
El peronismo
Nada provoca tanta polémica en torno a este tema como la evaluación de la presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1955).
"Perón estimuló el culto de la personalidad, una autosuficiencia económica y corporativa con un modelo autárquico que lo alejó del mundo", señala Beattie.
El gobierno terminó el 16 de septiembre de 1955 con un golpe militar, la instauración de una dictadura que prohibió entre otras cosas que se dijera el nombre de Perón y un largo periplo politico en el que se sucedieron ocho gobiernos (tres civiles y cinco militares) en 18 años sin que ninguno pudiera resolver un dilema básico: se reivindicaba la democracia, pero no se podía convocar a elecciones sin proscripciones por temor a que las ganara el peronismo.
"A mi juicio el problema que Argentina ha tenido es el de la institucionalidad. El país, que era avanzado a principios del siglo XX como demostró con la aprobación de la universalidad del voto en 1912, tuvo su primer golpe en el 30 y desde entonces entró en una espiral interminable de inestabilidad institucional", indicó a BBC Mundo Robin Campante.
A pesar de esta fuerte inestabilidad, Argentina siguió creciendo, como muestra la comparación con Australia, un país con una estructura económica similar.
"Si uno compara a ambos países tomando como punto de referencia su distancia respecto al ingreso per capita de Estados Unidos, ve que la relación se mantiene pareja desde 1900 hasta 1975. El cambio se da con el golpe de 1976", señala Díaz Bonilla.
La historia y el presente
Una polémica histórica puede parecer a primera vista irrelevante para el presente.
No es el caso.
El peronismo se ha convertido en un prototipo del llamado "populismo latinoamericano": debatir sus bondades o defectos es equivalente a tomar posición sobre el Kirchnerismo o el Chavismo.
Algo similar ocurre con la evaluación que se haga de la edad de oro de Argentina para toda concepción del desarrollo económico.
Según Díaz Bonilla el "mito de la edad de oro agraria" es una de las trabas que tiene que superar Argentina.
"Ningún otro país estuvo tan cerca de convertirse en una nación desarrollada", aseguró el editorial de The Economist.
"Estados Unidos resolvió con su guerra civil en el siglo XIX qué modelo seguiría si el del norte industrial o el del sur agroexportador. Es una contradicción que todavía no hemos resuelto en Argentina en parte por este mito que idealiza un pasado dorado. Para poder construir una Argentina moderna es importante superar esa construcción imaginaria de nuestra historia", dice Díaz Bonilla.
No sorprende que la conclusión del The Economist sea exactamente la opuesta.
"La parábola argentina muestra que es fundamental tener buenos gobiernos. Ningún otro país estuvo tan cerca de convertirse en una nación desarrollada y perder la oportunidad de lograrlo. Pero lo más probable es que en 100 años, el mundo analizará un país que repetirá lo que sucedió con Argentina, la nación del futuro que quedó atrapada en el pasado", concluye el editorial del semanario.
El artículo completo The Economist, durísimo con la Argentina
Hace un siglo, cuando Harrods decidió instalar su primer emporio en el extranjero, eligió Buenos Aires. En 1914, la Argentina se destacó como el país del futuro. Su economía había crecido más rápido que la de Estados Unidos durante las cuatro décadas previas.
Su PBI per cápita era más alto que el de Alemania, Francia o Italia. Se jactaba maravillosamente de sus fértiles tierras para agricultura, su clima soleado, una nueva democracia (el sufragio universal masculino fue introducido en 1912), una población educada y el baile más erótico del mundo. Los inmigrantes bailaban tango fueran de donde fueran. Para los jóvenes y ambiciosos, la elección entre la Argentina y California era difícil.
Todavía hay muchas cosas para amar sobre la Argentina, desde las gloriosas tierras desoladas de la Patagonia al mejor jugador de fútbol del mundo, Lionel Messi. Los argentinos siguen siendo los más lindos del planeta. Pero su país es una ruina. Harrods cerró en 1998. La Argentina está otra vez en el centro de una crisis de los mercados emergentes. Esto puede ser atribuido a la incompetencia de la presidenta, Cristina Fernández, pero ella es sólo la última en una sucesión de populistas económicamente analfabetos, que llega hasta Juan y Eva (Evita) Perón, y antes. Olvídense de competir con los alemanes. Los chilenos y los uruguayos, los países locales a los cuales la Argentina solía mirar desde arriba, son ahora más ricos. A los chicos de esos dos países -y de Brasil y México también- les va mejor en las pruebas internacionales.
¿Por qué extenderse sobre una sola tragedia nacional? Cuando la gente considera qué es lo mejor que le podría pasar a su país, piensan en el totalitarismo. Dado el fracaso del comunismo, ese destino no parece probable. Si Indonesia estuviera por hervir, sus ciudadanos difícilmente mirarían hacia Corea del Norte como un modelo; los gobiernos en Madrid o Atenas no están citando a Lenin como la respuesta a sus esfuerzos con el euro. El peligro real está involuntariamente atrayendo a la Argentina del siglo XXI. Dormirse en forma casual en un firme declive no sería difícil. El extremismo no es un ingrediente necesario, al menos no tanto: instituciones débiles, políticos de nacimiento, dependencia vaga en unos cuantos activos y una persistente negativa a enfrentarse a la realidad serán suficientes.
A LO LARGO DE MIS DÍAS SALVAJES, MI LOCA EXISTENCIA
Como en cualquier otro país, la historia de la Argentina es única. Tuvo mala suerte. Su economía a base de la exportación fue magullada por el proteccionismo de los años de entreguerra. Se confió demasiado en Gran Bretaña como socio comercial. Los Perón eran populistas inusualmente seductores. Como la mayor parte de los países de América latina, la Argentina abrazó el Consenso de Washington a favor del libre mercado y la privatización en los 1990s y sujetó el valor del peso al del dólar. Pero la crisis de 2001 fue particularmente salvaje y dejó a los argentinos permanentemente desconfiados de la reforma liberal
La mala fortuna no es la única culpable, sin embargo. En su economía, sus políticas y su reticencia a la reforma, el declive de la Argentina ha sido largamente auto inflingido.
Las materias primas, la gran fuerza de la Argentina en 1914, se transformó en una maldición. Hace un siglo, el país era un temprano innovador tecnológico -la refrigeración de las exportaciones de carne era la aplicación matadora de ese tiempo- pero nunca trató de agregar valor a su comida (incluso hoy, su cocina se basa en tomar la mejor carne del mundo y quemarla). Los Perón construyeron una economía cerrada que protegía sus industrias ineficientes; los generales de Chile se abrieron en los 1970s y avanzaron.
El proteccionismo de la Argentina ha indefinido al Mercosur, el pacto de comercio local. El gobierno de la señora Fernández no sólo grava impuestos sobre tarifas o bienes importados; también cobra impuestos a las exportaciones del campo.
La Argentina no construyó las instituciones necesarias para proteger a su joven democracia de sus Fuerzas Armadas, así que el país fue propenso a golpes. A diferencia de Australia, otro país rico en materias primas, la Argentina no desarrolló partidos políticos fuertes decididos a construir y compartir riqueza. Sus políticos fueron capturados por los Perón y enfocados en sus personalidades e influencias. Su Corte Suprema ha sido repetidamente corrompida.
La interferencia política ha destruido la credibilidad de sus oficinas estadísticas. El "tejemaneje" es endémico: el país está en el puesto 106 del ranking de corrupción de índices de Transparencia Internacional. Construir instituciones es un trabajo aburrido y lento. Los líderes de la Argentina prefieren la reparación rápida propia de los líderes carismáticos, tarifas milagrosas y monedas agarradas con pinzas, en lugar de, digamos, una reforma de todas las escuelas del país.
No son las soluciones que prometieron.
El declive de la Argentina fue seductoramente gradual. A pesar de sus espantosos períodos, como el de la década de 1970, no sufrió nada tan monumental como Mao o Stalin. A lo largo de su declive, los cafés de Buenos Aires continuaron sirviendo expressos y medialunas. Esto hace su enfermedad especialmente peligrosa.
El mundo rico no es inmune. California está en una de sus fases estables, pero no está claro que haya dejado su adicción a los arreglos rápidos a través de referendums, y su gobierno todavía pone trabas a su sector privado.
En la zona sur de Europa, tanto gobierno como negocios evitaron la realidad con desdén argentino. La demanda petulante de Italia para que las agencias de calificación tengan en cuenta su "riqueza cultural", en lugar de mirar tan de cerca sus dudosas finanzas gubernamentales, sonó a la señora Fernández. La Unión Europea protege a España o a Grecia de una escalada hacia la autarquía. ¿Pero qué pasaría si la zona euro se quebrara?
El mayor peligro, sin embargo, yace en el mundo emergente, donde el progreso ininterrumpido hacia la prosperidad está empezando a ser visto como imparable. Demasiados países emergieron por las exportaciones de materias primas, pero descuidando sus instituciones.
Con una China menos hambrienta de materiales crudos, sus debilidades podrían quedar expuestas como quedó la Argentina. El populismo acecha a muchos países emergentes: las constituciones están bajo presión. Demasiado dependiente del petróleo y del gas, gobernada por cleptómanos equipados con un peligroso y alto amor propio, Rusia llena muchos casilleros.
Pero incluso Brasil ha coqueteado con el nacionalismo económico, mientras que, en Turquía, el autocrático Recep Tayyip Erdogan está combinando Evita con Islam. En muchas partes del Asia emergente, incluyendo a China e India, el capitalismo "compinche" está a la orden del día.
La inequidad está alimentando la misma ira que produjeron los Perón.
La lección de la parábola de la Argentina es que los buenos gobiernos importan. Tal vez fue aprendido. Pero lo más probable es que dentro de 100 años el mundo vea otra Argentina -un país del futuro que quedó atrapado en el pasado.