En "The Tragedy of Commons", el ecologista americano Garrett Hardin afirmaba que cuando un determinado bien es libre o común (no tiene propietario) está condenado a desaparecer por sobreexplotación y, por tanto, su uso ha de ser regulado por el mercado, por el Estado o una combinación de ambos.
Si nos trasladamos a su ejemplo del pastizal abierto para todos, nos encontramos en la actualidad irremediablemente con un trágico final para este bien o recurso: su sobreexplotación. Siguiendo con el ejemplo, los pastores, como toda persona que busca ganar más dinero, piensan que parte del pastizal no es consumido por sus rebaños, lo que les lleva a introducir un animal más y otro… De esta forma, movidos por su interés personal, los pastores están aumentando la rapidez de agotamiento del recurso tierra hasta que se acaba agotando, pereciendo los animales y, con ellos, el sustento de éstas personas.
Según Garrett Hardin, ello se ha podido evitar tiempo atrás gracias a que las guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantenían los números tanto de hombres como de animales por debajo de la capacidad de carga de las tierras. Por lo que ahora, en una situación de estabilidad social, se produce dicha sobreexplotación del bien común.
Entonces, para solucionarlo y como ya se ha dicho, Garrett señala como salvador al mercado o al Estado, o incluso a una combinación de ambos. El Estado podría regular la explotación del bien en cuestión y, además, argumentar que éste sigue siendo de todos los ciudadanos (aunque sea dado en privilegio o, como en tantos casos, mal aprovechado por una empresa pública). El Estado seguramente alivie o solucione el problema que tratamos, pero el coste será para el contribuyente, por lo que debe ser totalmente rechazado por la población, ya que es otro ataque a su libertad por, según los políticos, su bien. (No en vano rechazaba Adam Smith a los que presumían en público de crear bienestar).
De alguna manera, Garrett puso en duda su propia propuesta de que sea el Estado el que se haga cargo de los bienes comunes cuando critica en su ensayo la erosión que sufren los parques naturales por su elevado número de visitas.
La segunda opción, ser regulado por el mercado es lo que más se ajusta al concepto de libertad individual, eficiencia y prosperidad, además de que el ciudadano no es obligado a asumir el coste. Que el mercado se haga con el bien común no significa que cuatro gordos enchaquetados y con sombreros de copa compren un bien del ‘‘pueblo’’, sino que cualquier organización o persona lo explotarán eficientemente para crear riqueza en la sociedad en forma de empleos o productos competitivos. Y si en su actividad empresarial se arruinan, no lo pagarán todos los contribuyentes, sino ellos con pérdidas, a no ser que el gobierno sea intervencionista y opte por socializar pérdidas, lo cual ya no es capitalismo (capitalismo son beneficios y pérdidas privadas).
Así, por ejemplo, los pastores que explotan el bien común pueden repartírselo y, de esta forma, el interés privado que les mueve a maximizar beneficios en el ejercicio de su actividad no perjudicará al resto y evitará el agotamiento de la tierra. Y si uno de ellos comete el error de agrandar su rebaño más de lo que su parcela de tierra puede alimentar, solo él asumirá las pérdidas, pues las malas decisiones empresariales son para el capitalismo lo mismo que el pecado para la religión. Una vez arruinado el mal pastor, el resto, aparte de no ver perjudicada su tierra, obtendrá la cuota de mercado de éste en recompensa a su buena función empresarial.
En cuanto a la tercera y última opción que daba Garrett Hardin, la combinación del Estado y del mercado, dependiendo de la situación inicial del bien común puede ser incluso de más descaro político en cuanto a perjuicio del contribuyente que un bien del que se hace cargo el Estado desde el comienzo. Ello se debe a que si dicho bien común pasó inicialmente a ser propiedad privada y, a causa de pérdidas y riesgo de quiebra de la empresa de capital privado propietaria, el Estado nacionalizó parte de ésta pasando a ser accionista, el contribuyente vuelve a estar obligado a asumir una socialización de pérdidas con su dinero.
Pero ya sea entrando lo público en lo privado o viceversa, no estará exenta la organización de conflictos entre populistas políticos que pretendan ganar votos con bonitas acciones que hacen cada vez menos rentable a ésta, y los individuos que se opongan y quieran hacerla competitiva.
Una vez hemos rechazado al Estado como regulador total o parcial del bien común o libre, aquel o aquella que haya aguantado leer hasta aquí seguramente piense cómo se ha podido escribir tanta palabra de un simple pastizal y unos cuantos pastores. Pero la realidad nos dice que éste es un ejemplo de tantos otros que hay en nuestro planeta y que pueden ser más o menos importantes.
Como caso histórico tenemos a los bisontes americanos y las grandes llanuras que ocupaban. Aquí no hablaríamos del agotamiento de la tierra, sino de lo que incorpora la tierra: los bisontes. La no concesión privada de las llanuras y su libre explotación se tradujeron en una salvaje cacería de dicho mamífero, que pasó de tener una población de 60-100 millones a 750 en 1890. Los cazadores, al igual que los pastores, fueron movidos por su propio interés a maximizar los beneficios en tierras de nadie, compitiendo con otros cazadores por conseguir matar el mayor número posible de ejemplares para vender más pieles que eran muy cotizadas.
Otro caso más actual y que también señala Garrett es la sobreexplotación de los océanos, aguas de nadie. Sobrepesca con el argumento de una falsa libertad de los mares o incluso el vertido de residuos.
Supongo que ya nadie duda de porqué éste ecologista escribió delante de ‘‘comunes’’ la palabra ‘‘tragedia’’. Desde mi punto de vista, el ensayo de Garrett Hardin ‘‘La Tragedia de los Comunes’’ es otro argumento más a favor de la propiedad privada y los contratos voluntarios como base de la verdadera libertad del individuo y de la prosperidad de la población mundial.
Si nos trasladamos a su ejemplo del pastizal abierto para todos, nos encontramos en la actualidad irremediablemente con un trágico final para este bien o recurso: su sobreexplotación. Siguiendo con el ejemplo, los pastores, como toda persona que busca ganar más dinero, piensan que parte del pastizal no es consumido por sus rebaños, lo que les lleva a introducir un animal más y otro… De esta forma, movidos por su interés personal, los pastores están aumentando la rapidez de agotamiento del recurso tierra hasta que se acaba agotando, pereciendo los animales y, con ellos, el sustento de éstas personas.
Según Garrett Hardin, ello se ha podido evitar tiempo atrás gracias a que las guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantenían los números tanto de hombres como de animales por debajo de la capacidad de carga de las tierras. Por lo que ahora, en una situación de estabilidad social, se produce dicha sobreexplotación del bien común.
Entonces, para solucionarlo y como ya se ha dicho, Garrett señala como salvador al mercado o al Estado, o incluso a una combinación de ambos. El Estado podría regular la explotación del bien en cuestión y, además, argumentar que éste sigue siendo de todos los ciudadanos (aunque sea dado en privilegio o, como en tantos casos, mal aprovechado por una empresa pública). El Estado seguramente alivie o solucione el problema que tratamos, pero el coste será para el contribuyente, por lo que debe ser totalmente rechazado por la población, ya que es otro ataque a su libertad por, según los políticos, su bien. (No en vano rechazaba Adam Smith a los que presumían en público de crear bienestar).
De alguna manera, Garrett puso en duda su propia propuesta de que sea el Estado el que se haga cargo de los bienes comunes cuando critica en su ensayo la erosión que sufren los parques naturales por su elevado número de visitas.
La segunda opción, ser regulado por el mercado es lo que más se ajusta al concepto de libertad individual, eficiencia y prosperidad, además de que el ciudadano no es obligado a asumir el coste. Que el mercado se haga con el bien común no significa que cuatro gordos enchaquetados y con sombreros de copa compren un bien del ‘‘pueblo’’, sino que cualquier organización o persona lo explotarán eficientemente para crear riqueza en la sociedad en forma de empleos o productos competitivos. Y si en su actividad empresarial se arruinan, no lo pagarán todos los contribuyentes, sino ellos con pérdidas, a no ser que el gobierno sea intervencionista y opte por socializar pérdidas, lo cual ya no es capitalismo (capitalismo son beneficios y pérdidas privadas).
Así, por ejemplo, los pastores que explotan el bien común pueden repartírselo y, de esta forma, el interés privado que les mueve a maximizar beneficios en el ejercicio de su actividad no perjudicará al resto y evitará el agotamiento de la tierra. Y si uno de ellos comete el error de agrandar su rebaño más de lo que su parcela de tierra puede alimentar, solo él asumirá las pérdidas, pues las malas decisiones empresariales son para el capitalismo lo mismo que el pecado para la religión. Una vez arruinado el mal pastor, el resto, aparte de no ver perjudicada su tierra, obtendrá la cuota de mercado de éste en recompensa a su buena función empresarial.
En cuanto a la tercera y última opción que daba Garrett Hardin, la combinación del Estado y del mercado, dependiendo de la situación inicial del bien común puede ser incluso de más descaro político en cuanto a perjuicio del contribuyente que un bien del que se hace cargo el Estado desde el comienzo. Ello se debe a que si dicho bien común pasó inicialmente a ser propiedad privada y, a causa de pérdidas y riesgo de quiebra de la empresa de capital privado propietaria, el Estado nacionalizó parte de ésta pasando a ser accionista, el contribuyente vuelve a estar obligado a asumir una socialización de pérdidas con su dinero.
Pero ya sea entrando lo público en lo privado o viceversa, no estará exenta la organización de conflictos entre populistas políticos que pretendan ganar votos con bonitas acciones que hacen cada vez menos rentable a ésta, y los individuos que se opongan y quieran hacerla competitiva.
Una vez hemos rechazado al Estado como regulador total o parcial del bien común o libre, aquel o aquella que haya aguantado leer hasta aquí seguramente piense cómo se ha podido escribir tanta palabra de un simple pastizal y unos cuantos pastores. Pero la realidad nos dice que éste es un ejemplo de tantos otros que hay en nuestro planeta y que pueden ser más o menos importantes.
Como caso histórico tenemos a los bisontes americanos y las grandes llanuras que ocupaban. Aquí no hablaríamos del agotamiento de la tierra, sino de lo que incorpora la tierra: los bisontes. La no concesión privada de las llanuras y su libre explotación se tradujeron en una salvaje cacería de dicho mamífero, que pasó de tener una población de 60-100 millones a 750 en 1890. Los cazadores, al igual que los pastores, fueron movidos por su propio interés a maximizar los beneficios en tierras de nadie, compitiendo con otros cazadores por conseguir matar el mayor número posible de ejemplares para vender más pieles que eran muy cotizadas.
Otro caso más actual y que también señala Garrett es la sobreexplotación de los océanos, aguas de nadie. Sobrepesca con el argumento de una falsa libertad de los mares o incluso el vertido de residuos.
Supongo que ya nadie duda de porqué éste ecologista escribió delante de ‘‘comunes’’ la palabra ‘‘tragedia’’. Desde mi punto de vista, el ensayo de Garrett Hardin ‘‘La Tragedia de los Comunes’’ es otro argumento más a favor de la propiedad privada y los contratos voluntarios como base de la verdadera libertad del individuo y de la prosperidad de la población mundial.